Por: Vivian Berdicheski Fotos: Verónica Ortíz El único lugar que nunca ha cambiado en los 34 años que Andrés Rodríguez lleva en el Teatro Municipal de Santiago, es su oficina. De hecho, es lo primero que señala al saludar de manera protocolar. Pareciera que le avergüenzan los muros tapizados de madera color miel, los mismos […]

  • 29 octubre, 2015

Por: Vivian Berdicheski
Fotos: Verónica Ortíz

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El único lugar que nunca ha cambiado en los 34 años que Andrés Rodríguez lleva en el Teatro Municipal de Santiago, es su oficina. De hecho, es lo primero que señala al saludar de manera protocolar. Pareciera que le avergüenzan los muros tapizados de madera color miel, los mismos que se observan en los oscuros pasillos y en el resto de las oficinas del segundo piso, donde se encuentra el área administrativa del teatro.

Puede ser un detalle frívolo, pero dan ganas de salir corriendo y hacer la entrevista en algún palco de este maravilloso edificio blanco, de estilo neoclásico francés, que alberga al principal escenario lírico de Chile. Se escucha el ruido de un ensayo, mezclado con las voces de un grupo de estudiantes de visita. Por aquí y por allá, se pasean artistas y tramoyas.

Andrés Rodríguez Pérez se dirige hacia el hall de entrada para la fotografía, dejando a su paso un aura de silencio y respeto. Educadamente saluda a quien se encuentre, pero sin mayor atisbo de efusividad. Es un hombre serio, poco dado a sonreír, pero no hay que dejarse engañar: su lenguaje no verbal dice mucho. Al hablar es poco dado a alterarse o cambiar de tono, pero sus ojos lo delatan. Varias veces, durante esta entrevista, se llenaron de lágrimas, se tornaron rojos, brillantes, y en ocasiones esquivaron la mirada.

Desde que asumió la dirección del Teatro ha cosechado muchos éxitos, generó una red de contactos internacionales importante, formó los cuerpos estables, incorporó tecnología, creó el Centro de Documentación de las Artes y desarrolló conceptos de marketing para atraer público. A su vez, lidió con terremotos, incendios, huelgas y críticas, como las que afirman que trabaja para una elite política de derecha y de poderosos empresarios, o por sus constantes viajes al extranjero en primera clase, con altos gastos de representación, etc.

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Por éstas y otras razones siempre ha estado en los medios (aunque rara vez da entrevistas), pero más que nunca durante el 2014, cuando Carolina Tohá, alcaldesa y presidenta de la Corporación Cultural de Santiago –entidad de la que depende el Teatro Municipal– dio un golpe de timón y cambió a Matías Pérez y Mikel Uriarte, dos directores proclives a Rodríguez. Luego modificó los estatutos y logró sacar al histórico director general. Tuvo 18 meses para encontrar a un reemplazante. Finalmente, el elegido fue Frédéric Chambert, quien a partir del 1 de enero tomará las riendas del coliseo de calle Agustinas, aunque por al menos seis meses compartirá su rol como director del Teatro de Toulouse y del Municipal.

De Andrés Rodríguez se ha dicho y escrito mucho, pero más allá de que estudió en los Padres Franceses, que es abogado con estudios de canto en Italia, casado con Lily Ariztía y con cuatro hijos, ha sido muy celoso de su vida privada. Ésta es la primera entrevista, desde 1981, en la que responde sin reservas a todas las dudas y conflictos de su carrera: de cómo un joven de 28 años, abogado, con estudios de canto en Italia pasa más de la mitad de su vida frente al teatro más importante del país y hace de él un lugar de prestigio internacional.

-Después de 34 años en la dirección del Municipal, debe dejar el cargo el 31 de diciembre por mandato del directorio. ¿Cómo lo toma?

-Me voy tranquilo. Se ha hecho un trabajo serio, profesional, responsable. Los resultados no soy yo quien los juzgue. En el Municipal las temporadas están súper consolidadas, tiene un prestigio ganado a nivel nacional e internacional; las finanzas saneadas, el teatro ordenado. Entonces me voy satisfecho, creo que se ha hecho un trabajo continuo que ha sido muy importante para la estabilidad del teatro –tose y se pone tenso.

