El escritor Antonio Gil hace un diagnóstico crítico de los discursos de nuestros candidatos. Lea la entrevista y escuche parte de la conversación

  • 18 febrero, 2009

 

Cuando muchos dirigentes locales tratan de sacar lecciones del triunfo de Barack Obama, el escritor y experto en estrategia comunicacional Antonio Gil desnuda las falencias en ese ámbito de los políticos nacionales. Su diagnóstico es alarmante y explica en cierta forma por qué la actividad pública está tan desprestigiada. Para preocuparse. Por Marcelo Soto; foto, Elisa Bertelsen.

 

Revisa el audio de la entrevista aquí.

 

Antonio Gil es uno de los escritores chilenos más originales de la actualidad. No sólo escribe novelas que desafían las normas –su último libro, Cielo de serpientes, posee partes en español, partes en quechua–, sino que tiene una vasta experiencia como publicista, sobre todo en el área de la comunicación estratégica, y ha trabajado en numerosas campañas, como la del No en 1988.

“Si te contara todos los políticos a los que les he escrito discursos, estaría rompiendo un pacto de confidencialidad”, dice, aunque reconoce que ha trabajado en los equipos de Patricio Aylwin, Eduardo Frei y Ricardo Lagos, en Chile; y en el de Sánchez Lozada, en Bolivia, entre otros. Por estos días asesora a dirigentes como Ximena Rincón, que aspira a un sillón en el Senado, y al presidente de la DC, Juan Carlos Latorre.

“Cada persona tiene sus mañas. A Aylwin tratamos de pasarle alguno discursos, pero don Patricio los agarraba, los miraba y terminaba escribiéndolos él mismo, siempre”, recuerda.

Polémico como pocos, Gil no tiene pelos en la lengua a la hora de descifrar las variables que condicionan el discurso político nacional. “Aquí en Chile el nivel de las ideas es pobrísimo. No hay épica ni belleza ni lirismo en las declaraciones de nuestros dirigentes y eso le hace muy mal al país”, comenta.

A propósito de la elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos –triunfo basado, según muchos, en su capacidad oratoria–, quisimos hablar con un experto en las artes retóricas para descifrar las deudas que en este campo mantiene la fronda política local y que en buena medida explican la mala fama de los partidos y sus dirigentes.

-¿Crees que el triunfo de Obama de alguna forma representa el regreso de la retórica, de la mística a la acción política?

-Desde la elección de Lincoln que los norteamericanos no elegían a un presidente por su oratoria. Por su inmensa capacidad de inspirar, de conmover y de conectarse con la sensibilidad más profunda de las personas corrientes. Por cierto, este don no es casual y demuestra la profunda cultura y el vasto conocimiento clásico que posee Obama, en particular de Cicerón, de quien aprendió variadas estrategias discursivas. La más conocida de esas técnicas es el tricolon, que consiste en el uso de series de tres frases o conceptos para destacar una idea central. Habilidad que demostró en la convención demócrata del 2004 en un discurso que, además, se basó en aquello que la retórica denomina praeterito, y que consiste en aludir a un tema, supuestamente eludiéndolo. “No voy a hablar aquí de nuestros rascacielos, ni de nuestro espíritu de lucha”. Ese era, justamente, el foco de su discurso, el que mediante este viejo truco cobró un vigor electrizante.

-En Chile la retórica ha llegado a ser una mala palabra.

-Por desgracia ha adquirido un matiz de cosa vana, de palabra hueca, tratándose en realidad justamente de todo
lo contrario. Sin ánimo de dar la lata, los recursos que aparecen con más frecuencia, al analizar la discursiva de Obama, son la anáfora y la epífora. La primera es la repetición de una misma expresión al comienzo de cada párrafo. Y la otra es la misma reiteración, pero rematando las frases. Sellándolas. Remarcándolas una y otra vez.

-Obama aparece como un político no tradicional, pese a tener una trayectoria más o menos convencional como dirigente y parlamentario. ¿Cuán novedoso es su discurso?

