La última novela de Dave Eggers recrea la tragedia de Sudán, un país destruido por los abusos de la ideología y la religión.

  • 22 agosto, 2008


La última novela de Dave Eggers recrea la tragedia de Sudán, un país destruido por los abusos de la ideología y la religión.

La última novela de Dave Eggers recrea la tragedia de Sudán, un país destruido por los abusos de la ideología y la religión. Por Marcelo Soto.

Tal como presagiara Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, Africa es un continente donde las miserias del hombre se expresan de una manera definitiva y quizá irrecuperable. En ninguna otra parte han fallado de modo tan flagrante las religiones e ideologías del mundo moderno. Nadie se salva: ni el capitalismo ni la izquierda, ni musulmanes ni cristianos. Todos tienen –habría que decir tenemos– parte de la culpa.

Mientras los medios ignoran el desastre africano, a menos que alguna estrella de Hollywood aparezca diciendo frivolidades sobre el tema, la lectura de Qué es el qué, de Dave Eggers, resulta una tarea no sólo conmovedora, espeluznante, terrible –los adjetivos pierden sentido y se tornan ridículos ante la tragedia–, sino imprescindible. Es difícil analizar en términos literarios una obra que, antes que nada, representa un desafío moral del que nadie debería sentirse ajeno.

La obra está basada en hechos absolutamente reales, hechos que siguen sucediendo ahora mismo, luego de largas conversaciones del autor con el protagonista, Achak Deng, uno de los llamados “niños perdidos” de Sudán. Achak vivía en Marial Bai a principios de los 80: pequeña ciudad en el sur de ese país que limita con Kenia y Etiopía, cuando estalló la guerra civil entre los árabes, que controlaban el gobierno central de Jartum, y los dinkas, el pueblo ganadero que vivía en esas tierras desde tiempos inmemoriales.

Achak es un dinka orgulloso de su raza, que se precia de tener las mujeres más bellas del planeta, hijo de un próspero –para los estándares de Sudán– hombre de negocios, casado con varias esposas, como permite su tradición. Debido a su trabajo, el padre del protagonista debe tratar con musulmanes, a quienes cuenta una historia mítica sobre el origen del mundo: luego de crear a los hombres, Dios da vida a la especie vacuna, fuente de leche, abrigo y carne. De esa forma jamás pasarán hambre. Pero hay una condición: o aceptan ese regalo y viven en paz o le preguntan a Dios sobre el “qué” y sufren las consecuencias de tal curiosidad. Los dinkas toman la primera opción. Los fanáticos de toda clase, la segunda.

Árabes y dinkas conviven pacíficamente hasta que el gobierno comienza a seguir la senda del islamismo extremo, ante lo cual un grupo toma las armas y da origen al Ejército de Liberación del Pueblo Sudanés (ELPS). Pero no hay buenos en esta historia. Si los musulmanes arrasan pueblos para sembrar el terror, los rebeldes no les van en zaga en materia de atrocidades.

En medio de este espiral de violencia, Achak, luego de presenciar la destrucción de su hogar, queda a la deriva y comienza a vagar por la selva y la sabana en busca de un lugar seguro, que brilla por su ausencia. Otros niños, huérfanos y semidesnudos, se le unen y atraviesan el país, pasando las peores pellejerías imaginables, hasta llegar a Etiopía, desde donde algunos emigran a Estados Unidos. La travesía dura más de diez años y pocos sobreviven. La mayoría de estos “niños perdidos” termina secuestrada por la guerrilla o asesinada por las milicias árabes, cuando no devorada por leones o muerta de hambre.

Achak es afortunado y llega a Atlanta; sin embargo, cuando unos jóvenes afroamericanos lo asaltan y toman como rehén en su propio apartamento, empieza a echar de menos Sudán, por mucho que su país se haya convertido en un infierno. Mientras los ladrones saquean sus pocas pertenencias, Achak recuerda su historia, porque es lo único que le queda.

Eggers, una de las voces más destacadas de la actual narrativa estadounidense, miembro de la llamada “next generation”, a veces peca de didáctico, pero su novela es un formidable ejemplo de cómo la literatura puede, en contados casos como éste, sacudir las conciencias. El optimismo de Achak, pese a todos los golpes que ha recibido, representa un acto de heroísmo y de fortaleza individual que nos deja sin habla, secretamente avergonzados por la pequeñez y el egoísmo de nuestros afanes cotidianos. Esquivar el bulto sería imperdonable.