Desde hace un año el Pritzker trabaja en un proyecto de vivienda que pretende dar respuesta a las familias que viven en campamentos o hacinamiento. La iniciativa –en la que también participa el empresario Sandro Solari– no despegaba. Hasta ahora. “Por muy cliché que sea, toda crisis es una ventana de oportunidad. Así como no hubiéramos podido cambiar Constitución en circunstancias normales, lo mismo ocurre acá”, adelanta Alejandro Aravena.

  • 10 junio, 2020

El viernes 22 de mayo, Alejandro Aravena (52) terminó un documento con un modelo de vivienda incremental especial para enfrentar la pandemia. “Las dos recomendaciones que hay para cuidarse son quedarse en la casa y lavarse las manos. Pero en los campamentos no hay ni casa ni agua. Tienen el problema del empleo, además. Entonces, la pregunta que nos hacíamos era cómo dar empleo con lo mismo que necesitas para enfrentar el problema sanitario”, reflexiona el arquitecto y socio de Elemental.
Ese mismo día mandó la propuesta a Sandro Solari, con quien trabaja desde el año pasado en uno de los 16 grupos de Compromiso País, enfocado en dar una respuesta a las 480 mil familias que sufren hacinamiento y a las 48 mil que viven en campamentos. “Veníamos trabajando en un proyecto de viviendas de emergencia. Ahora más que reconvertirlo, lo formulamos para hacer visible algo que el plan ya tenía –solo que no estaba explicitado–, que es la posibilidad de resolver muy rápido los dos dilemas: el sanitario y el económico, al poner a trabajar a distintas escalas de personas”, agrega.
La iniciativa implica la convergencia de cuatro partes: primero, encontrar un sitio disponible en el catastro de Bienes Nacionales –que a juicio del Pritzker, solo requiere de voluntad política, creatividad y sentido de oportunidad–; luego, la construcción de un núcleo de servicios básicos con una urbanización transitoria; en una tercera etapa esta se amplía a una vivienda de clase media; y, por último, se hace la urbanización definitiva con red de agua potable, luz eléctrica y alcantarillado. “Cuando no puedes hacer todo, focalizas de manera muy radical y dejas un sistema abierto que en el tiempo se complete”, dice.
Aravena explica que para levantar los núcleos de 18 metros cuadrados se requiere de constructoras grandes, prefabricadores, tecnología de punta e impresoras 3D. Y luego, habría como 70 metros cuadrados de autoconstrucción o de construcción de pymes. “Con mano de obra que no tiene que ser súper calificada, puedes pasar de esa unidad de servicios básicos a las viviendas de clase media”, añade.
El miércoles 27, Solari logró hablar con el ministro de Vivienda, Cristián Monckeberg, a quien le entregó el documento. Esperaban recibir una respuesta a más tardar un día después. Pero hasta el cierre de esta edición, esto no ocurrió.
-Con tu experiencia en la construcción de viviendas sociales, ¿cuán factible crees que este proyecto se concrete?
-Por muy cliché que sea, toda crisis es una ventana de oportunidad. Así como no hubiéramos podido cambiar Constitución en circunstancias normales –solo se hizo luego del tsunami–, lo mismo ocurre acá. La prueba es que llevábamos un año trabajando en esta vivienda de emergencia y ahí estaba. Esta puede ser la oportunidad para activarla. Pero esto es solamente una herramienta, porque no lo hacen los arquitectos solos, requiere la concurrencia de alguien que tiene una cabeza logística, otro que entiende cómo se mueven los recursos, alguien que organiza gente, otro que tiene poder político. Esto es un diseño que permite que esas fuerzas se canalicen y concurran.
-¿Cómo deberían cambiar las ciudades producto de esta crisis?
-En este momento en el mundo la única vacuna que se conoce es la casa. En ese sentido, el rol que podría jugar un arquitecto es fundamental para que recomendaciones tan básicas como quédate en casa y lávate las manos siquiera puedan pasar. Ahora, ¿van a cambiar nuestras ciudades después de esto, nuestra tan preciada densidad va a ser cuestionada? No hay que confundir densidad con hacinamiento, el hacinamiento es algo que hay que evitar, la densidad, no necesariamente: esta no te lleva a una crisis sanitaria. Pero no hay que olvidar que todas estas situaciones extraordinarias respecto de cómo vivimos juntos es en relación con una cuarentena que es para ganar tiempo para no colapsar el sistema de salud. Superada la crisis, la naturaleza humana es social, vamos a seguir juntándonos, si no fuera así no habría segundas olas.
“El punto es que uno en las ciudades tenga preparados esos mecanismos en caso de que se necesiten de nuevo estas medidas extraordinarias. Esto es como en los bombardeos en la Segunda Guerra Mundial, las ciudades no se hicieron menos densas después para evitar las bombas, pero sí se aseguraron de tener refugios. A diferencia de la guerra donde todos iban a un lugar, el refugio de hoy es quedarse en su propia casa. Y ahí nuestra profesión puede jugar un aporte en que tengamos ese lugar donde cumplir las condiciones ante una nueva crisis, que va a pasar. Yo creo que esto va a ser tan recurrente como los terremotos y tsunamis que tenemos en Chile”.