-Obama no puede ser más tradicional como político. Se enlaza con una vieja tradición que él mismo se empeña en reforzar y reiterar, incluso con gestos simbólicos como su anacrónico viaje en el último carro de un tren a Washington. En términos representativos, eso tiene un valor formidable, porque se conecta con el pasado. Obama volvió a poner en la retina la visión idealista de Estados Unidos, una estética que nos remite a los tiempos patrióticos de los años duros, plenos de una dignidad y de una voluntad de triunfo que se habían perdido. Vale la pena recordar que tras los discursos de Obama está, en buena medida, la pluma de Jon Favreau, un poeta de 27 años que es el director de los speechwriters del nuevo presidente. “Fav”, como lo apodan, vive encerrado en un departamento minúsculo, y aporta el lirismo, la belleza retórica, la potencia nuclear a las ideas de Obama.

-¿Es Obama el presidente más inteligente que ha tenido EEUU en el último tiempo, como ha dicho la prensa liberal de ese país?

-Tengo muchas sospechas de la palabra inteligencia. En EEUU el presidente puede ser un retardado mental, como ha quedado demostrado. Allí no gobierna el presidente: gobiernan los asesores, el presidente pone la cara. Obama, eso sí, es el presidente que ha mostrado mayor ilustración. Mayor conocimiento del mundo clásico. Hay muchas cosas de su discurso que corresponden al mundo romano, que es la cuna del hacer política en la cultura occidental.

-En Chile, por el contrario, el debate parece bastante superficial, ¿no te parece?

-Lo que pasa es que estamos en manos de una tropa de ignorantes de marca mayor. En Chile la vulgaridad es ley. La política siempre ha tenido aspectos plebeyos y nobles, pero un político tiene que moverse en los dos mundos. Por ejemplo, Arturo Alessandri Palma podía moverse en el mundo de los matarifes y en el mundo de los filósofos. Un presidente de la República tiene que ser capaz de moverse con fluidez en esos dos aspectos. Pero hoy los políticos se dedican a defender sus parcelas de una manera descarada: se ha perdido todo recato, todo pudor.

-Cuando uno escucha las declaraciones de los dirigentes, nota un nivel muy pobre, lleno de lugares comunes y frases mal armadas, que no respetan siquiera la sintaxis. ¿A qué se debe tal retroceso en el lenguaje?

-El discurso de los congresistas y líderes está lleno de obviedades, de cosas que ellos creen que la gente quiere oír. El problema es que los políticos no conocen Chile, no tienen idea de lo que es este país, que por cierto es un fenómeno muy complejo. Yo fui opositor a Allende, pero reconozco que era un político talentoso: él tenía un lugarteniente que se llamaba Joan Garcés, que por decir un caso se iba a Talagante, donde iba a ir el presidente tres días después, y entretanto tomaba nota de todos los problemas objetivos: el agua potable, la salud, etc. Luego preguntaba cuándo florecen los árboles de la plaza, dónde están las mejores empanadas del pueblo. Cuando llegaba Allende, en su discurso primero se hacía cargo de los problemas concretos y luego decía (Gil imita la voz del fallecido mandatario):“Siempre recuerdo cuando florecen en mayo los árboles de la plaza y las empanadas maravillosas de la señorita X”. De esa manera se ganaba las entrañas de la gente… y el negocio de los políticos es ganar las entrañas de la gente. Para eso basta con entregar dos o tres líneas para explicar un relato. Un manual. La política no es necesariamente racional.

-¿Qué piensas de que el voto sea obligatorio de verdad –y no letra muerta– como plantean, desde trincheras muy distintas, gente como Carlos Peña y Sergio Melnick?

-La obligación de los políticos es encantar, seducir, esa es su función. No tenemos por qué eximir a los políticos de ese deber. El Concilio Vaticano II dice que la política es un arte noble y difícil: una gran definición. Porque si es noble, si es extremadamente difícil, no puede estar en manos de cualquiera. ¡No puede estar Marco Enríquez-Ominami candidateándose a la presidencia de la República! Eso es inaceptable.

-¿Hubo en Chile políticos brillantes en su oratoria? Lagos, por ejemplo, no hilvanaba bien las frases, pese a su fama de hombre culto.

