Nestor Kirchner representó la esencia de lo que podríamos definir como un “político argentino”, con todo lo que ello pueda significar. En Capital, pedimos a uno de sus cercanos que repasara el legado del ex mandatario. Por Marco Enríquez-Ominami

  • 2 noviembre, 2010

Nestor Kirchner representó la esencia de lo que podríamos definir como un “político argentino”, con todo lo que ello pueda significar. En Capital, pedimos a uno de sus cercanos que repasara el legado del ex mandatario. Por Marco Enríquez-Ominami

Tres partidos han copado la escena política en la historia de Argentina: los radicales, los militares y los peronistas. Cada uno de ellos se ha sucedido en el poder en el largo trecho desde la presidencia de “el peludo” Irigoyen hasta Cristina Fernández de Kirchner.

Los regímenes presididos por cada uno de estos partidos han tenido un final dramático –propio de una ópera wagneriana. Baste recordar el trágico final de la guerra de las Malvinas y de la huída en helicóptero desde la Casa Rosada, de Isabel Perón y de Fernando de la Rúa.

Sin ningún afán de construir un panegírico, como normalmente en América Latina suele hacerse con los muertos, uno de los grandes méritos de Néstor Kirchner es haber sacado a la Argentina del colapso del default. Tal vez la gente puede olvidar que en el año 2001 los argentinos pedían a gritos “que se vayan todos los políticos” y, como nuestros pueblos suelen ser pacíficos y un tanto borregos, no se les ocurrió –como en Francia– enviarlos a la guillotina, sino que se conformaron con funarlos en los restaurantes. Por el solo hecho de haber superado la crisis económica, sin dejar de lado el desafío de las capacidades, libertades y derechos de sus ciudadanos, el ex presidente merece encontrarse entre los grandes gigantes de América Latina.

Los regímenes autoritarios de seguridad nacional latinoamericanos se han caracterizado por una criminalidad sin límites contra sus indefensos ciudadanos. Las tiranías, argentina y chilena, ostentan un record en el atropello a los derechos humanos. En Argentina, tanto Raúl Alfonsín como Carlos Saúl Menem, en sucesivas leyes de punto final y obediencia debida, permitieron que los violadores de los derechos humanos transitaran libremente por las calles de las distintas ciudades del país. El gran valor de Néstor Kirchner es también haber puesto fin a la impunidad, al derogar esas monstruosas leyes. Nuevamente, su figura se yergue sobre algunos de sus colegas latinoamericanos: me refiero especialmente a los chilenos, quienes no se atrevieron a garantizar sentencias judiciales para responsables de pasados autoritarios.

El ex presidente argentino muere como un gran líder del Cono Sur: no es casualidad que terminara sus días como coordinador de Unasur, una organización que ha demostrado eficacia para combatir los intentos putschistas contra gobiernos democráticos. El último caso fue el golpe de Estado contra el presidente Rafael Correa. Néstor Kirchner logró reunir a los presidentes del bloque sólo horas después de declarado el golpe. Contrasta esta actitud con la visible incapacidad de la OEA, demostrada en el conflicto de Honduras: no cabe duda de que, por ser ese organismo un conjunto de “bailes folklóricos” casi integralmente financiado por Estados Unidos y dirigido por un liderazgo débil, es muy difícil que traspase los añejos dilemas de la guerra fría.

En 2011 Argentina elige presidente y vicepresidente de la República. Estaba claro que Néstor Kirchner se iba a enfrentar con la oposición de una derecha variopinta, que aún no define cuál será el candidato unitario y de qué forma pretende vencer. Es evidente que muerto Kirchner, sólo queda la candidatura de Cristina Fernández. Uno de los aportes que nos lega el ex presidente argentino es una visión de proyecto país, anclada en una revisión crítica de una izquierda insuficiente hacia una mirada progresista, abierta a América Latina y con grandes convicciones respecto al desarrollo económico, los derechos humanos y, sobre todo, la protección social en base a un poderoso movimiento sindical, sin nunca abandonar la necesidad de un fuerte crecimiento económico.

Tengo matices, diferencias, prejuicios con diversos aspectos de la administración Kirchner-Fernández, pero subrayo que transito por la misma avenida de transformación que recorren los gobiernos de reformas y no los de administración, quizás desde aceras distintas, pero en la misma dirección. Es cierto que la oposición argentina se ha ensañado con la familia Kirchner Fernández, acusándola -entre otras cosas- de atropellos a la libertad de opinión por el hecho de haber enfrentado a dos diarios. Tanto en Chile como en Argentina la libertad de prensa está garantizada, así como el acceso a información lo está también cada día más; pero es también cierto que la concentración de la propiedad de los medios afecta estos dos bienes jurídicos. Unas pocas empresas son dueñas de los diarios y, en algunos casos, de canales de televisión que moldean demasiadas veces una opinión pública carente de sentido crítico.