“Jugar un partido cargado de restricciones es la norma”

Desde su casa en Vitacura, Aravena dice que el encierro ha sido positivo. “La pandemia nos pilló con un par de proyectos que en circunstancias normales habría sido muy difícil enfrentar. Por ejemplo, el de Qatar –la transformación del antiguo puerto de ocho manzanas y la construcción de un gran museo– es de una complejidad y de un tamaño que sin una especie de retiro habría sido muy difícil de abordar”, relata.
En su oficina Elemental, que fundó en 1999, trabajan 14 personas. Un cuarto de los proyectos corresponden a viviendas; un cuarto a ciudad (por ejemplo, la reconstrucción después de un desastre natural o de barrios vandalizados); un cuarto a objeto de diseño industrial y un cuarto a edificios.
En marzo, cuenta, todos los proyectos se paralizaron. “La mayoría requiere presencia física, ni siquiera con clientes, sino con las comunidades, y cuando esta variable se cae, los proyectos se chantan”, explica. Por eso, “viendo lo difícil que se venía la cosa, tuvimos una intuición temprana de empezar a trabajar, aunque no lo hubieran pedido, en proyectos que se podían eventualmente llegar a necesitar o activar, así que logramos a estas alturas del partido, como todos, equilibrar”.
En este momento, el estudio –ubicado en el piso 25 de la Torre Santa María– está abocado a distintas iniciativas: el diseño de la sede corporativa de Energía de Portugal (EDP) en Lisboa, las viviendas sociales, la Bienal de 2021, Somos Choapa –una propuesta de colaboración territorial con la Minera Los Pelambres–, un proyecto para el Tecnológico de Monterrey en México, Qatar y “algunos más acá que no son públicos”, dice.

-¿Tuviste que achicar la oficina por la crisis?
-No, pero eso quizás responde a algo más estructural. La filosofía de la oficina desde el comienzo ha sido ser lo suficientemente chicos para no necesitar proyectos, sino para quererlos. Y eso nos permite ser flexibles, reaccionar rápido y necesitar poco, y nos da independencia profesional y libertad intelectual para poder salirse de un proyecto en cualquier momento si se da un conflicto de interés.
Aravena viste camisa negra y usa anteojos. Está sentado con audífonos blancos frente a un muro gris. Se levanta el pelo varias veces mientras intenta explicar por qué sus proyectos funcionan mejor en momentos de crisis. “Cuando te llaman para resolver un desastre natural o social o porque hay una escasez de recursos, siempre hay un conflicto. Si bien la naturaleza de esta crisis es distinta, para nosotros no es nada nuevo. El hecho de jugar un partido cargado de restricciones es la norma”.
-Por un lado hacen proyectos con el mínimo de recursos, como las viviendas sociales, y por otro, tienen unos como el de Qatar, que no tiene restricciones presupuestarias, ¿cómo vives esa dualidad?
-En el caso de Qatar, la dificultad es que al mismo tiempo un edificio gigante converse con una pequeña ciudad, donde es lo opuesto: inicias procesos y después tienes que soltarlos porque tienen dinámicas propias. Si lo miras así, no es tan distinto a una vivienda social, donde haces una parte y tienes que controlar técnicamente impecable un núcleo irreductible y al mismo tiempo partes un proceso fuera de tu ámbito, se termina con las dinámicas propias de una comunidad, de una familia. Es una especie de baile entre el control al detalle y el dejar ir.

