Razones para ese diagnóstico tiene varias: que las instituciones se han ido a pique y que el escenario político ha cambiado mucho en los últimos años. Por eso sostiene que el próximo liderazgo presidencial requiere condiciones especiales: debe estar más atento a la ciudadanía, tener convicciones sólidas para no tentarse con populismos y una fuerte experiencia política. ¿Qué quiere decir, ministro?

  • 25 enero, 2012

Razones para ese diagnóstico tiene varias: que las instituciones se han ido a pique y que el escenario político ha cambiado mucho en los últimos años. Por eso sostiene que el próximo liderazgo presidencial requiere condiciones especiales: debe estar más atento a la ciudadanía, tener convicciones sólidas para no tentarse con populismos y una fuerte experiencia política. ¿Qué quiere decir, ministro? Por María José O’Shea C.; fotos, Verónica Ortíz.

Nada le gustó a Andrés Allamand que saliera en los diarios que el próximo 17 de marzo se va a casar con la ex diputada Marcela Cubillos. “Nunca ando hablando de mi vida privada. Ná que ver”, se queja. Pero, así las cosas, se sacará por un día esas camisas que dicen ministro de Defensa en el bolsillo y se vestirá de novio –a los 56 años– por segunda vez en su vida.

Y aunque parezca de revista del corazón decirlo, Allamand está en una nueva etapa. Da la impresión de que los astros se alinearon y se largó a tomar decisiones que –tanto en su vida pública como privada, algo indivisible finalmente– lo llevan a emprender una nueva travesía: se convertirá en el marido de su principal consejera y, con ella, se encamina hacia las ligas de la presidencial. Y está menos ansioso. Más reposado.

Además de que el ministerio de Defensa le ha venido de perilla para su estrategia política –frente a las preguntas más incómodas, léase Piñera y la pelotera con Carlos Larraín, argumenta que no puede entrar a la contingencia por inhibiciones propias del cargo–, cuenta que en los cuarteles militares le han enseñado a mandar.

Lo que no le dicen los cuarteles, pero él lo concluye sin explicitarlo, es que esa nueva herramienta es clave para el próximo presidente –o presidenta– que, a su juicio, requiere Chile: una combinación de un liderazgo que ponga más atención a la gente, que tenga una gran convicción para no sucumbir a las encuestas y una alta dosis de experiencia política. Eso, porque está convencido de que este país va a ser cada día más difícil de gobernar.

-Hace un año usted asumió este ministerio. ¿Qué ha aprendido en Defensa?
-Más allá de haber tenido que afrontar situaciones muy difíciles, como el accidente de Juan Fernández, ha sido un tremendo aprendizaje. En mi vida había juntado una importante experiencia y el hecho de estar en el Ejecutivo viene a cerrar un ciclo. Yo estoy agradecido de haber hecho una carrera política en todas las facetas. Por ejemplo, haber perdido una elección y haber estado ocho años fuera de Chile fue muy útil. Pero, sobre todo, tuve la suerte de estar en todas: fui dirigente estudiantil, luego vino la formación del partido, más tarde la organización de las campañas, luego las candidaturas –a veces con éxito y otras sufriendo importantes derrotas–, estuve en el Congreso, tanto en la oposición como en el oficialismo, y luego llegué al Ejecutivo.

En este cargo me he dado cuenta de que trabajar con el mundo militar es muy importante, porque uno aprende una trilogía simple, pero que si funcionara en la política haría que las cosas caminaran mucho mejor: cuando hay una tarea, tiene que haber misión, mando y medio. Esta triple M, que para los militares es el ABC, es completamente ajena al mundo político. Yo comparo la comisión

Acuerdo RN-DC: “es un conflicto que está condenado a resolverse. Ni el gobierno, ni la coalición por el cambio, ni la UDI ni RN tienen posibilidad de proyección política si no logran superar esta diferencia y actuar de consuno”.

política de un partido con una reunión del consejo de generales: en ambos hay deliberación, pero en el mundo militar hay un especial énfasis en que la misión sea clara, el mando esté definido y los medios sean los adecuados.

-En esa trilogía usted es el mando.
-Los ministros de Defensa tienen una gran ventaja: trabajan con organizaciones que tienen profesionalismo, disciplina y orden. Por lo tanto, cualquier persona que sea ministro de Defensa aprende a mandar. Yo he aprendido a mandar.

