Le tomó un tiempo, pero Andrés Wood regresó a la pantalla grande: Araña es su primer filme en casi una década, y en éste el realizador retoma temas que ya había abordado en películas como Machuca y La buena vida: el pasado, la política, vivir en comunidad, olvidar, resistirse al cambio y, sobre todo, vincularse con el prójimo. Tratar de entender a los otros. Fotos: Verónica Ortíz

  • 19 agosto, 2019

Ocho años. La última vez que el nombre de Andrés Wood apareció en un póster de película fue hace exactos ocho años, cuando Violeta se fue a los cielos –su filme sobre Violeta Parra– llegó a salas. En ese entonces, el cine todavía se proyectaba en 35mm, los canales de TV abierta generaban ganancias, la gente compraba revistas en los quioscos y Netflix no era más que un videoclub estadounidense que funcionaba por correo terrestre. En 2011, existía la Concertación y el sistema binominal. Boris, Jackson y Vallejo eran dirigentes estudiantiles. Usábamos Facebook y Twitter para entretenernos, no para informarnos. Obtener la Copa América era una quimera y para qué decir ganarse un Oscar. Ocho años. No parece hace tanto tiempo, pero recordarlo es como remontarse a otra era; especialmente ahora, en este seco y tibio agosto de 2019, cuando Wood regresa a la pantalla grande con Araña, su séptimo largometraje.

En el intertanto no se borró del mapa; más bien lo contrario: esta bien puede haber sido la década más activa de su vida, pero la mayor parte de sus energías no las invirtió en la pantalla grande sino en la chica. En este período produjo las tres últimas temporadas de Los 80, las miniseries Pulseras Rojas (2014) y Mary & Mike (2018), y dirigió otras dos, que califican entre lo mejor y más personal de sus casi tres décadas de carrera: Ecos del desierto (2013, en CHV) y Ramona (2017, para TVN). De hecho, fueron los estímulos, los rigores y también las penurias provocadas por la creación y, sobre todo, la emisión de esta última, los que acabaron por traerlo de vuelta a su medio favorito y con un enfoque que a estas alturas se ha convertido en una marca de autor. Una película de Andrés Wood suele ser sinónimo de historia reciente y decidido enfoque social; un producto que no intenta pasar camuflado ante sus espectadores, sino ser parte de la conversación, aquí y ahora. Alimentarla, encenderla.

Todo eso late con fuerza al interior de Araña, cinta que retrata a un trío de personajes en dos momentos clave en sus vidas: primero en 1971, en sus días como militantes del Frente Nacionalista Patria y Libertad, y luego en 2018, cuando las sombras de ese lejano pasado vuelven a removerse y amenazan con despertar, como si de pronto la Historia –esa con “H” mayúscula– se hubiese dado un fuerte sacudón, conmoviendo a todos.

Un cine “de clases”

Cuando uno repasa sus películas –cuando uno vuelve a ver Machuca (2004), La fiebre del loco (2001) o Violeta–, es inevitable sentir que, de algún modo, todas ellas dialogan con la historia del país. La discuten, la interpelan. Puesta en ese contexto, Araña es un episodio más dentro de esa narrativa…

“Ese siempre fue el impulso detrás del filme. Quizás en algún momento me dije: ya está bueno, no vuelvas atrás, al pasado otra vez; pero el impulso pudo más. Una energía que te hace revisitar sombras y resabios de una cicatriz que hemos curado muy a la chilena, y que parece estar de nuevo abriéndose. Fueron varios los puntos de partida: me tocó presenciar de cerca una suerte de linchamiento ciudadano –hecho que generó la primera escena del filme–; también me impresioné mucho con los incendios en el sur de hace un par de años, y de la reacción de la gente ante la idea de que mapuches podían estar involucrados; fui partícipe de grupos de WhatsApp con gente muy querida, pero capaz de decirse entre ellas unas barbaridades impresionantes; y volví a ver la ‘araña’ de Patria y Libertad, pegada una vez más en paredes y paraderos. Hay algo muy propio de nosotros y esta idea de que, debajo del país en el que habitamos, existe una suerte de isla nacionalista, latente y esperando aflorar”.

En el filme, ese gatillo es Gerardo (Marcelo Alonso), quien al inicio del relato es arrestado por estrellar su auto contra un lanza callejero en pleno escape. Al registrar su auto la policía encuentra una metralleta; luego, en su casa, descubren un verdadero arsenal de armas y municiones, y la cosa no para ahí: este hombre figuraba muerto desde 1973, en un accidente de avión, cuando formaba parte del grupo de extrema derecha. El tipo, literalmente, es un “muerto viviente”, uno que curiosamente no va a dar a la cárcel, sino que es retenido en un hospital siquiátrico a instancias de Inés, la mujer que lo reclutó en los días de la Unidad Popular y que hoy es un influyente personaje en la sociedad chilena, columnista de diarios e integrante de fundaciones y directorios de empresas. La sola existencia de este hombre pone en riesgo el perfil que ella y Justo, su marido –un importante abogado de la plaza–, han cultivado durante décadas, en un ambiente que jamás había cuestionado su pasado, pero que ahora, lo someterá inevitablemente a revisión.