Cuadernos y maestros

Alejandro Aravena no tiene idea por qué llegó a la arquitectura. Es algo que encontró después y que se inventó en el camino. Cuando en la prueba especial de admisión en la UC le pidieron que nombrara arquitectos, no conocía a ninguno. “Cuando estudié, entre el 85 y el 90, en Chile estudiabas con fotocopias de libros, no había arquitectura que uno pudiera ver en primera persona. Lo primero era tomar una mochila e irte a Perú, porque ahí sí había. Hubo un imperio, un virreinato. Chile es una zona desierta de arquitectura. Entendí temprano que tenía que tragarme más o menos rápido ese cuerpo de conocimiento, por eso me fui a dibujar y a medir edificios. Ahí aparecen esos maestros de la Antigüedad con los que crees estar hablando: los griegos, romanos”, relata.
Entre los gurú más actuales, dice, estuvo el argentino Rafael Iglesias. “Cuando vi lo que él hacía, me di cuenta de que la cosa iba por otro lado, y que yo estaba haciendo puras tonteras”. Las obras de Solano Benítez en Paraguay o de Louis Kahn en India o Bangladesh también lo permearon. Entre los “maestros vivos” está el chileno Fernando Pérez. “Fue el que me dio mi primera oportunidad en la Facultad de Matemáticas UC. Sin esa primera oportunidad, nadie llega a ningún lado”, señala. Y agrega: “Me enseñó a pensar con cuidado y a estudiar la historia de la arquitectura como ejemplos de qué hacer frente al papel en blanco”.
Luego, reflexiona, están también los que sin ser arquitectos lo influyeron. “Pienso en alguien como Andrés Iacobelli, ingeniero en transportes, que en estricto rigor no me enseña a diseñar, pero sí a pensar. Fue una especie de refundación. Siendo (yo) profesor de arquitectura en Harvard, cuando creí que ya había llegado, Iacobelli me hizo darme cuenta de que no había ni siquiera partido. ‘Ahora que hablas en idioma de la arquitectura… te falta economía, política, medioambiente, lo social, las políticas públicas, las ciencias. ¿Cómo haces para dialogar con todos los otros ámbitos de la sociedad? Y además, ¿cómo pasas de tu ambiente seguro de la creación artística en que controlas todas las variables, al de la realidad donde no controlas ninguna, donde los éxitos son todos relativos, donde tienes que aprender a irte a dormir con el suficientemente bueno, no con el óptimo’. Nunca me lo dijo así, pero fue lo que leí de su mensaje”, relata.
Con él y Pablo Allard crearon Elemental. La idea se gestó en Boston, donde vivían los tres. Una noche, comiendo en la casa de Allard, Iacobelli les hizo la pregunta que cambiaría su historia: “Si la arquitectura chilena es tan buena, ¿por qué las viviendas sociales son tan malas?”. Lo que sigue es conocido: Aravena reinventó las viviendas sociales en Chile, fue el primer latinoamericano en dirigir la Bienal de Venecia y el único chileno que ha ganado un Pritzker.
Desde esos años el arquitecto colecciona cuadernos de todo tipo, con croquis, ideas y dibujos que hoy suman más de 200.
-¿Cuánto tiempo dedicas hoy en día a diseñar?
-90%. Para mí es super importante estar en esos momentos inefables –les decimos las certezas inefables–, en que un diseño no puedes explicarlo con palabras pero sabes si está bien o mal. Todo sirve para dibujar, un BIC y una hoja en blanco, un palo en la tierra, una tiza en el muro o un computador sofisticado porque hay cosas que no las puedes resolver a mano.
-¿Eres de los que le vienen ideas de creaciones locas en la mitad de la noche?
-Te diría que no, porque nuestra manera de enfrentar proyectos no es con mi inspiración, sino algo de intuición, y eso consiste en cargar la pregunta con información y después en algún momento viene esto de la certeza inefable. No es un proceso lineal. A veces soy racional, a veces intuitivo.
-¿Hay algún proyecto en el que trabajaste que quedó en standby que te gustaría resucitar?
-Yo creo que hay tantos trabajos que no resultan, que no, sería infinito. Tampoco es que haya sido tiempo perdido, porque por mucho que los cuadernos están llenos de cosas que nunca llegaron a puerto, todo eso que pensaste no se perdió: elaboraste, sintetizaste, entendiste, desgranaste un problema. Por eso son lo único que guardo.

