Hay un solo aspecto en la vida en el cual me declaro derechamente conservador: mis preferencias musicales. Estoy convencido que la música popular, en especial el rock and roll, no ha visto mejores días que aquellos en los cuales The Beatles nacían, se reinventaban y morían. Los sesenta, y en menor medida los setenta, no han sido superados. Por lo mismo, el célebre, trágico y exclusivo Club de los 27 –superestrellas del rock fallecidas a esa tempranísima edad- está poblado por leyendas de antaño. Brian Jones, de la formación original de los Rolling Stones, muere en una piscina en 1969. Jimi Hendrix, la guitarra más endemoniada del planeta, ahogado en su propio vómito en 1970. Janis Joplin, ícono de la generación hippie, el mismo año por sobredosis de heroína. Pocos meses después, Jim Morrison, el poeta maldito de The Doors, también deja de existir por causas que nunca se aclararon del todo. La potentísima influencia de Nirvana en la escena musical de principios de los noventa le permite también a Kurt Cobain –se suicidó en 1994- entrar al selecto grupo de las leyendas que no llegaron a las 28 primaveras. Siempre me pareció una inclusión justa: mi conservadurismo musical no me impidió disfrutar la adolescencia de la mano del grunge y del funk, respectivamente, de Pearl Jam y Red Hot Chilli Peppers. Por todo lo anterior me costó evaluar la repentina –si se puede hablar de repentina cuando la protagonista grita durante años que se va a matar- desaparición de la británica Amy Winehouse. Y después de darle varias vueltas al asunto, mi conclusión personal es que Amy tiene todas las credenciales para pertenecer al Forever 27. Como todos sus predecesores, fue una creyente ortodoxa de la filosofía Better to Burn Out Rather than Fade Away. Su corta vida fue una poesía espasmódica al estilo de vida del rock and roll, pero no reducida a las cantidades de alcohol y droga, sino a la creencia sincera de que “la habilidad de lucha no tiene que ver con cuán grande seas, sino con cuánta rabia posees”, en sus propias palabras. Por lo mismo Amy estaba desilusionada –con razón- de sus contemporáneos: “escucho la música de la radio y no pretendo ser grosera, pero esa gente no tiene alma”. En particular, la música británica ha perdido la hegemonía que alguna vez tuvo. Es cosa de hacer la lista de las mejores bandas de la historia. Aparte de los Fab Four de Liverpool y los mitos vivientes -que son Jagger, Richards, Wood & Watts-, seguramente incluiremos a Led Zeppelin, Queen, Pink Floyd, The Who y The Clash. Todos, británicos. ¿U2? Cerquita, irlandeses. Por eso la escena inglesa estaba tan convulsionada con la aparición del Brit Pop de los noventa. La armada de Pulp, Oasis, Radiohead y Blur, entre otros, tuvo lo suyo. Pero el tiempo se encargó de dar vuelta la página. Un paseo por la noche de Manchester –ex Madchesterbasta para darse cuenta: los clubes y discotecas son territorio de Lady Gaga y de hip hoperos que hace tiempo no viven en el ghetto. De hecho, para los hombres amantes del viejo riff de una guitarra, el trade off es difícil de aceptar: los locales con buena música no tienen muchas mujeres, y éstas abundan en los recintos a los que es mejor entrar con orejeras aislantes. Sin embargo, Amy era distinta. Su segundo disco Back to black –no he parado de escucharlo desde entonces- es una joya. Su vozarrón nos recuerda a Aretha Franklin, y su corazón soul, al sonido Motown. Sus letras, con el permiso de Calamaro, pura honestidad brutal. Escogió bien al hacer de Camden, el mítico barrio del norte de Londres, su hogar y guarida. Allí la vida transcurre a mil kilómetros por hora y ella no quería ir más lento que eso. Ahí todavía se puede bailar en estado de catarsis al ritmo del rockabilly. La noche del 23 de julio, apenas se descubrió su cuerpo inerte, fui con un grupo de amigos chilenos a The Dublin Castle, uno de los locales preferidos de la reina de Camden. A brindar por ella. Al día siguiente hicimos la procesión a su casa. Entre copas de vino, botellas de vodka y latas de cerveza, escondí dos cigarros como ofrenda a su memoria. Bienvenida al Club de los 27, Winehouse. Bienvenida al panteón de los héroes trágicos del exceso, de los amantes lujuriosos de las cavernas musicales, de los creadores mágicos de mundos paralelos. O, como cantarían los australianos de AC / DC, For those about to rock, we salute you.

