Beowulf en 3D es mucho, mucho más que una simple curiosidad.

  • 14 diciembre, 2007

Beowulf en 3D es mucho, mucho más que una simple curiosidad. Por Christián Ramírez.

Es posible que en esta era de home theaters y consolas de videojuego, la sola idea de sentarse a ver una película en 3D parezca tan anticuada como arrendar un filme en VHS, pero apenas se sale de la proyección de Beowulf en ese formato uno tiene la tentación de tragarse esa observación. Sin agua. Y no por lo novedoso de la presentación –mal que mal, todas las “novedades” cinematográficas, desde el Technicolor al IMAX, pasando por el Cinerama, el Cinemascope y el viejo 3D de los lentecillos de cartón, fueron en su origen marketeadas casi como atracciones de circo–; lo que de verdad inquieta en Beowulf es que su versión en tres dimensiones intenta dar una solución a la última barrera que enfrentan la animación y los efectos digitales antes de tragárselo todo: la verosimilitud de la imagen.

No nos engañemos. Uno va al cine –y seguirá yendo– porque la historia que se proyecta en el telón evoca una sensación de realidad, de algo que “ocurrió” frente a la cámara y de lo que fuimos testigos. Por mucho que Shrek nos haga reír y Ratatouille nos emocione, lo que vimos en pantalla al fin y al cabo fueron monitos. De modo que la pregunta formulada por Robert Zemeckis y su enorme equipo de realizadores es simple: ¿qué ocurriría al intensificar el realismo de estas ilustraciones al máximo posible? No deja de ser irónico y revelador que, para probar su punto, el director de Quién engañó a Roger Rabbit –otra cinta que testeaba estos límites– haya elegido la saga del ascenso y caída de Beowulf, uno de los hitos fundacionales de las modernas historias de aventuras y el género de acción.

Un personaje cuyas hazañas hoy se sienten tan sobrehumanas como metafóricas, y que se percibe a sí mismo tanto un hacedor de mitos como cuestionador de éstos.

La idea de un Beowulf consciente del papel que juega en su saga (como si él mismo fuese una suerte de espectador dentro de su propia película) quizás suena demasiado modernilla y sobregirada, pero hace extraño sentido mientras uno observa con los lentes puestos, imágenes de dragones, espadas y sangre, pero también complejas texturas, paisajes desolados y la desarmante profundidad de algunas miradas. Al final de la función queda la idea de que, en cuanto arte, el cine se encuentra en plena transición. ¿Hacia dónde? Buena pregunta.