• 13 julio, 2007

En el fútbol, los resultados son fundamentales. Pero las hinchadas también quieren adrenalina, épica y pasión. En la vida de las organizaciones la situación no es muy distinta. El éxito, si bien puede ser una gran venganza, está lejos de garantizar inmunidad. La prensa internacional la llama la paradoja de Capello. En efecto, lo despiden luego de haber cumplido con todos los objetivos que le pidieron. Lo ficharon porque aseguraba títulos y cuando entregó el primer título de liga del Real Madrid en cuatro años, lo echaron.
Cosas del fútbol, dirán algunos. Pero el caso de Fabio Capello, es también un ejemplo vivo de cómo las organizaciones, de distinto ámbito, muchas veces no se llenan con los fríos resultados y buscan algo más. Un algo más que de pronto se identifica con el estilo, otras con una cierta cultura, pero que la mayor de las ocasiones es poco definible.
Esta ambigüedad en la definición no la hace menos poderosa, como lo pudo comprobar Capello, un hombre lleno de pergaminos, conocido por ser un fabricantes de títulos, y ubicado como el único entrenador que ha ganando la liga italiana con tres equipos distintos (Milan, Roma y Juventus), en una zaga que incluye siete scudettos, dos ligas españolas, cuatro supercopas italianas, una liga de campeones y una supercopa europea. Nadie ostenta récord similar.
Pero todo el éxito se ve opacado por su estilo de juego, criticado como demasiado efectista, poco lucido o preciosista. Como lo señaló su afamado colega, Arrigo Sacchi, el modo de jugar y entender el fútbol de Capello está muy lejos de la mentalidad de la afición madridista. “En Italia, si uno gana una liga y pides una encuesta, el 90% dice que el entrenador se debe quedar, no importando la calidad del juego. En España no es así, y los hinchas no solo quieren ganar, sino también jugar bien”.
Para Capello eso es y será una anécdota. “Me contrataron para que pusiera orden y ganara un título. Pues bien, puse orden y gané la liga”, señaló. Y respecto de las críticas acerca de lo poco lucido de su juego, ironiza: “Si ahora quieren otro arquitecto, que pongan a Calatrava”, aludiendo al afamado español reconocido mundialmente por sus puentes y edificios donde mezcla el arte con la arquitectura. Capello, por el contrario, es un constructor frío y eficiente.
Porque si Fabio Capello fuera arquitecto, sería un fi el representante del Bauhaus, movimiento que tanto criticó Tom Wolfe en su libro From Bauhaus to our house (1981). Uno de sus máximos representantes, Mies van der Rohe, acuñó la frase “menos es más”, buscando significar que un objeto o una obra alcanzan su máxima perfección cuando se le sustrae todo lo accesorio. “Menos es simplemente frío”, argumenta Wolfe al quejarse de los bloques de vidrios que los Bauhaus llamaban edificios modernos, en contraposición con los exuberantes Empire States que habían marcado toda una época en Manhattan.
Al igual que van der Rohe, Capello sacó todo lo accesorio del equipo del Madrid, limpieza que significó la partida de figuras como Ronaldo, Beckham y Zidane, a quienes el entrenador les asignó un valor meramente decorativo. Y el “menos es más” resultó. Fue efectivo. Pero al igual que Wolfe, los hinchas protestaron por el equipo minimalista de Capello: lo encontraron frío y deslucido pese a ser campeones.
Tal como en la arquitectura, en el fútbol y en la vida de las organizaciones en general, esta es una discusión permanente. Los mismos hinchas del Real Madrid se dividieron frente a la salida de Capello, y quienes lo apoyaban, rechazaban lo que llaman la ideologización del fútbol. “El fútbol es plural y diverso. Es un deporte que admite ser jugado de muchas maneras. Jugar con doble pivote es tan lícito como hacerlo con uno o con tres. No admitimos las facciones y banderías, que amparadas en dudosos criterios estéticos, demonizan opciones futbolísticas”.
Quizás el error de Capello fue no transar. No hacer un guiño a la hinchada o dirigencia y pensar que los resultados siempre lo ampararían. El día que ganaron la liga, se lo veía seguro. Con sus anteojos Prada y su siempre impecable traje Armani, festejaba junto a Beckham y Tom Cruise. Porque todo el glamour que Capello detestaba en la cancha, lo derrochaba fuera de ella. Una ecuación que no funcionó esta vez.
Para el club que lo despide, los problemas recién comienzan. “Hace tiempo que el Madrid es una noria y sus proyectos dependen del humor de sus presidentes. Solo así se explica que de los siete primeros equipos de la liga, solo el campeón piense en sustituir a su entrenador. Solo así se explica que el club haya devorado a siete entrenadores en el espacio de cuatro años”, señala el diario El País.
A pesar de ello, y de la confusión que provocan episodios de esta índole, las instituciones que no se conforman con los resultados y buscan ir más allá, son generalmente las que más aportan. Por algo el Real Madrid es el club más popular del mundo. Porque, al final, cambiar al entrenador cuando se sale campeón, es un privilegio que únicamente está al alcance de los mejores.