“No es que esté tratando de apuntar a cierta gente con el dedo”, explica el director, “pero creo que –a casi medio siglo de distancia– es válido preguntarse dónde están y qué hacen ahora. En general no nos gusta admitirlo, pero nosotros hemos construido este país de acuerdo a una lógica de clases muy particular, y que no se replica en el resto del continente. El guionista británico Mamoud Hassan, mi amigo y colaborador desde los días de Machuca, suele decir que el cine inglés ha construido su identidad en torno a las relaciones de clase, y respecto del cine chileno yo pienso lo mismo: debería ser un cine de clases. Este todavía es un país que permite que en el gabinete haya ministros que tuvieron vínculos con la dictadura. Algunos –como el anterior ministro de Cultura– tuvieron que irse a las 72 horas, pero hay otros que no se van. Que siguen. Algo nos pasa con la memoria, claramente”.

-¿No le inquieta pensar que algún sector del público sentirá que el filme hace una lectura de esos momentos históricos desde la izquierda?

-Sinceramente, no me siento relacionado. Si algo me caracterizó políticamente fue una aversión al pinochetismo, fuerte. Y nada más. Además, creo que la izquierda ha intentado una suerte de emparejamiento moral, y lo ha hecho de una forma muy torpe, para mi gusto. Entonces me siento mucho menos afín a la izquierda que hace diez años. Lo que me ocurre en esta película es que, como en general tiendo a empatizar con mis personajes, en esta ocasión tuve que crear ciertos recursos para acercarme a ellos. Así, trato de entender a Gerardo y sus motivos. Los de Inés y Justo me cuestan más.

Y es natural que le cuesten. Interpretados en la sección de los años 70 por la española María Valverde y Gabriel Urzúa, y por la argentina Mercedes Morán y Felipe Armas, en las escenas ambientadas en 2018, Inés y Justo encarnan plenamente las ambigüedades que habitan al interior de la película: un matrimonio de jóvenes de clase alta, que no dejan claro si realmente están combatiendo “contra el sistema” o simplemente alborotando, “jugando a la guerra”; conscientes de que, pase lo que pase, su estatus social siempre los protegerá. Mal que mal, las batallas de verdad las libran tipos como Gerardo (Pedro Fontaine, en las escenas de época): hombres con entrenamiento militar y paramilitar, y –al mismo tiempo– material desechable, carne de cañón. 

En un escenario donde no queda títere con cabeza, Gerardo no parece salir tan mal parado…

“Dentro de su delirio, el tipo queda como un romántico. Ha sido interesante, porque en el proceso de mostrar la película a alguna gente le molestó mucho esta suerte de mirada idealizada, según ellos, de estos jóvenes haciendo la revolución; pero claro, no hay que olvidarse que en ese grupo había de todo. Para mí es muy decidor que el movimiento se cierre como tal el 14 de septiembre, con la “misión cumplida”, como si fuesen un ejército. Por otro lado, la impresión que tengo es que –independiente de su discurso tremendamente ideologizado– Patria y Libertad y sus integrantes fueron finalmente utilizados como figuras dentro de un esquema mayor. La derecha más clásica, el Partido Nacional, también jugó su papel ahí.

-¿Qué importancia tuvieron los hechos históricos a la hora de armar el argumento? La película usa para sus personajes nombres de ficción, pero integra a la trama el asesinato de Arturo Araya Peeters, edecán de Salvador Allende, y el paso a la clandestinidad del dirigente Roberto Thieme, tras simular un accidente aéreo en 1973.

-Es interesante, esas referencias históricas fueron lo último que agregamos al guion. Lo último que pensamos durante el proceso de escritura junto a Guillermo Calderón. Lo clave para nosotros era la forma en que presentaríamos a Gerardo. Ese fue el inicio. Y también sumergirnos en el personaje de Inés. Entender qué significaba ser una mujer fuerte e inteligente en un contexto como ese, en el mundo en el que ella habita. Lo que obtienes no es ni de cerca un símbolo feminista, sino algo más cercano a Margaret Thatcher.

Hay dos frases del filme que marcan profundo al personaje. Cuando le preguntan si tiene algún deseo incumplido, contesta: “haber sido hombre”. Luego, cuando Gerardo es arrestado y la relación de ella y su marido con la ultraderecha reflota, un amigo de los medios le ofrece contar su propia versión de la historia, pero ella responde: “nosotros no tenemos versión de esta historia”.

-¿Cree que el Chile que hoy habitamos emerge de ese lado donde “no hay versión de esa historia”?

-Es un lugar donde todo da un poco lo mismo, hasta que se tocan ciertas cosas. Creo que Pablo Larraín consiguió expresarlo muy bien en el final de NO –un filme que me gusta mucho–, cuando los publicistas que hicieron la campaña del Sí y del No terminan trabajando juntos, sin cuestionarse nada de lo que pasó”.

