Nunca antes la centroderecha tuvo dos candidaturas presidenciales ni tan disímiles ni con tanto potencial competitivo. Se trata de candidaturas antagónicas (definitivamente, mundos opuestos), pero que paradojalmente se han hecho viables a partir de dos aspectos que comparten. En primer lugar, el desacople que tienen con la vieja guardia de la derecha, aquella más conservadora y autoritaria (ambas son versiones de la derecha liberal, entendida ésta como más tolerante y más propensa a la meritocracia). Y, en segundo lugar, tanto Golborne como Allamand han logrado el certificado de confiables –en un contexto de absoluta crisis de los políticos– a partir de los episodios trágicos que los envolvieron y que les permitieron cambiar los fríos papeles que llevaban en la escena pública.

Pero sus puestas en escena han sido distintas. El quiebre central de sus campañas ha estado en el lugar en que han enquistado el sentido del poder. Para Golborne, el ejercicio de su candidatura es un proceso a fuego lento de traspaso del poder a las personas. Su intención es evitar desde un inicio mostrar el país que él quiere para los chilenos, sino escuchar y escuchar a los ciudadanos. Por el contrario, Allamand quiere restituir el poder a las instituciones y a la política, para hacer posibles los propósitos individuales y colectivos. Para el abanderado RN, la pérdida de confianza en las instituciones es la pérdida de poder que éstas tienen para cumplir con sus misiones. Para Allamand, el país conoce y sabe cuáles son esas falencias, pero se requiere liderazgo para destrabar y alcanzar nuevos consensos.

La dificultad para ponerse de acuerdo en torno al formato y cantidad de debates entre los candidatos da cuenta de los océanos que los separan. Para Golborne, los debates son un contrasentido en el momento actual: en su sentido íntimo, todavía no hay nada que decir, previamente hay que escuchar, empatiza. Por el contrario, para Allamand los debates son el espacio para demostrar habilidades, para mostrar las ideas que tienen ante los problemas que todos conocemos.
Golborne es la movilidad social; y Allamand la movilidad de la política. Golborne apuesta al esfuerzo de cada persona y espera otorgarles sentido de sustentabilidad. En este sentido lo más UDI de su campaña es la convicción de que es el crecimiento lo que genera la riqueza y la sustentabilidad de la movilidad social. En cambio, Allamand considera que Chile está en una encrucijada. Que el actual contexto social es complejo y que Chile es hoy más difícil de gobernar, y por tanto se requiere liderazgo político. Por lo tanto, no se trata de decir lo que la gente quiere oír, sino de tener el coraje de decir las cosas como son.

Golborne nos dice “es posible”, que con el esfuerzo se puede ganar; Allamand nos dice “firme contigo”, en la perspectiva de proyectar más certezas a partir de un compromiso mutuo con las Ideas de Chile. Golborne es la posibilidad de reestablecer un orden perdido para las personas; Allamand el vehículo para instaurar un nuevo orden para las instituciones. Golborne es la épica individual; Allamand la visión colectiva. Golborne es siempre el reflejo del que tiene al frente; Allamand intenta ser inmensamente fiel a sí mismo.

Sin duda, hay un esfuerzo de diferenciación. Ambas hablan desde un ejercicio de identidad propia y generan confianza. Pero por ahora hay un gap entre la confianza que ambos generan y los niveles de adhesión electoral esperados. Está por verse si la probable remontada en las encuestas del actual gobierno pueda transferirse a alguna de las campañas. La pregunta que queda es si hay alguna visión de país y modelo de desarrollo propio del actual gobierno que la ciudadanía considere necesario darle continuidad, y cuál de los dos candidatos es el que lo representa mejor. Bachelet en su momento no tuvo herederos, en este gobierno el asunto está por verse. •••