-¿Imaginó su salida del Teatro con la llegada de la alcaldesa Carolina Tohá?

-No lo esperaba. El Teatro nunca se ha envuelto en política. A mí me ha tocado trabajar con distintos alcaldes de distintas tendencias. Entonces, no imaginé esto. El directorio tomó esa decisión que yo respeto y que debo acatar, por supuesto.

-¿Cómo le responde a Ramón Griffero, líder del movimiento “Liberar el Municipal”, que lo llama “último bastión de la dictadura de Pinochet”?

-Yo no tengo nada que ver ni con la dictadura, ni con Pinochet. Yo soy una persona independiente, nunca he participado de la política, nunca he militado en un partido. He trabajado con todos los alcaldes de distintos signos, pero centrado en los objetivos artísticos y profesionales del Teatro. Nada más. Entonces, cuando dicen el último bastión de la cultura de Pinochet –inhala profundo– me dejan sin palabras. O sea, éste es un teatro profesional y mi trabajo también es profesional, nunca he fallado en 34 años y me tocó recibir como director del Teatro a Pinochet, a los presidentes Aylwin, Lagos, Frei, Bachelet, Piñera y ahora a la presidenta Bachelet nuevamente, pero es una obligación. Eso que dicen que yo le organizaba funciones a Pinochet, la respuesta es no. Sólo la gala del 18 de septiembre. Además, me imagino que los directores anteriores del Teatro tuvieron la misma tarea con todos los presidentes anteriores –responde sin levantar la voz, pero se nota que el tema le causa irritación.

-¿Por qué en todos estos años nunca respondió a las acusaciones de quienes buscaban su exoneración?

-Yo no iba a entrar en una polémica de esa clase, porque es aceptar el juego y enredarse en una discusión que no tiene ninguna relevancia.

-Griffero también manifestó su disconformidad con el directorio del Teatro por la elección de un director francés en desmedro de candidatos chilenos. ¿Qué le parece?

-(Se encoje de hombros. Hace una pausa antes de responder). Ni el Teatro ni yo hemos tenido relaciones con la política, cualquier acusación es falsa, equívoca y mal intencionada.

-¿Qué le parecieron las razones esgrimidas por el directorio para su salida? Se dijo que llevaba muchos años en el cargo y que la programación debería interpelar culturalmente a la sociedad chilena, insinuando que bajo su mando eso no ocurrió.

-Eso es una especulación. Ese tema nunca lo conversamos con el directorio. Acá tenemos una orquesta chilena, un ballet chileno, los técnicos son todos chilenos, la programación también tiene obras nacionales. Este año hemos incorporado con frecuencia a coreógrafos y creadores chilenos, ahora vamos a hacer la ópera Papelucho de Sebastián Errázuriz y María Izquierdo. Fuimos a un viaje histórico al Festival de Savonlinna en Finlandia (2003), todo el Teatro, casi 200 personas, y llevamos las obras Fulgor y Muerte de Joaquín Murieta y Viento Blanco. O sea yo no tengo ningún problema con los creadores teatrales, mientras haya talento. Desconozco el plan que tenga este directorio para la gestión del próximo director, desconozco sus conversaciones, y lo que ellos quieren para el Teatro en el futuro.

-El 13 de junio de 2014, cuando la asamblea de socios de la Corporación del Teatro Municipal se reúne y establece que no sigue en el cargo, se anuncia que usted participaría en la búsqueda de nombres para su reemplazo. ¿Colaboró en dicho proceso?

-No fui consultado.

-¿Le habría gustado seguir en el Teatro?

-Creo que a veces las cosas se dan por alguna razón. Yo dije: está bien, lo entiendo, ellos quieren cambiar, uno puede estar más o menos de acuerdo, pero es un hecho. Hice el trabajo que tenía que hacer, aunque siempre quedan proyectos pendientes porque mi imaginación da para mucho más. Lo acepto y me voy tranquilo.

