Hay un viejo dicho que habla que el objetivo en la vida no es dónde uno llega, sino cómo uno llega… cómo uno es capaz de hacerse un camino. Se trata de una dimensión que en el caso tuyo, papá, tiene elementos importantes que destacar. Por ejemplo, creo que tu férrea defensa de la familia […]

  • 8 abril, 2013
Andrés Concha

Andrés Concha

Hay un viejo dicho que habla que el objetivo en la vida no es dónde uno llega, sino cómo uno llega… cómo uno es capaz de hacerse un camino. Se trata de una dimensión que en el caso tuyo, papá, tiene elementos importantes que destacar.
Por ejemplo, creo que tu férrea defensa de la familia como elemento fundamental en la formación y desarrollo de las personas fue algo fundamental. En tu familia eras el último, séptimo de siete hermanos. Tuviste que ganarte las cosas con esfuerzo en un ambiente de austeridad y humildad. Y lo hiciste en tiempos difíciles, de crisis profundas, siempre agradecido de ser chileno y nunca dejando de ayudar a la gente del campo en las cosechas o trabajos. Eso fue generando un vínculo de empatía y confianza, punto de partida que te dio una forma y un estilo distinto de forjar el diálogo a través del respeto por el otro. Fue quizás esa formación lo que te permitió entender y ser escuchado desde los ámbitos más diversos de la sociedad chilena.

Otra clave para entenderte, papá, es por medio del ejemplo de tus padres. El servicio público de tu padre, unido al profundo amor y respeto por la familia que te inculcó, significó que de chico entendieras al trabajo como un servicio, lo que te brindó gratificaciones que van mucho más allá de las normales retribuciones de un trabajo.

Otra faceta tuya, Andrés, nos recuerda que en el colegio no eras el mejor alumno ni mucho menos un ser perfecto, a pesar de que uno de tus lados más característicos fue ir mucho más allá en lo deportivo, intelectual y social. Si bien tuviste siempre una capacidad analítica especial, fue mediante esfuerzo y perseverancia que te fuiste dando cuenta de que podrías ir más allá de las normales aptitudes si tenías pasión y un sentido de trascendencia en lo que uno hace.
Me es imposible olvidar cuando te decíamos que por qué no habías aceptado una pega increíble en Europa cuando en Chile estábamos en un período muy difícil y tu respuesta clara y firme fue: “Si en Chile no nos quedamos los que queremos construir un mejor país, ¿qué va a ser de Chile?”.

En el contexto de la creación del modelo exportador chileno, que fue probablemente uno de los cambios más trascendentales que ha tenido Chile en los últimos 50 años, te ofrecieron ir a perfeccionarte en un postgrado a EEUU y tu respuesta fue de nuevo categórica: “En este momento tenemos muchas prioridades que ejecutar, prefiero avanzar en eso y que después llegue otra gente más capacitada que yo para que siga con lo que estamos haciendo y que no puede esperar”.

Papá, tú que tuviste una meteórica carrera en el sector privado, llegando antes de los 30 años a trabajos soñados en multinacionales con proyecciones insospechadas, nos enseñaste con el ejemplo cuando abandonaste todo para entregar tu talento al servicio a los demás, cosa que hiciste primero desde el servicio público y posteriormente desde el servicio gremial. Tuviste una misión basada en el amor al prójimo, testimonio de vida que llevaste a las palabras cuando dijiste que “el servicio es una forma de darle real sentido a la vida”.

Quizá el elemento más importante en el cual pudiste emprender tu proyecto de vida fue con tu familia. Primero, con el amor y respeto incondicional por la mamá, que dicho sea de paso no recuerdo una sola pelea en casi 40 años de matrimonio. Y, luego, con la gran prioridad que le diste a entregar tus consejos, a pesar de las grandes responsabilidades que te tocó sobrellevar. Recuerdo que siempre decías que “los hijos son para difundir y propagar el amor”. Y lo demostraste con hechos. Tuviste 4 hijos y 8 nietos y no nos queda más que agradecerte cada minuto, cada instante que pudiste compartir con tu familia. Por un lado, vamos a echar de menos los partidos de ping pong, las empanadas del día domingo, las cicletadas, las conversaciones y tus sabios consejos, pero, por otro, nos vamos a quedar con el mayor honor y orgullo de haber vivido intensamente cada minuto contigo.

Por medio de tu sencillez, amor por la familia, capacidad de diálogo, búsqueda de lo correcto y agradecimiento por ser chileno, contribuiste fuertemente para que hoy Chile sea un país distinto. Quizá no buscaste ni la autoridad política ni económica para ejercer poder, pero sí te entregaste por una causa de servicio que permitió tender puentes, forjar acuerdos, leyes y entendimientos en una sociedad que se diferenció de sus vecinos durante los últimos años por el respeto a las instituciones, la capacidad de diálogo y la estabilidad. A pesar de haber interactuado con distintos interlocutores políticos, la política de entendimientos y diálogo basada en anteponer el bien de Chile es un importante legado tuyo, que espero permita a nuestro país poder convertirse en breve plazo en el primer país de Latinoamérica en alcanzar el desarrollo.

En los momentos en que la sociedad chilena está abrumada por presiones sociales de todo tipo, que claman por derechos sin deberes y la gratuidad sin límites, una sociedad donde la mirada localista intransigente se contrapone al bien colectivo y donde las imposiciones coercitivas buscan torcer el ejercicio del poder en desmedro de lo que Chile necesita, es que te rendimos tributo. En estricto rigor, a través de tu vida, vemos, papá, la consagración de un caballero de noble estirpe, entendiendo la nobleza no como un derecho adquirido, sino como una actitud de servicio y de búsqueda del bien común. Que por medio de tu ejemplo, podamos creer que construir un mejor país basado en el entendimiento, es posible y está más vigente que nunca… •••