-¿Y esto le serviría en sus aspiraciones presidenciales? Aquí lo que falta es profesionalismo, disciplina y orden.
-En esta tarea aprendo todos los días y, eventualmente, me podrá servir más adelante.

-A Piñera le faltó una pasadita por Defensa, entonces…
-Los ministros estamos para apoyar al presidente. No para ser comentaristas ni menos para criticarlos. A él le ha tocado gobernar en un escenario particularmente adverso, y creo que a medida que se vaya despejando la polvareda, la ciudadanía va a apreciar muy bien un conjunto de méritos de su gestión que hoy no se aprecian con suficiente nitidez.

-Pero esa también es una falla del gobierno: la gracia es lograr que sus aciertos sean bien transmitidos a la gente.
-Es cierto, pero con la apreciación de los logros pasa lo mismo que con los balances. Hay que hacerlos al final del periodo. Paradójicamente, si revisas los grados de adhesión de la ex presidenta Bachelet a inicios del segundo tiempo, queda claro que no tenía diferencias abismantes con el presidente Piñera hoy. No hay brechas que no sea posible cerrar.

-Pero hoy existe la sensación de que el gobierno no tiene para cuándo repuntar. Los partidos no se ordenan, no hay prioridades bien definidas y cada día aparece un lío político distinto.
-No tengo esa visión tan pesimista. Hay que tomar más perspectiva. Objetivamente, ha habido logros de envergadura: el país recuperó su capacidad de crecimiento, generó empleos como hace muchos años no se hacía, aumentó la inversión y revirtió la caída en productividad. En lo social, al final de este gobierno va a quedar un legado de mucho mejor gestión en educación y salud, y en las reformas políticas –más allá del revuelo de hoy–, hay inscripción automática, voto voluntario, se va resolver el voto en el extranjero y se establecerá un mecanismo de primarias.

-¿Y el cambio al sistema binominal?
-Ese es hoy la manzana de la discordia. Yo lo que creo es que en esta discusión del sistema electoral ha faltado mucha transparencia. Veo un baile de máscaras. Lo razonable sería que la Concertación explicitara cuál es el sistema al que aspira, porque durante 20 años nunca ha presentado un proyecto que, por ejemplo, redefina los distritos…

“Un cambio al régimen político es una reforma de largo aliento. Nadie puede pretender que se haga ahora, ad portas de una elección presidencial…”

-Pero hoy están trabajando en eso.
-Se habla de que habría dos proyectos. Uno de Proyectamérica y se estaría reviviendo el de Edgardo Boenninger que, si bien recuerdo, fue rechazado por la Concertación en su momento. A su turno, lo razonable sería que el gobierno y la Alianza también presentaran el suyo. Así se podrían contrastar las dos propuestas y de ahí, encontrar una solución. Como dijo el presidente, si al final no hay acuerdo entre la Concertación y la Alianza, no hay posibilidades de modificación.

-Pero lo lógico es que cada bloque discuta primero su propuesta, no que salga RN firmando un pacto con la DC sorprendiendo a todo el resto, ¿o no?
-Sin duda que el acuerdo de RN con la DC ha generado un revuelo. Pero es una tempestad que va a amainar, porque es un conflicto que está condenado a resolverse. Ni el gobierno, ni la coalición por el cambio, ni la UDI ni RN tienen posibilidad de proyección política si no logran superar esta diferencia y actuar de consuno. Yo creo que más allá de las dificultades que se hayan producido, de los errores en los procedimientos, el gobierno va a jugar un rol de reordenamiento.

Golpe a las instituciones

-¿Y qué piensa usted del binominal? ¿Hay que cambiarlo?
-En esto no he variado un ápice: soy partidario de que existe un sistema electoral mayoritario. La peor combinación a la que Chile podría avanzar es la de régimen presidencial con sistema proporcional. Tenemos que tener un sistema que produzca un efecto mayoritario y eso se logra por un sistema uninominal, uno binominal, o uno binominal que mezcle factores de proporcionalidad, como en Alemania… Las fórmulas son infinitas. Pero mientras haya sistema presidencial, ese tiene que ser el foco: que tienda a generar dos grandes bloques de opinión.