-Alcanzó a trabajar casi dos años con la alcaldesa, Carolina Tohá. ¿Qué opinión tiene de ella?

-Bien. Me parece una mujer seria, responsable y una persona con una gran calidad humana.

-Con la mano en el corazón, ¿cree que se equivocó al sacarlo?

-No puedo emitir un juicio respecto a eso. Es una decisión que tomó junto al directorio y que tengo que acatar.

***

-¿Alguna vez, durante estos 34 años como director general, pensó en renunciar?

-El Teatro como actividad humana ha tenido momentos de gloria y otros muy difíciles. En 1999, fue muy complicado enfrentar los más de 50 días de huelga. Al final tuvo que intervenir el alcalde de la época (Joaquín Lavín), además de ministros y políticos. De repente, uno dice: ¿no será bueno dar un paso al costado? Pero después piensas en todo lo que viene, lo que queda por hacer y te vuelves a entusiasmar. Lo mismo el 2006, cuando hubo una crisis grande con la orquesta. Había una serie de vicios en ella que significaban gastos enormes para el Teatro, lo que obligó a tomar medidas muy drásticas. Fueron momentos muy duros, porque las temporadas se suspendieron. Imagínate que nunca había pasado algo así. Ni siquiera los terremotos ni incendios lograron que se cancelara una temporada del calendario, siempre nos arreglamos.

-¿Le pareció bien la elección de Frédéric Chambert como su sucesor?

-Lo conozco de antes, de hecho se produjo una coincidencia increíble, porque nosotros programamos hace tres años la coproducción El turco en Italia, siendo Frédéric el director del teatro de Toulouse y yo el de Santiago. Estando él aquí, porque los directores suelen asistir a los estrenos, se anuncia que él era el elegido para sucederme en el cargo. Puedo decir que tengo una buena relación con él, creo que es una persona seria, profesional y responsable.

-Entonces, tiene su venia.

-No se necesita mi venia, pero se merece mi respeto.

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-¿Le preocupa que a partir del 1 de enero el Teatro quede en cierto modo descabezado, ya que Chambert aún seguirá en Toulouse? ¿Se quedará asesorando?

-No, yo termino y termino. Uno se va o no. Y se cierra el capítulo. Creo que es sano hacerlo así. Aquí hubo una decisión –tose, se le seca la boca– de hacer un cambio, de sacarme de la dirección y que venga otra persona; entonces, no te puedes quedar con un pie adentro: hay que dejar entera libertad a la persona que viene. Además, no es mi responsabilidad. Nosotros tenemos terminada la pauta para el próximo año, sabemos lo que hay que hacer… Pero, sin duda, creo que un director tiene que estar encima para que se cumplan los objetivos y las metas. Es importante.

-¿Qué planes tiene después del 31 de diciembre?

-Descansar y dedicarle más tiempo a la familia.

-¿Sólo eso?

-Estoy evaluando varias alternativas y propuestas que me han llegado.

-Es un hombre joven, con experiencia. Imagino que no piensa en el retiro.

-No, no me voy a retirar de la actividad profesional, voy a seguir en la gestión cultural. Tengo algunas alternativas, pero tampoco quiero apresurarme. Hay que hacerlo meditativamente y por el momento mi cabeza está concentrada en terminar bien el año, y éste ha sido muy difícil, con una temporada muy demandante… La vida consiste en ponerse desafíos y sacarlos adelante. Cuando nosotros decidimos que este año íbamos a hacer dos estrenos para Chile como Rusalka y La carrera de Libertino, sabíamos que era una apuesta. Sabíamos que había que poner mucha cabeza y atención. Para que el público las apreciara y asistiera.

-¿Le interesaría dirigir el GAM, ahora que buscan nuevo director?

-No está dentro de mis pensamientos en estos momentos.

-¿Piensa volver al Teatro después del 31 de diciembre?

-Me imagino que sí. A ver algunas de las obras programadas, por supuesto.

