De zona industrial a emergente y algo problemática, este rincón de la isla de Manhattan vive su mejor momento y muestra cómo una zona urbana puede evolucionar en el tiempo. Aquí una pincelada de lo que se puede ver, probar y disfrutar si se anda por el vecindario.

No deben ser más de veinte manzanas las que conforman este distrito, uno de los más pequeños de Nueva York. Históricamente, esta área de la isla de Manhattan concentró a cientos de mataderos, procesadoras de carne y carnicerías agrupadas en lo que se conocía como el Gansevoort Market, que en su conjunto abastecía a la ciudad y buena parte del estado de Nueva York, además de áreas vecinas de los estados de Nueva Jersey y Connecticut. Se trataba por ese entonces –hacia inicios del siglo pasado– de una zona que concentraba actividad día y noche, con camiones entrando y saliendo del área seis días por semana, un tren de carga que transportaba los pedidos de carne hacia la ciudad y cientos de personas que trabajaban en todos sus comercios, muchos de estos por turnos. Sin embargo, los cambios en la industria de la carne, la logística de la ciudad, las importaciones e incluso la por ese entonces tímida llegada de tendencias que le hacían el quite a este producto comenzaron a hacer disminuir las actividades del rubro carnívoro, dejando –hacia inicios de los años ochenta– grandes edificios vacíos, los que poco a poco se fueron transformando en clubes nocturnos, estudios fotográficos y talleres diversos. Básicamente porque sus arriendos no eran caros, considerando su ubicación, a pasos de barrios como Chelsea y el West Village; aunque algo retirados de zona más residenciales, sobre todo en las calles más cercanas al río Hudson, lo que también posibilitaba el desarrollo de actividades ilícitas como la prostitución y el tráfico de drogas. Con el paso de los años, la vida del Meatpacking District fue poniéndose en regla, aunque siempre con una marcada actividad bohemia y nocturna. Hasta bien entrados los años noventa, la transformación del barrio fue haciéndose de manera paulatina y a pulso. Todos concuerdan en que a partir del cambio de milenio y la sostenida alza en los niveles de seguridad de la ciudad –coincidente con las administraciones edilicias de Giuliani y Bloomberg– el Meatpacking District comenzó a perfilarse como lo que es hoy. A la transformación que ya venía teniendo de manera orgánica se sumaron importantes inversiones inmobiliarias, de conservación y rehabilitación de espacios públicos. Es decir, comenzaba la consolidación definitiva.

Vista panorámica

Los límites de este barrio están dados hacia el norte por la calle 17 Oeste, al sur por la calle Horatio, al oeste por la undécima avenida (que da a la autopista que bordea el río Hudson) y al este por la octava avenida. Si bien no hay ningún tipo de ingreso o frontera física a la zona, al adentrarse por sus calles uno nota que la arquitectura cambia. Hay menos edificios de departamentos y la altura –por lo menos de las construcciones más antiguas– debe andar entre los cuatro y seis pisos. Se ven muchas bodegas y galpones antiguos que ahora funcionan como estudios de grabación de películas, restaurantes, galerías de arte, salones de belleza y spas en los que se puede pasar un día completo relajándose e incluso tiendas de moda, computación, autos, teléfonos celulares y más. Por otra parte, muchas calles del Meatpacking District conservan sus adoquines originales, lo que le recuerda a locales y foráneos que este sitio no fue siempre como se aprecia en la actualidad. La mejor forma de mirar de manera panorámica este barrio y palpar sus cambios es caminar por el High Line, un parque en altura inaugurado en 2009 y que fue construido sobre las vías del tren que hasta principios de los ochenta transportaba buena parte de la carne que se faenaba en la zona. Este proyecto salvó –al menos en parte– esta vía férrea de su demolición y le dio al barrio un magnífico pulmón verde y atractivo turístico, además de propiciar un interesante desarrollo inmobiliario en un área que estaba bastante deprimida. Son unos dos kilómetros y medio de una vía elevada con vegetación nativa de la zona, bancas para descansar y una panorámica inmejorable de esta zona de la ciudad. De verdad imperdible, en cualquier época del año.

A comer se ha dicho

Aunque técnicamente no está dentro del Meatpacking District, vale la pena aprovechar el recorrido para llegar hasta Hudson Yards, un moderno desarrollo inmobiliario que se comenzó a construir en 2012 –gracias a una iniciativa público-privada– para revitalizar esta zona y que ya tiene varios altísimos edificios construidos. En la parte inferior de uno de estos funciona desde hace poco más de un mes Little Spain, el nuevo emprendimiento del famoso chef español José Andrés, que de la mano de los hermanos Ferrán y Albert Adriá desarrolló un proyecto que recuerda mucho al ya consolidado Eataly: un espacio gastronómico que combina varios restaurantes más un pequeño mercado, pescadería y un bar de tapas. Todo en clave española y con materias primas espectaculares. Anchoas del cantábrico, tomates orgánicos, ostras del Atlántico, variados quesos, vinos de La Rioja y mucho más. Aún en rodaje y con muchos visitantes –locales y turistas– recorriéndolo por primera vez, todo indica que el sitio será un éxito.