La ciudad y la inequidad

No sabe cuál ha sido su huella en la arquitectura chilena. O es lo que dice. “Lo único que tengo claro es que tenemos que conversar con gente que en principio toma más tiempo siquiera llegar a un lenguaje común, ya sea porque tiene una profesión distinta o viene de un mundo distinto”, asegura.
-¿Crees que la inequidad de la ciudad se puede corregir de verdad?
-El tema de la inequidad lo pondría sin un adjetivo detrás y con mayúscula. Es EL problema que tenemos. Y en esa inequidad, creo que la ciudad puede jugar un rol significativo porque puede corregirla en plazos relativamente cortos sin tener que esperar a que haya redistribución del ingreso, que es casi lo único que se escucha para lograrlo. Puedes mejorar la calidad de vida de las personas identificando estratégicamente en la ciudad proyectos de espacio público, transporte, vivienda. Para una persona que utiliza el transporte público, el poder estar sentado en esas dos horas de viaje con aire acondicionado o calefacción, es un golpe brutal a la calidad de vida, aunque viva en esa misma periferia, se demore lo mismo y gane lo mismo. Algo similar ocurre con el espacio público: ¿cuántas personas en Santiago no se pueden permitir tomar vacaciones? Si los mejores parques estuvieran en Santiago Sur y esas mismas personas día a día tuvieran la pequeña experiencia de ir, no tocaste el ingreso, pero la ciudad te permitió tener este atajo.
-A tu juicio, ¿hay algún gobierno que haya hecho avances sustantivos en esta línea?
-No, yo creo que tenemos mucho que aprender todavía. Colombia es un ejemplo. Ellos entendieron que el recurso más escaso en ciudad no es la plata, sino la coordinación. En Chile, en cambio, se organiza todo a nivel sectorial, que funcionaba en los 60 cuando el déficit era muy grande, pero cuando tus preguntas son de segunda generación, como las que tenemos en Chile hoy, que son transversales, deja de ser efectivo. Porque así como hay una naturaleza de cuestiones muy concretas y prácticas, hay otras intangibles, que cuesta medir, que hoy han subido mucho el volumen.
-Si esto mismo lo extrapolamos al tema constitucional, ustedes han estado súper activos después del estallido social. De hecho, pusieron la palabra “aprobemos” iluminada en sus ventanas en marzo.
-Se suponía que era una invitación a una conversación y terminó generando mucho apoyo, pero de gente que ya estaba dispuesta a hacerlo. Por eso, luego lo bajamos. El punto era poder hablarle a gente que está en un punto distinto al tuyo y eso se produjo en un porcentaje muy reducido. No llegamos a eso de “aquí tenemos que conversar”. Creo que eso necesita Chile.
-¿Cuando se terminen las medidas de aislamiento entonces vas a seguir participando en cabildos?
-Yo creo que sí. Como oficina creo que si esto nos importa, vamos a ver la manera en que le dediquemos tiempo. Yo y algunos del equipo estuvimos yendo a la plaza, dedicamos harto tiempo a observar en qué estaba el ambiente, cuál es la energía.
Ha pasado una hora y media de conversación. El Pritzker entonces vuelve a los orígenes y reflexiona: “La arquitectura es ‘darles forma a los lugares donde la gente vive’. Una frase aparentemente inofensiva y obvia. Pero si le haces doble click, ¿qué es darle la forma a algo? La forma tiene cuestiones estéticas, que es lo que históricamente se esperaba de los arquitectos, pero lo que informa la forma son cuestiones económicas, políticas, ambientales, sociales, eso en sí mismo ya es complejo. ‘A los lugares’: que van desde viviendas, colegios, museos, parques, veredas, todo, inevitablemente, tiene forma, y puede mejorar o arruinar la calidad de la vida de la gente. Y la última es ‘donde la gente vive’: ¿qué es vivir? ¿Es tener signos vitales? Hay cuestiones de necesidades, y está todo este plano simbólico y emocional. Entonces tienes el problema del papel en blanco y te empieza a temblar la mano”.