-Lagos es inteligente, pero no tenía buena retórica, tenía un speechwriter que no era de los más brillantes. ¿Te acuerdas de un discurso de Lagos? Yo no. Uno se acuerda de los discursos de Allende en la ONU, o del discurso de Frei sobre la Patria Joven. Frei padre usaba mucho el truco retórico de la letanía, la frase corta que se termina siendo hipnótica. Del pasado sin duda grandes oradores fueron Alessandri Palma, Enrique Mac-Iver, Lastarria, Francisco Bilbao.

 

 

 

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-¿Los presidentes de la Concertación están en deuda?

-Con ellos empezó a faltar épica, se empezó a anquilosar el verbo. Y luego vino la cultura del informe, más que del discurso. No hay un relato. El político tiene que explicar por qué ocupa o aspira a ocupar ese lugar de poder. Yo como votante no quiero saber si va a poner alcantarillas, si va a pavimentar más o menos calles, quiero saber por qué está él allí. Probablemente, si buscamos entre los políticos chilenos actuales, de los que sean capaces de responder esa pregunta quedarían dos o cuatro, con suerte.

-¿Y qué sucedió con el discurso durante el régimen de Pinochet?

-Es un período que no habría que dejar de lado, es el período del discurso de cuartel, del general Pinochet, que es otra modalidad. El saca al mundo civil y establece una nueva forma, la forma en que se habla dentro de los cuarteles y los regimientos. Con lo cual se impone simbólicamente la presencia militar a la sociedad civil; la estructura de la arenga, que es casi un reto. Eso tiene un sentido y un propósito, no es casual. Pinochet no hablaba mal, hablaba como un militar, que es distinto de hablar mal.

-¿Qué líderes de la derecha reciente rescatas como oradores?

-Recuerdo los discursos encendidos y vigorosos de Pablo Rodríguez. A Jaime Guzmán le faltaba presencia, siendo muy inteligente. Otro que hablaba muy bien era Enrique Campos Menéndez, aunque era pura retórica vacía, patriótica, pero lograba enardecer a la gente.

-¿Piñera y Frei tienen un discurso parecido, un enfoque de ingeniero demasiado pragmático, poco audaz?

-Sí. No han logrado todavía inyectarle lírica ni épica a sus discursos. Ellos tienen la obligación de enriquecer el imaginario de la gente, una obligación moral, y puede ser que no tengan la capacidad de hacerlo o quizá la voluntad. Pero la verdad es que hay una pobreza de ideas formidable. Sus planteamientos terminan siendo un conjunto de trucos y parafernalia, pura palabrería. Que no es lo mismo que la retórica. El mundo de los símbolos no lo manejan. Lo desconocen por completo. El mundo de los gestos, tampoco. Así la gente va a votar por el mal menor que le parezca, pero sin convicción.

-En el caso de Piñera, ¿cuánto le afecta su imagen de magnate?

-Eso es un estigma brutal. Cuando escuchas a Piñera da la impresión de que está tratando de parecer amable y cariñoso, pero no le crees. Frei es parco, fome; viene de un espacio monárquico, que hereda de su padre, esta especie de corona que es la presidencia de Chile, pero transmite más honestidad en sus discursos. Eso lo digo desde la perspectiva del lenguaje, no necesariamente es la verdad. Porque la verdad está en todas partes.

-¿Qué consejo le darías a un político chileno?

-Que intente levantar un proyecto nacional: este es un buque que nadie sabe para dónde va. Lo que importa es que todos, derecha o izquierda, tengamos claro qué queremos hacer de este país, más allá de quién gobierne. Tiene que haber una suerte de pacto, eso es lo que hay que hacer. Comprometerse por lo menos en algunas cosas y remar para el mismo lado. Sin ese compromiso, al final termina siendo todo pura cosmética.

-Bachelet trató de armar un relato, el gobierno ciudadano. ¿Le resultó?

-No, porque partía de una falacia, del artificio de la existencia del ciudadano. ¿Qué es un ciudadano? Es una entelequia, un concepto que no existe. Bachelet construyó sobre una burbuja de jabón. ¿Qué es la participación? En este país todo se cocina entre cuatro paredes.