De vuelta en el Meatpacking District, otro espacio dedicado a la gastronomía es el clásico Chelsea Market, edificación que cubre una manzana completa y que durante prácticamente cien años fue una fábrica de galletas que cerró y tras un tiempo de abandono resurgió en 2005 como lo que es hoy: un mercado urbano con cerca de cincuenta locales con una oferta que va desde clásicas currywurst, pizzas, tacos y hamburguesas a propuestas más elaboradas de comida italiana, francesa, japonesa e incluso jamaicana. Además, hay tiendas de vinos, licores, panaderías y –lo que nunca viene mal en un viaje– venta de souvenirs. En los pisos superiores de esta gran construcción se desarrollaron oficinas comerciales para compañías como Youtube, EMI, The Food Network y Google. Ahora bien, si hay que elegir un lugar para comer en Chelsea Market, sin duda me quedo con Sarabeth’s, donde se puede desayunar a lo grande: rico café, jugos y por sobre todo buena comida dulce y salada; como unos soberbios waffles de papa con mantequilla y mermelada de manzana o un sándwich de pavo asado con coleslaw y rúcula que te recupera de cualquier noche de fiesta. Hablando de noches agitadas, otro gran lugar para arreglar el cuerpo “el día después” y que queda en esta zona –en rigor en Chelsea– es Cookshop, un sitio especializado en desayunos donde lo primero que a uno le ofrecen al llegar es un trago. En nuestro caso probamos un interesante Bloody Mary con un toque de rábano picante… así da gusto.

Y hay más

Lugares para comer en el Meatpacking District abundan. Está la panadería Davidovich, donde aseguran tener los mejores bagels de Nueva York, para los cuales algunas mañanas hay que hacer fila. También destaca el mexicano Dos Caminos, que se define como un sitio de tacos y otras especialidades aztecas, pero con un toque moderno, y que los fines de semana tienen un brunch de los más concurridos. O el japonés Marimoto, donde la frescura y calidad de sus productos se realzan con una apuesta muy moderna y que juega con ingredientes poco convencionales a la hora de preparar comida nipona, como por ejemplo, caviar. Otra opción puede ser la pizzería Simò, sorprendentemente buena y barata –para el nivel de Manhattan– y que en menos de dos años se ha hecho de una buena fama en el vecindario. También está el Gansevoort Market, un negocio centenario recientemente remodelado, donde se puede comer relajadamente en un ambiente de mercado y sin tanta gente como casi siempre sucede en Chelsea Market. Otro recién llegado a la zona pero que ya tiene su fama es Intersect, un recinto propiedad de la marca japonesa de autos de lujo Lexus, que en su primer piso alberga una pequeña cafetería y que en el segundo tiene un bar y un comedor que alberga a una suerte de pasantía de restaurantes de distintas partes del mundo. Por estos días, el elegido es el 040. Sí, el mismo que está en pleno Barrio Bellavista de Santiago. Pero si lo que quieren es comer en un lugar bien tradicional, alejado del turismo y la onda fashion, pueden visitar Hector’s, un diner que funciona ininterrumpidamente desde 1945 y donde aún llegan a tomar un café o comer un sándwich los pocos trabajadores de las procesadoras de carne y carnicerías –con botas de agua blancas y delantales del mismo color– que quedan en el Meatpacking District. Como Hector’s funciona toda la noche, a eso de las cuatro de la mañana en su estrecho salón suelen mezclarse los trabajadores de la carne con hombres y mujeres estilosamente vestidos que ya vienen saliendo de los clubs de la zona y quieren tomar un plato de sopa caliente o comer un sándwich antes de volver a sus casas. Una bella mezcla que habla del espíritu y los ritmos de esta ciudad.

Día y noche

Otro atractivo del Meatpacking District es su actividad nocturna. Es normal que a contar de las siete u ocho de la noche comiencen a verse personas vestidas elegantemente haciendo fila en distintas esquinas donde, en muchos casos sin siquiera un letrero a la vista, funcionan cotizados locales nocturnos. Entre los más concurridos están el TAO, que además es restaurante, el Plunge en la azotea del hotel Gansevoort y el Lebain del hotel The Standard, que en los meses de verano incluye piscina y que ofrece una panorámica en 360 grados simplemente espectacular. Pero en la mayoría de estos y otros locales nocturnos, existe una persona en la entrada que decide quién entra y quién no. Entonces además de llevar dinero, vale la pena arreglarse un poco y tenerse fe. Como no todo puede ser fiesta, un destino diurno imperdible es el Whitney Museum, especializado en arte estadounidense y con una colección de más de 18.000 obras. Es para muchos el punto de consolidación de la evolución que ha tenido el Meatpacking District, porque al mudarse hasta este lugar en 2015 –a un imponente edificio diseñado por el arquitecto italiano Renzo Piano, tras haber estado durante décadas en el Upper East Side– le dio el broche de oro a la nueva cara que luce hoy toda la zona. Y sobre el museo mismo, vale la pena mencionar que aquí se pueden apreciar obras de Jackson Pollock, Andy Warhol o Man Ray; aunque me permito destacar la magnífica colección de Edward Hopper. Bonus track: el restaurante Untitled, en el primer piso del museo, que con una carta liviana, variada y moderna –más otra impresionante de vinos provenientes de diversos países– justifica totalmente una visita. Aunque el Meatpacking District no es un sitio muy grande, es lo suficientemente interesante y diverso como para visitarlo una y otra vez.