-¿La programación de 2016 tiene un sentido especial para usted?

-La programación está lista desde antes de que me dijeran que no seguía en el cargo, porque para tener artistas de calidad hay que programar con al menos tres años de anticipación. A mí se me pidió a mitad de este año que empezara con las contrataciones del 2017, se presentó una programación al directorio que se aprobó, y la mayoría de la estructura de la temporada lírica está terminada y determinada.

-¿Determinada por usted?

-Sí.

***

Rodríguez llegó en 1981 como director ejecutivo, nombrado por el alcalde Carlos Bombal, y cinco años después asume la dirección general, cargo que ostenta hasta hoy. Durante su carrera asegura haber dado varias veces la vuelta al mundo, puesto que algunas de sus labores son participar en festivales, visitar academias y mantenerse al día en materia de espectáculos. Tiene amigos dispersos en varias partes del planeta y una red de contactos envidiable. Es sabido que algunos artistas internacionales aterrizan en este escenario por una tarifa bastante menor a la que cobran en otros países.

Hincha de la Universidad Católica, ninguno de sus cuatro hijos (que van por la U o el Colo-Colo) sacó su veta artística, aunque sí son asiduos asistentes al Municipal. La afición que lo relaja es el avistamiento de pájaros. Le gusta conocer y distinguir los sonidos de cada especie, pero pocas veces los fotografía. Para esta práctica recomienda la desembocadura del río Maipo, Llay Llay, Hierba Loca en Santiago, además del sur y norte del país.

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Recuerda perfecto la primera vez que escuchó una ópera. Fue precisamente en el Teatro Municipal. “Debo haber tenido 16 años y fue Madama Butterfly. Me impactó la protagonista, Raina Kabaivanska. Quedé en shock; ella es una formidable artista. Luego, por este trabajo, me tocó verla muchas veces. Le comenté que había comenzado a estudiar canto después de su función”.

Los años de estudios en Italia en el Conservatorio Benedetto Macello de Venecia no resultaron tan fructíferos como hubiese querido. Debido a los problemas políticos que observó en ese país, sentía que su carrera como tenor no avanzaba y que estaba desaprovechando las becas que había ganado. Por eso regresa a Chile, donde le ofrecen el puesto en el Teatro y decide alejarse del canto.

-¿Ha vuelto a cantar?

-No. Nunca.

-¿Ni en la ducha?

-No. Esto se hace seriamente o no se hace, y en eso soy súper riguroso. Entonces, cuando yo dejé el canto me dediqué a esto… Son decisiones que uno toma en la vida. Cuando me fui a estudiar música afuera lo hice muy seriamente, y luego me llegó este trabajo y dije: ok, me dedico a la gestión cultural. Y se terminó el tema del canto.

-¿Cree que podría haber seguido una carrera importante como tenor?

-Exactamente.

-¿Fue difícil la decisión?

-No, porque la vida a uno lo lleva por caminos que no siempre son los que uno tiene pensado. En esa época decidí casarme. Y el camino artístico es muy difícil.

-¿Siempre asiste a las funciones?

-Me quedo a los estrenos. Pero estoy presente en la mayoría de las funciones, especialmente de la ópera, que es un espectáculo tan complejo porque hay tantos factores en juego. No estoy tranquilo en mi casa sabiendo que hay una función aquí que está caminando y en la que yo no estoy presente. Uno no puede relajarse, porque siempre pasan cosas: que el artista se enferma, que está preocupado por algo. Intervienen muchas personas, es toda la orquesta, todo el coro, que tienen problemas, que se enferman, que se refrían, que no se sienten bien, que quieren cancelar una función y uno tiene que estar al lado para apoyarlos, para darles seguridad. Para decirles que sigan adelante, que lo van a hacer bien. Y eso requiere de presencia física, no se maneja a control remoto ni con llamados telefónicos.

-¿También hay que cuidar sus egos?