Nuestro Vietnam

-¿Se siente representado por el cine producido en Chile en estos últimos quince años?

-Lo que ha hecho Fábula, como productora; las películas de Larraín, Lelio y Dominga Sotomayor… Ellos están jugando en la primera línea, como Alexis Sánchez, yéndose del Barcelona al Manchester United. Sus logros son impresionantes, porque es algo que se hizo desde acá y se consiguió a través del arte. Dicho eso, y hablando como espectador, me cuesta la mirada que entregan de sus personajes. No sé si me dan ganas de ver en acción sus historias, pero es un cine que funciona así, dentro de esos códigos. Para dar un ejemplo: acabo de ver Dogman –la última película del italiano Matteo Garrone, el mismo director de Gomorra (2008)– y me encantó su personaje principal. Alucinante. Pero como película, me genera una distancia. Saliendo del cine, me acordé de Vittorio de Sica, de los neorrealistas. Los prefiero mil veces. Tal vez me siento un poco viejo, pero sigo vinculándome a ese cine hecho con amor a la gente, con curiosidad por las personas.

-Después de haber dedicado gran parte de esta década a la TV y las series, ¿cuál es su relación con el formato, en especial ahora, cuando la gente parece consumirlas más que nunca antes?

-En términos de consumo, es fuerte darse cuenta de sus diferencias con el cine. En las series, terminas un capítulo y pasas al siguiente. Altiro. Puedes estar en eso toda la tarde. Es lo que me cuesta del formato: yo suelo ver unos dos episodios y ya. Apago la pantalla y no sé si vuelva: la serie tiene que ser muy buena para que yo quiera continuar mirando. Al revés de lo que me pasa con el cine –que es capaz de condensar toda una experiencia en dos otras horas, y en comunidad, olvidando lo que me rodea–, mi relación con la pantalla chica es más bien de estudio. La uso para estudiar lo que otros cineastas hacen. Para qué hablar de cómo se ven las cosas en las pantallas de los teléfonos. Estamos felices de haber creado un filme que fue concebido para ser visto en una sala. A sabiendas de que esto es una situación compleja, sobre todo en este momento en que todo el mundo está yendo a ver franquicias. Araña no es una comedia, no es una secuela, no se trata de gente con súper poderes. De verdad creo que es posible producir anualmente unas cuatro o cinco películas chilenas de estas características, y que esto ayudaría a nuestra pequeña industria audiovisual. Le daría un carácter distinto al que aportan estas películas muy garage que la nueva generación está realizando, y que está bien que existan, pero que no son capaces de mover la aguja del imaginario a nivel que nuestro cine necesita para ser relevante. Nuestro deber es crear títulos que puedan estrenarse con 40 o 50 copias y que hagan ruido, que sean de calidad, que aporten a la conversación.

-Hace poco se instaló una discusión en torno a que el cine chileno ya no impacta a nivel masivo porque carga con un exceso de política. Viniendo de dirigir Araña, ¿qué piensa al respecto?

-Me pasan dos cosas. Todo lo que gira en torno a la dictadura y al golpe militar se ha convertido en nuestro Vietnam. Esa discusión va a continuar, y las nuevas generaciones la seguirán teniendo. Los que fueron a esa “guerra” ya volvieron y ahora circulan junto a nosotros, todo el día en la calle, y podemos visualizar sus problemas. Lo segundo es una fuerte sensación de que la dictadura ganó. Y uno quiere rebelarse contra eso. Después de veinte años de Concertación y casi treinta de democracia, yo no soy tan negativo. Trato de cuidar el mundo político. Soy como más viejo en ese sentido. No quiero romper las estructuras. A la vez, no concibo un arte que no tenga dimensión política. De lo contrario, yo no me conecto. Es cosa de mirar clásicos como La noche de los muertos vivientes para darse cuenta de que su lectura política está muy viva.

-A propósito de eso último, ¿siente que con su película le manda un recado a José Antonio Kast y sus ideas nacionalistas?

-Puede ser. A una parte de mí no le gusta que la película se lea de forma tan literal, pero a otra le importa que también se entienda así, porque yo creo que él es irresponsable con las palabras, de la misma forma en que también son irresponsables quienes se niegan a aceptar el informe de Bachelet sobre la situación en Venezuela. Siento que se empieza a hacer un daño del que Kast es absolutamente responsable: él está orgulloso de cosas que le deberían dar mucha vergüenza y el que eso no esté claro me pone mal. Tengo 53 años y siento que soy bastante más politizado que otra gente de mi edad, pero al mismo tiempo creo que los mayores tenemos que irnos retirando: las generaciones tienen que ir muriendo para que los cambios operen. Yo soy optimista con este país, con la gente, con la juventud. En estos años han pasado muchas cosas increíbles –desde la oleada feminista hasta el acceso de nuevos grupos económicos a la universidad–, por cierto que con la sombra de poder atrás, ralentando las transformaciones. Sin embargo, estos señores eventualmente se irán yendo. Siempre duele cuando uno se destapa los ojos, pero a partir de ahí se pueden construir cosas buenas.