• 7 julio, 2016

Académico de la Escuela de Gobierno UAI

trump

Esta columna trata de una causa perdida. Pero no por ello menos justa. Es una causa sencilla en términos de semántica geográfica: América es un continente y no un país. Todos quienes vivimos en él, desde Alaska a Tierra del Fuego, somos por ende americanos. Sin embargo, nos hemos acostumbrado –al punto de que nos parece natural– a que el mundo entero se refiera sólo a los estadounidenses como americanos y a los Estados Unidos como América. Nosotros, en cambio, tenemos que agregar sufijos orientadores: somos sud-americanos o latino-americanos. Pero ellos no necesitan decirse norte-americanos ni anglo-americanos. Convenientemente, ellos son puramente América. Han secuestrado el bello nombre del continente que habitamos en común y es hora de exigirlo de vuelta.

Referirse únicamente a EE.UU. como América revela dos problemas, uno de dislexia geográfica y otro de imperialismo cultural. El primero es obvio. América es el nombre con el cual fue bautizado el continente que “descubrió” Colón e incluye todos sus territorios por míseros que sean. Si vamos a subdividir, seamos rigurosos. Si nosotros somos sudamericanos, gringos y canadienses son norteamericanos. El segundo es más sutil. Cada vez que tratamos a los ciudadanos de EE.UU. como americanos y al resto de los habitantes del continente le pedimos una calificación adicional, estamos ejerciendo una distinción impropia entre americanos originales y americanos de segunda clase.

A los europeos les cuesta entenderlo. Se han habituado a pensar en EE.UU. como América. Lo que hay más abajo no les quita el sueño. Pero imagínese una conversación con un alemán, un italiano y un francés. El primero se presenta a sí mismo como alemán y el segundo como italiano. Cuando llega el turno del francés, se presenta a sí mismo como “europeo”. Seguramente, el alemán y el italiano no entenderán qué ocurre. Es obvio que el francés es europeo, pero también lo son ellos. Resulta evidente que el interlocutor busca un poco más de precisión en la respuesta. Sin embargo, el francés estima que no hay inconveniente en identificarse de ese modo. A fin de cuentas, ellos son los verdaderos europeos. Eso sí, el resto debe ser específico en su denominación nacional. No cabe duda que alemanes e italianos considerarían este razonamiento como injusto. Pero no tienen problemas en aplicarlo cuando se trata del continente que se encuentra al otro lado del Atlántico. Son inconsistentes, especialmente cuando se dicen progresistas y pretenden luchar contra las distintas caras de la opresión. Prácticamente todo mi ambiente académico en Londres padece esta inconsecuencia.

Algunos sostienen, con razón, que no existe un gentilicio distintivo para los ciudadanos de EE.UU. Para los hispanoparlantes no es un problema: les decimos estadounidenses. Pero en otras lenguas dicho término no está disponible. Ésta es una dificultad evidente. Pero no es problema nuestro. La falta de originalidad y arrogancia innata de los padres fundadores del gigante del norte –al bautizarse como Estados Unidos de América en circunstancias de que sus vecinos bien pudieron nombrarse Estados Unidos de México– no pueden servir como ventaja. A falta de otro término mejor, deben referirse a EE.UU. como United States y a su gente como US Citizens. En el futuro, la tarea es concebir un gentilicio que pueda ser masificado. En cualquier caso, insisto que la oscuridad de la solución no afecta la claridad del problema.

La política del lenguaje es relevante. En el último tiempo, lo hemos aprendido del movimiento LGTB y del feminismo. Acostumbrados históricamente a sufrir los peores epítetos, la comunidad homosexual se apoderó de la palabra “gay” porque significaba alegría. Fueron las mujeres las que notaron que las alusiones generales a los “hombres” no eran lo suficientemente sensibles a la igualdad de género. Desde hace más de diez años que la Constitución chilena reemplazó el “todos los hombres nacen libre e iguales” por “todas las personas…”. Quizás no sea necesario decirlo en cada alocución (todos y todas, chilenos y chilenas), pero se entiende la idea: términos que se pretenden neutros a veces no lo son. Toma más tiempo, pero es más preciso y riguroso. Lo mismo debería ocurrir con el uso de América y los americanos.

Paradójicamente, nuestra tradicional Copa América –la que ganó Chile el año pasado– se organiza sobre la premisa de que América es sólo Sudamérica. Es decir, cometemos el mismo error, aunque probablemente no sea por una cuestión de imperialismo semántico –con qué ropa–. En cambio, el invento gringo de la Copa América Centenario –que también ganó Chile, recordemos por puro deleite– se corresponde mejor con el espíritu de un nombre común para un continente en común. En esta última también jugaron Jamaica, Haití, Costa Rica, Panamá, México y obviamente Estados Unidos. Es decir, la versión 2016 fue más Copa América que todas las anteriores.

Tomar esta causa puede ser desagradable. En cada conversación social o formal me tomo el incómodo trabajo de corregir a mi interlocutor. He logrado que un par de colegas en el departamento de Ciencia Política entiendan la justicia del argumento. Me conmueve verlas luchar contra la costumbre, desaprendiendo lo aprendido. Sé que hay muchos otros latinos que dan la misma batalla. Pero por algo hay que empezar. A Donald Trump le gusta repetir que América es para los americanos. Está bien: eso implica que devuelvan el nombre que indebidamente se han apropiado. •••