-Nosotros estamos lejos, pagamos mal y muchos músicos y cantantes viven sin sus familias. A los artistas hay que tratarlos de manera muy personalizada, estar encima de ellos. Uno de los méritos que tiene este teatro es que hay una cultura de cuidar a los artistas. Eso requiere de mucha dedicación, es muy agotador, pero es una de las claves de por qué vienen a Chile artistas importantes, que después regresan. Por ejemplo, ayer alguien me decía que estaba cantando en el Metropolitan de Nueva York, en la ópera Tannhäuser (Wagner), la famosa soprano holandesa Eva MariaWestbroek. ¡Ella cantó acá el Tannhäuser hace un par de años! Y adora este país y lo único que quiere es volver, porque tuvo una experiencia maravillosa cuando vino. Lang Lang, el pianista, o Joyce DiDonato, la mesosoprano número uno, van a volver en un plazo breve. Cuando vienen, se van felices de Chile. El mundo artístico es pequeño y cuando se encuentran hablan de los destinos favoritos. Y esta característica siempre ha sido un plus para nosotros.

-El que se siente muy cómodo es su amigo Plácido Domingo, ha venido cinco veces.

-Él va a los lugares en que se siente cómodo, donde se trabaja bien, seria y profesionalmente y acá lo hacemos de esa manera. Varias veces he sido jurado en su concurso y ahí pasamos una semana juntos. Cuando se hizo Il Postino (2012) vino por 15 días, tenía peticiones de todo el mundo, y cantó sólo en cuatro teatros: Los Ángeles, París, Viena y Santiago. Me acuerdo de que al contratarlo para que actuara el 2007, me dijo que quería cantar con algún artista nacional y le propuse a Verónica Villarroel; él ni siquiera la conocía de nombre. Le comenté: ten la seguridad de que es una gran artista y va a ser capaz de acompañarte. Hicieron un dúo del primer acto de Otello. Y ahí partió una relación de trabajo entre ellos que duró muchos años.

-¿Han cambiado las audiencias en estos 34 años?

-Te voy a graficar con un ejemplo. Cuando yo llegué al Teatro, había como una cosa instalada de que a los chilenos les gustaba la ópera italiana, que Mozart y Wagner eran largos y difíciles; que la ópera contemporánea era complicada. En ballet, lo único que importaba era la danza clásica y en música, Beethoven. En las temporadas que llevamos, todas estas teorías han sido derribadas. Uno de los compositores favoritos hoy es Mozart, Wagner es un hit cada vez que se ha programado, hemos estrenados más de 25 óperas contemporáneas nuevas, etc. No hay que menospreciar al público. Al público hay que darle las cosas bien hechas.

-¿Qué ha pasado con la contratación de artistas chilenos, que ha sido un punto que se le critica?

-Aquí quisiera hacer un acento especial. Al comienzo de los 80, se comenzó a promocionar plazas de trabajo para artistas nacionales. A fines de cada año, cantantes líricos de diversos puntos de Chile audicionan para ganar roles para el año siguiente. El Municipal es un referente en las carreras de cualquier artista lírico, y le abre puertas para cantar afuera. Esto también significa que vienen cada vez menos cantantes del extranjero. Ante igual calidad, yo prefiero un chileno.

-¿A qué artistas chilenos ve de un nivel internacional?

-Paulina González está lista para entrar a un elenco internacional; en la ópera Pagliaci tiene el rol de Nedda, que es el protagónico femenino; el año pasado fue Liù en Turandot (Puccini) y Demona, en el segundo elenco hace dos años. Destaco a Sergio Gallado, Ricardo Seguel, Patricio Sabaté, Patricio Cifuentes, José Azocar, sin hablar de las grandes glorias chilenas como Verónica Villarroel o Cristina Gallardo-Domas que también salieron del Teatro.

-¿Las propuestas que ha recibido son en Chile o podría irse del país?

-No he llegado a una conclusión aún, las alternativas que estoy barajando incluyen Chile, el extranjero, y una cosa mixta entre Chile y afuera.

-¿Al principio va a tomar unas buenas vacaciones?

-Eso espero. •••