-Lo otro sería cambiar el sistema presidencial, algo que también se está planteando.
-A principios de la transición, Gutenberg Martínez, Jorge Schaulsohn y yo trabajamos harto este tema. La reflexión académica en América latina concluía en que el régimen presidencial era uno de los elementos que había contribuido al derrumbe de la democracia en la región. Discutimos mucho, e incluso me acuerdo que Patricio Aylwin, antes de ser presidente, era muy partidario del parlamentarismo y de la fórmula semipresidencial. Días antes de terminar su mandato, le comenté: “nunca más le volví a oír sobre un cambio al régimen político”. Él se echó para atrás, juntó las manos en su clásico gesto y con una sonrisa me dice: mire, Andrés, usted no sabe lo distintas que se ven las cosas desde acá.

Al margen de eso, un cambio al régimen político es una reforma de largo aliento. Nadie puede pretender que se haga ahora, ad portas de una elección presidencial. Requiere una larga maduración. Yo mismo he relativizado mi posición porque, a diferencia de hoy, hace 20 años los partidos políticos –claves para una transformación de un sistema, pues se desplaza el centro de gravedad desde el Ejecutivo al Parlamento– no estaban en una situación de grave desprestigio, evidentes problemas de funcionamiento y una enorme falta de sintonía con la gente. Y esa es una variable a tomar en cuenta.

-Pero el Ejecutivo está por ahí no más con los partidos…
-Me preocupa mucho que durante el último tiempo hayamos ido perdiendo el capital institucional por un conjunto de factores. Y parte de las dificultades que ha tenido que enfrentar el gobierno es el resultado de cómo han confluido factores que antes no existían. Primero, la tensión propia de un país que se acerca al desarrollo. Sobre esto hay una vasta literatura. En segundo lugar, el mundo ha tenido una ola de malestar que también llegó a Chile y que tiene como protagonistas a las clases medias emergentes que –con razón– aspiran a una distribución distinta de los avances que produce el desarrollo. Tercero, la irrupción de una ciudadanía mucho más empoderada, receptora y actora de las redes sociales. Hasta ahora, la política funcionaba con partidos que siempre tenían que sobrellevar un problema que era el costo de organización. Las redes sociales han pulverizado ese costo y, en consecuencia, hay una ciudadanía que si quiere manifestarse, no tiene que esperar a votar, sólo twittea. Y como si esto fuera poco, vivimos en una sociedad de marcada inmediatez. Hay una exigencia mucho mayor.

“En el mundo militar he aprendido a mandar. Y hay una trilogía simple, pero que si funcionara en la política haría que las cosas caminaran mucho mejor: cuando hay una tarea, tiene que haber misión, mando y medio. Esta triple M es completamente ajena al mundo político”.

-¿Y qué pasa con ese capital institucional ahí?
-Que se va en contra el conjunto de estos elementos, sumado a que ni la Concertación tenía experiencia en la oposición ni la Alianza en el gobierno. Una vez escuché decir a Héctor Aguilar Camín, muy visionariamente, que uno de los problemas que él veía para Chile es que la Concertación vivía ensimismada en el mundo público y la Alianza, en el privado. El hecho de que la alternancia haya tomado dos décadas hizo que hubiera un problema de experiencia.

-Pero tras 20 años de aspirar a un gobierno hay una legítima expectativa de que hubiera resultado mejor. Sobre todo, con tanta promesa de excelencia y nueva forma de gobernar de por medio…
-Volvemos al punto del balance. Creo que estos cinco elementos explican de buena manera algunas dificultades que ha enfrentado el gobierno. Al final de este período, los logros van a ser macizos. Y también va a quedar una conclusión clara como el agua: hacia adelante, Chile va a ser cada vez más difícil de gobernar.

-¿Eso, por qué?
-Por los cinco factores que nombré anteriormente, y porque además hay un debilitamiento de lo que era la gran fortaleza de Chile: sus instituciones.

Por ejemplo, uno de los errores fundamentales del movimiento estudiantil fue creer que el Congreso no tenía nada que ver con la resolución de la crisis. Ellos se opusieron a los representantes del Congreso en las conversaciones…

Binominal: “Mientras haya presidencialismo, el sistema electoral debe tender a generar dos grandes bloques de opinión”.

-Pero en esta desinstitucionalización ha tenido una gran responsabilidad el propio presidente. No hay que olvidar episodios como el llamado telefónico por la termoeléctrica de Barrancones, o con los mismos estudiantes, cuando le quitó el piso al ex ministro Bulnes y los llamó a conversar…
-No lo creo. Todos los presidentes de Chile entienden que parte de su rol es fortalecer las instituciones.