  • 8 septiembre, 2011

Hay un solo aspecto en la vida en el cual me declaro derechamente conservador: mis preferencias musicales. Estoy convencido que la música popular, en especial el rock and roll, no ha visto mejores días que aquellos en los cuales The Beatles nacían, se reinventaban y morían. Los sesenta, y en menor medida los setenta, no han sido superados. Por lo mismo, el célebre, trágico y exclusivo Club de los 27 –superestrellas del rock fallecidas a esa tempranísima edad- está poblado por leyendas de antaño. Brian Jones, de la formación original de los Rolling Stones, muere en una piscina en 1969. Jimi Hendrix, la guitarra más endemoniada del planeta, ahogado en su propio vómito en 1970. Janis Joplin, ícono de la generación hippie, el mismo año por sobredosis de heroína. Pocos meses después, Jim Morrison, el poeta maldito de The Doors, también deja de existir por causas que nunca se aclararon del todo. La potentísima influencia de Nirvana en la escena musical de principios de los noventa le permite también a Kurt Cobain –se suicidó en 1994- entrar al selecto grupo de las leyendas que no llegaron a las 28 primaveras. Siempre me pareció una inclusión justa: mi conservadurismo musical no me impidió disfrutar la adolescencia de la mano del grunge y del funk, respectivamente, de Pearl Jam y Red Hot Chilli Peppers. Por todo lo anterior me costó evaluar la repentina –si se puede hablar de repentina cuando la protagonista grita durante años que se va a matar- desaparición de la británica Amy Winehouse. Y después de darle varias vueltas al asunto, mi conclusión personal es que Amy tiene todas las credenciales para pertenecer al Forever 27. Como todos sus predecesores, fue una creyente ortodoxa de la filosofía Better to Burn Out Rather than Fade Away. Su corta vida fue una poesía espasmódica al estilo de vida del rock and roll, pero no reducida a las cantidades de alcohol y droga, sino a la creencia sincera de que “la habilidad de lucha no tiene que ver con cuán grande seas, sino con cuánta rabia posees”, en sus propias palabras. Por lo mismo Amy estaba desilusionada –con razón- de sus contemporáneos: “escucho la música de la radio y no pretendo ser grosera, pero esa gente no tiene alma”. En particular, la música británica ha perdido la hegemonía que alguna vez tuvo. Es cosa de hacer la lista de las mejores bandas de la historia. Aparte de los Fab Four de Liverpool y los mitos vivientes -que son Jagger, Richards, Wood & Watts-, seguramente incluiremos a Led Zeppelin, Queen, Pink Floyd, The Who y The Clash. Todos, británicos. ¿U2? Cerquita, irlandeses. Por eso la escena inglesa estaba tan convulsionada con la aparición del Brit Pop de los noventa. La armada de Pulp, Oasis, Radiohead y Blur, entre otros, tuvo lo suyo. Pero el tiempo se encargó de dar vuelta la página. Un paseo por la noche de Manchester –ex Madchesterbasta para darse cuenta: los clubes y discotecas son territorio de Lady Gaga y de hip hoperos que hace tiempo no viven en el ghetto. De hecho, para los hombres amantes del viejo riff de una guitarra, el trade off es difícil de aceptar: los locales con buena música no tienen muchas mujeres, y éstas abundan en los recintos a los que es mejor entrar con orejeras aislantes. Sin embargo, Amy era distinta. Su segundo disco Back to black –no he parado de escucharlo desde entonces- es una joya. Su vozarrón nos recuerda a Aretha Franklin, y su corazón soul, al sonido Motown. Sus letras, con el permiso de Calamaro, pura honestidad brutal. Escogió bien al hacer de Camden, el mítico barrio del norte de Londres, su hogar y guarida. Allí la vida transcurre a mil kilómetros por hora y ella no quería ir más lento que eso. Ahí todavía se puede bailar en estado de catarsis al ritmo del rockabilly. La noche del 23 de julio, apenas se descubrió su cuerpo inerte, fui con un grupo de amigos chilenos a The Dublin Castle, uno de los locales preferidos de la reina de Camden. A brindar por ella. Al día siguiente hicimos la procesión a su casa. Entre copas de vino, botellas de vodka y latas de cerveza, escondí dos cigarros como ofrenda a su memoria. Bienvenida al Club de los 27, Winehouse. Bienvenida al panteón de los héroes trágicos del exceso, de los amantes lujuriosos de las cavernas musicales, de los creadores mágicos de mundos paralelos. O, como cantarían los australianos de AC / DC, For those about to rock, we salute you.

