Por: Pablo Marín “Leer la nota al pie es similar a verse obligado a dejar de hacer el amor porque han llamado a la puerta”, afirmó alguna vez el dramaturgo Noel Coward. Otro tanto hizo el diccionario Merriam-Webster, que en una de las acepciones del término footnote habla de “alguien o algo considerado o recordado […]

  • 17 septiembre, 2015

Por: Pablo Marín

anthony

“Leer la nota al pie es similar a verse obligado a dejar de hacer el amor porque han llamado a la puerta”, afirmó alguna vez el dramaturgo Noel Coward. Otro tanto hizo el diccionario Merriam-Webster, que en una de las acepciones del término footnote habla de “alguien o algo considerado o recordado como una parte menor de un acontecimiento, una obra, etc.”.

Molesta para muchos lectores y vista por algunos como epítome de lo insignificante o innecesario, tiene sin embargo sentido, valor y hasta una historia propia. Los orígenes trágicos de la erudición. Breve tratado sobre la nota a pie de página es obra de Anthony Grafton (New Haven, Connecticut, 1950), profesor de la Universidad de Princeton y destacada figura intelectual estadounidense, que ha reflexionado sobre los tránsitos de la ciencia, el libro y la lectura, y la producción del conocimiento.

Es cierto que lo que hoy llamamos historia cultural ha alcanzado cotas irritantes –si no irrelevantes– de especificidad (incluyendo a ámbitos como el tarot o las plantas). Pero es el propio Grafton quien se hacer cargo de los presuntos hándicaps de su objeto de estudio para terminar construyendo una narrativa atrayente y entretenida, más allá de sus densidades.

Este “aparato de erudición textual”, como lo ve el autor, cumple una función de honestidad intelectual (hacer públicas las fuentes en que se basa el autor de un libro), y le ha valido frases de admiración hasta el insulto apenas disimulado.

No se trata, en la lógica que parece mover a Grafton, de contar historias chicas porque sí. Quien presidiera hace un par de años la asociación de historiadores de EE.UU. (AHA) sobrevuela amplios territorios temáticos y metodológicos, con la Europa del siglo XVI como pista de despegue. Pero también habita su tiempo –y opina sobre él.

-Ud. ha sido presentado como un “historiador de los modos de conocer”. ¿Cuál es su tarea?

-Lo importante es reconocer que la información ha sido importante –para los estados, para la Iglesia, para las ciudades, para los comerciantes–, pero que ha asumido distintos modelos y ha sido transmitida de muy distintas maneras. Debemos estar alertas respecto de su importancia, pero también historizar. Verla en contexto.

-¿No es raro que la edición mexicana de su libro sobre las notas al pie de página no las tenga y en cambio las guarde para el apartado final?

-Un comentarista de la versión en inglés se quejó de que había exagerado la importancia de la ubicación de las notas, ya que si están al final podrían cumplir la misma función que si aparecen en la base de la página. Creo, sin embargo, que la ubicación importa mucho: cuando las notas van en el pie, tanto los autores como los lectores les prestan más atención.

-En el libro menciona a un historiador, Johannes von Müller, para quien el Cielo era algo así como un archivo virgen e infinito.

-La riqueza de los archivos y bibliotecas es increíble: conocen infinitamente más que uno y, cuando está todo calmo y uno abre su mente, escucha las voces del pasado. Yo llevo de expedición a mis alumnos a esos lugares, para trabajar y descubrir en conjunto. Es algo que los entusiasma y que incluso cambia las vidas de algunos.

-¿Cuál es la experiencia más desafiante –o rara– que ha tenido en estos espacios?

-Tuve una hace poco que ha sido la mejor: en una pequeña biblioteca privada en Nueva York, con una mayoría de lectores de ficción, me enteré de que tenían una colección de libros raros. Con un colega, llevamos por el día a un grupo de estudiantes, y el primer libro que vi fue una historia mundial de 1516 con notas manuscritas de un amigo de Erasmo de Rotterdam que lo había leído cuando recién apareció. De pronto, me había ido de Manhattan y figuraba sobre los hombros de esta persona, en el Augsburgo renacentista.

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-¿Siente a veces que vive en distintas épocas al mismo tiempo?

-Siento como si la mayor parte del tiempo viviera en el siglo XVI. Ahí es donde paso muchas de las horas en que estoy despierto.

 

El gigante del cuento

La “rueda de libros” es un artefacto mecánico diseñado por un ingeniero italiano en 1588. Con un principio de funcionamiento similar al de una rueda hidráulica, permitió a los eruditos del pasado consultar un set de pesados textos al mismo tiempo y hay quienes lo ven como un lejano ancestro de la web. Anthony Grafton es dueño de uno de estos aparatos. “Durante siglos, los lectores han estado ojeando y encontrando distintos caminos para llegar al contenido de los libros sin tener que leerlos palabra por palabra”, comenta.

-Desde hace rato se oyen quejas por la imposibilidad de una “lectura profunda” en nuestro tiempo, porque hay muchas distracciones. ¿Concuerda?

-Siempre ha habido distracciones, pero Netflix es más hipnótico que cualquier cosa que haya habido. Es algo difícil. Dejando a un lado las lecturas de mis investigaciones, ya no leo tanto por diversión como solía hacerlo.

-Usted dice que la gran “revolución” de la lectura digital no se ha producido aún.

-Como yo lo veo, la mayoría de los sitios web son revistas que han sido digitalizadas usando el mismo viejo formato: una franja de textos en medio de franjas de publicidad. Y la mayor parte de los eBooks son aún facsímiles de libros impresos. Necesitamos el valor de forjar modos realmente nuevos de crear y transmitir conocimiento.

-¿Habrá una larga convivencia entre el libro impreso y las plataformas electrónicas/digitales de lectura?

-Aún se usan rollos en las sinagogas, para los diplomas y en otros contextos. Sospecho que el libro en su tradicional versión se seguirá usando por largo tiempo, especialmente entre quienes leen en el baño.

-El historiador Adrian Johns sugiere una incompatibilidad entre la propiedad intelectual y el modo digital de producir y difundir la información. ¿Cuál es su postura? ¿Le complica que sus libros puedan descargarse gratis de algún sitio ruso por ahí?

-Concuerdo en que la propiedad intelectual se está esfumando y no me preocupa en lo absoluto. Por otro lado, no habiendo vendido muchos libros ni hecho mucho dinero como autor, soy el tipo más feliz cuando la gente tiene acceso a mi trabajo y pueden hacer con él lo que les parezca.

-Su editorial no estaría de acuerdo…

-Es un tema difícil. No creo que todas las publicaciones periódicas deban ser de libre acceso. Necesitan dinero para cubrir gastos que van desde la edición de las páginas, que no ha desaparecido con la edición digital, hasta llevar el registro de los archivos. Lo digo por mi experiencia, ya que ayudo a editar una revista académica. Así que creo aún en las suscripciones pagadas, aunque no me preocupa cuando la gente sube mi trabajo. Pero no se lo diga a mi editorial.

-Usted ha descrito la historia como “esa mixtura desordenada e indispensable de arte y ciencia”. ¿Cuál es la mejor definición de su oficio?

-Una de Marc Bloch: “El buen historiador es como el gigante del cuento de hadas. Sabe que dondequiera que sienta el olor de la carne humana, allí se encuentra su presa”. •••