-Y si va a ser más difícil gobernar, ¿hay que recuperar esta institucionalidad?
-Lo que hay hacia delante es un tremendo desafío al sistema político y una demanda de un liderazgo sintonizado con las nuevas circunstancias. Lo se va necesitar hacia el futuro es un liderazgo con mucha mayor atención: hay que escuchar la voz del pueblo (que no necesariamente es la de la calle). Al mismo tiempo, se van a requerir convicciones mucho más fuertes. Se suele decir que los gobiernos hoy viven pendientes de las encuestas y la presión va a ser cada vez mayor. Entonces, que los líderes tengan convicciones fuertes va a ser cada vez más importante. Y, por último, se va requerir grados mucho mayores de experiencia política. Por eso, gobernar Chile hacia adelante va a ser mucho más difícil.

Tan lejos, tan cerca

-¿Se siente preparado para gobernar un Chile mucho más difícil?
-Uno no debe juzgar sus propias capacidades. La gran ventaja de la democracia es que las juzgan los demás. Lo que sí tengo claro es cuáles son los desafíos del liderazgo que el país va a requerir.

-Pero al menos puede decir si se siente preparado para que el electorado juzgue si se la puede o no…
-Yo no voy a escabullir la respuesta. Estoy 100% dedicado a mis tareas de ministro de Defensa y lo que he anticipado es que, en el caso de la centroderecha, el tema presidencial no debe ser abordado antes del 2013. Y más aún, mi propio cargo es una permanente inhibición para entrometerme en política contingente. Creo que es un activo para el país que tanto el canciller como el ministro de Defensa tengan posiciones transversales.

-Pero usted es uno de los pocos en la derecha que han sincerado su aspiración presidencial.
-Yo he ido tan lejos como puedo ir en mi actual posición. He dicho que tomaré mi decisión el 2013; que esta no es una decisión individual, sino que depende de los respaldos, y que creo indispensable que el candidato se elija en primarias abiertas y competitivas. Es lo más lejos que puedo ir.

 

Los pasos de la Defensa
Un año particularmente importante para Defensa será el 2012, dice su titular, quien hace pocos días viajó a la Antártica con el presidente Piñera y el mandatario uruguayo, José Mujica. Eso, porque, entre otras tareas –como sacar adelante la derogación de la Ley Reservada del Cobre y un nuevo financiamiento de las FFAA–, el primer trimestre el gobierno enviará en consulta al Senado la primera estrategia de seguridad y defensa. Es decir, la visión tiene el país respecto de cuáles son los desafíos y las amenazas en el ámbito más tradicional de defensa y seguridad. Todo esto, explica el ministro, va de la mano con la definición de las capacidades militares. Y destaca que se hará en un ambiente público: “se va abrir la discusión y a partir de esto, los temas de defensa dejarán de ser tan herméticos”.
-¿Y no es una amenaza que se abra la discusión?
-No, al revés. Es un paso de transparencia. Los distintos países lo están haciendo. Han ido deshermetizando la cosa.
-¿Qué puede adelantar de la estrategia?
-Nada. Lo que va ocurrir es que va a haber una primera definición de la naturaleza de las capacidades militares que Chile requiere en, al menos, una década.
-¿Y estamos muy distante de lo que deberíamos?
-No, tenemos una muy buena base, pero sí tenemos que mejorar la interoperatividad y la capacidad de operación conjunta de las FFAA. Y hay otra faceta que es importante y es un sello hacia el futuro: avanzar en las capacidades duales. Es decir, aquellas que tienen las FFAA y no sólo deben ocuparse para la Defensa. Por ejemplo, hay buques que además son hospitales. Las FFAA van a tener crecientemente más funciones en el ámbito civil.
-¿Y cómo recibe el mundo civil a los militares?
-Este año se produjo un desplome de la aprobación de la ciudadanía a sus instituciones. Todas bajaron, menos las FFAA, que se mantuvieron en el primer lugar de adhesión. En un escenario de descapitalización institucional, las FFAA rompen absolutamente esa tendencia, sobre la base de los rasgos que tienen hoy: despolitizadas, profesionales y con capacidades operativas.
-¿Dictadura o régimen militar?
-Los libros debieran decir dictadura, más allá de que algunos prefieran mencionar ese periodo como régimen militar.
-¿Usted habla de dictadura?
-Yo tiendo a hablar de régimen militar, pero no desconozco que fue una dictadura y me parece sin sentido intentar realizar un cambio en los textos. En términos tenísticos, fue un error no forzado.