-Varios políticos, entre ellos la propia Bachelet, han dicho que”yo soy el Obama chileno”. ¿No es algo patético?

-Eso da lástima y vergüenza ajena. Es una costumbre muy chilena y refleja una cosa brutal: la incapacidad de nuestra clase política de conocer sus raíces, de ligar su discurso con la tradición propia. Me gustaría que alguien dijera “yo soy el Aguirre Cerda del siglo XXI”, o “yo soy el Balmaceda del siglo XXI”, pero ¿el Obama?, ¿por qué? Es ridículo. La farandulización ha llegado a todos los niveles. Y no sé cómo se va a revertir. Va a costar muchos años. Vivimos en la sociedad de la vacuidad y el desconocimiento.

 

 

Hablando del asunto

EL CASO MITERRAND: “Los publicistas políticos tienden a ser brutales. Conversé con el publicista de Miterrand, el genial Jacques Séguéla, y me explicó cómo habían manipulado la historia de quien fuera uno de los grandes presidentes franceses. Yo había leído una biografía sobre Marguerite Duras, llamada El peso de una pluma, en que lo único que te quedaba era la idea de Miterrand como un héroe. Se lo comenté a Séguéla, el mismo que trabajó con Lagos y se peleó con Tironi, y me dice: “no es raro. Le pedimos permiso a Marguerite Duras para escribir ese libro, porque había que arreglar una cosas en la imagen de Miterrand, durante la ocupación nazi”. Miterrand no fue una blanca paloma, y en el libro aparece como una especie de Robin Hood, pero en realidad el tipo transaba con los alemanes, hacía lo que tenía que hacer un político. Los publicistas de Miterrand le pidieron a Duras autorización para escribir una biografía sobre ella, que en verdad era un libro para ensalzar la figura de Miterrand. Fue brillante”.

LA CAMPAÑA DEL NO: “Trabajé en el comité editorial con Eugenio Tironi. Esa campaña logró movilizar a una enorme cantidad de gente, logró crear fervor, que es muy difícil: andábamos todos con fiebre, andábamos enloquecidos todos los días. Se equivocaron los del comando del Sí cuando pensaron que nadie iba a ver la franja de TV, pero se convirtió en un foco de atención, en el ring de las ideas. Yo personalmente estaba en desacuerdo con poner a Bañados como animador de la franja del No. Por suerte no me hicieron caso, porque fue un acierto. Bañados hablaba desde la neutralidad. En la campaña había miles de cerebros; hoy algunos se atribuyen ser los creadores. Yo no lo haría nunca”.

NUEVA NOVELA:
“Estoy terminando una novela ambientada en 1905, cuando se produce la conjunción de dos fenómenos notables. En primer lugar, la huelga de la carne, que intenta bajar los aranceles de la carne argentina, porque estaba carísima. Va un grupo de trabajadores donde el presidente Riesco, para que las carnes sean más baratas, y se produce una matanza que es la primera que dirige Silva Renard. Eso coincide con un escándalo de pedofilia de marca mayor, que impregna a la congregación de los Jacintos. Allí rescato la figura del Pope Julio, un cura renegado, que hizo una interpretación positivista del Evangelio y quiso formar la Iglesia Nacional de Chile. La novela se llama Carne de Jacinto y tiene sorprendentes conexiones con la actualidad”.

LA IZQUIERDA POPULISTA: “Chávez y Castro son unos bandidos. Tienen un discurso matonesco, deprimente. Fidel Castro es el último invento de García Márquez. Cada vez que Castro tenía un problema de comunicación llamaba a García Márquez. Cuando manda 20 mil tipos a Angola, le pide consejos para explicar la decisión. Y Castro hace ese discurso famoso, escrito por García Márquez (imita la voz de Fidel): “en el día de hoy los nietos y los bisnietos de aquellos esclavos que llegaron de Africa, han vuelto a la tierra de sus antepasados para devolverles la libertad”. Un sofisma sin sentido, pero que suena bien. Salvó el pellejo. ¿Cómo explicas que mandas 20 mil soldados y que después los dejas botados? García Márquez hizo el milagro”.