La palabra incertidumbre vuelve a rondar en los seminarios empresariales y en las publicaciones especializadas de economía e inversiones. El modo en que se despliega el término suena a una versión algo más sofisticada, pero al fin de cuentas igual de corrosiva que las viejas campañas del terror propias del siglo pasado. ¿Se justifica […]

  • 2 junio, 2013

 

La palabra incertidumbre vuelve a rondar en los seminarios empresariales y en las publicaciones especializadas de economía e inversiones. El modo en que se despliega el término suena a una versión algo más sofisticada, pero al fin de cuentas igual de corrosiva que las viejas campañas del terror propias del siglo pasado. ¿Se justifica darle a la incertidumbre la connotación de una mala palabra?

Antes que nada, una historia personal. Cuando estudiábamos en la FLACSO (Facultad Latinoamérica de Ciencias Sociales) en los años 80, en medio de las tremendas trasformaciones mundiales (crisis terminal de los socialismos de la Europa del Este, caída del Muro de Berlín, Gobierno de Reagan, auge del neoliberalismo) conocimos de la mano del notable profesor Norbert Lechner, los textos de los intelectuales que anticipaban el nuevo tiempo que se iniciaba. La velocidad de las transformaciones tecnológicas, culturales y políticas iban a condicionar definitivamente el futuro de la sociedad y la economía mundial. Manuel Castells y otros pusieron los cimientos de una reflexión respecto del cambio de época, enfrentados a la realidad definitiva de la globalización. Se ponían en marcha los tiempos de los mercados financieros que nunca duermen, que operan interconectados las 24 horas del día, los siete días de la semana. Era un nuevo orden mundial, gobernado ya no desde las armas, sino desde los negocios que fluyen sin descanso. Se abrían tiempos sin certezas y sin pausas.

En ese mundo, el totalitarismo (la plena y única certeza) se vería en dificultades. Entendíamos que la profundización de la libertad política y la globalización caminaban estrechamente unidas y que la expansión de la incerteza era simultáneamente una condición de la libertad. Tal como planteaba el maestro Adam Przeworski, cuya premisa fundamental repetíamos en esos tiempos como un karma: “Ama la incertidumbre y serás un demócrata”.

En estos días (trascurridas casi tres décadas de mis recuerdos de FLACSO) y a propósito de las futuras elecciones, se manifiesta en tono de preocupación que crece la incertidumbre. Es obvio que una elite empresarial surgida al calor de la severa dictadura de Pinochet se pregunte siempre por la estabilidad y las certezas. Mal que mal desde allí construyó sus fortalezas.

Pero veamos cuánta estabilidad de las reglas del juego existe en el capitalismo actual. Y partamos por las grandes potencias. Después de las crisis mundiales de la última década en EE.UU., las fluctuaciones del gasto fiscal anual son significativas y azarosas, igual los impuestos, que pasan de los “alivios” republicanos a los programas redistributivos de los demócratas. Lo mismo con las reglas que gobiernan a las instituciones financieras. O en Rusia donde el estado de derecho es un albur. O en la Unión Europea donde las normas tributarias y las políticas monetarias viven en la volatilidad y el entredicho perpetuo. O en China donde todo depende del inescrutable humor de la clase ejecutiva del Partido Comunista. Y hablamos en todos los casos de normas relevantes. Cambiarias, monetarias, fiscales, tributarias, laborales, migratorias, de propiedad intelectual y muchas veces también políticas. Y qué decir de nuestros países vecinos en América Latina. Aquí la incertidumbre es la historia misma.

Muchos empresarios chilenos estaban convencidos de que luego del triunfo del nacionalista Ollanta Humala en las últimas elecciones presidenciales peruanas, se iba a producir un descalabro con la inversión extranjera. Hoy aman a Humala. Y Perú, pese a los vaticinios catastrofistas, afirma su marcha económica y es políticamente más estable.

En Chile, el presidente Piñera cambió reglas, algunas discrecionalmente y otras con el apoyo del Parlamento. Subió los impuestos a propósito del terremoto. Armó el Sernac Financiero luego de La Polar. Interrumpió, la construcción de la central Barrancones respondiendo a la protesta ciudadana. Introdujo el voto voluntario, reforma política que modificó la correlación electoral entre la centroizquierda y las fuerzas de la derecha.

Entendamos que un nuevo Gobierno, más si hay alternancia, tiene el deber de hacerse cargo de las percepciones ciudadanas respecto de la distribución de los frutos del crecimiento y del poder. Esto implica también asumir un persistente malestar. No es posible ni responsable otra conducta. Las sociedades se transforman y buscan nuevos equilibrios. Es finalmente una vocación civilizatoria la que las mueve. Ajustes pueden ser muy positivos.

Abrir el debate de nuevas reglas puede definitivamente ir para mejor. Hablamos de cambios tributarios para cerrar brechas fiscales, de reformas constitucionales para redistribuir un poder centralista y concentrado, y legitimar de paso las debilitadas instituciones; de nuevas normas laborales para elevar la productividad y mejorar la distribución primaria del ingreso. Se trata de avanzar hacia una sociedad adulta que tenga más cohesión y sea más responsable de su destino a partir de reglas inventadas libremente. Esto, que parece contradictorio, generará más estabilidad en medio de la incertezas de esta realidad global que se mueve tan rápido. Y ésa pareciera ser, además, la voluntad mayoritaria. •••