Hay un solo aspecto en la vida en el cual me declaro derechamente conservador: mis preferencias musicales. Estoy convencido que la música popular, en especial el rock and roll, no ha visto mejores días que aquellos en los cuales The Beatles nacían, se reinventaban y morían. Los sesenta, y en menor medida los setenta, no han sido superados. Por lo mismo, el célebre, trágico y exclusivo Club de los 27 –superestrellas del rock fallecidas a esa tempranísima edad- está poblado por leyendas de antaño. Brian Jones, de la formación original de los Rolling Stones, muere en una piscina en 1969. Jimi Hendrix, la guitarra más endemoniada del planeta, ahogado en su propio vómito en 1970. Janis Joplin, ícono de la generación hippie, el mismo año por sobredosis de heroína. Pocos meses después, Jim Morrison, el poeta maldito de The Doors, también deja de existir por causas que nunca se aclararon del todo. La potentísima influencia de Nirvana en la escena musical de principios de los noventa le permite también a Kurt Cobain –se suicidó en 1994- entrar al selecto grupo de las leyendas que no llegaron a las 28 primaveras. Siempre me pareció una inclusión justa: mi conservadurismo musical no me impidió disfrutar la adolescencia de la mano del grunge y del funk, respectivamente, de Pearl Jam y Red Hot Chilli Peppers.

Por todo lo anterior me costó evaluar la repentina –si se puede hablar de repentina cuando la protagonista grita durante años que se va a matar- desaparición de la británica Amy Winehouse. Y después de darle varias vueltas al asunto, mi conclusión personal es que Amy tiene todas las credenciales para pertenecer al Forever 27. Como todos sus predecesores, fue una creyente ortodoxa de la filosofía Better to Burn Out Rather than Fade Away. Su corta vida fue una poesía espasmódica al estilo de vida del rock and roll, pero no reducida a las cantidades de alcohol y droga, sino a la creencia sincera de que “la habilidad de lucha no tiene que ver con cuán grande seas, sino con cuánta rabia posees”, en sus propias palabras. Por lo mismo Amy estaba desilusionada –con razón- de sus contemporáneos: “escucho la música de la radio y no pretendo ser grosera, pero esa gente no tiene alma”.

En particular, la música británica ha perdido la hegemonía que alguna vez tuvo. Es cosa de hacer la lista de las mejores bandas de la historia. Aparte de los Fab Four de Liverpool y los mitos vivientes -que son Jagger, Richards, Wood & Watts-, seguramente incluiremos a Led Zeppelin, Queen, Pink Floyd, The Who y The Clash. Todos, británicos. ¿U2? Cerquita, irlandeses. Por eso la escena inglesa estaba tan convulsionada con la aparición del Brit Pop de los noventa. La armada de Pulp, Oasis, Radiohead y Blur, entre otros, tuvo lo suyo. Pero el tiempo se encargó de dar vuelta la página. Un paseo por la noche de Manchester –ex Madchesterbasta para darse cuenta: los clubes y discotecas son territorio de Lady Gaga y de hip hoperos que hace tiempo no viven en el ghetto. De hecho, para los hombres amantes del viejo riff de una guitarra, el trade off es difícil de aceptar: los locales con buena música no tienen muchas mujeres, y éstas abundan en los recintos a los que es mejor entrar con orejeras aislantes. Sin embargo, Amy era distinta. Su segundo disco Back to black –no he parado de escucharlo desde entonces- es una joya. Su vozarrón nos recuerda a Aretha Franklin, y su corazón soul, al sonido Motown. Sus letras, con el permiso de Calamaro, pura honestidad brutal. Escogió bien al hacer de Camden, el mítico barrio del norte de Londres, su hogar y guarida. Allí la vida transcurre a mil kilómetros por hora y ella no quería ir más lento que eso. Ahí todavía se puede bailar en estado de catarsis al ritmo del rockabilly. La noche del 23 de julio, apenas se descubrió su cuerpo inerte, fui con un grupo de amigos chilenos a The Dublin Castle, uno de los locales preferidos de la reina de Camden. A brindar por ella. Al día siguiente hicimos la procesión a su casa. Entre copas de vino, botellas de vodka y latas de cerveza, escondí dos cigarros como ofrenda a su memoria.

Bienvenida al Club de los 27, Winehouse. Bienvenida al panteón de los héroes trágicos del exceso, de los amantes lujuriosos de las cavernas musicales, de los creadores mágicos de mundos paralelos. O, como cantarían los australianos de AC / DC, For those about to rock, we salute you.