“Soy una mosca blanca y estoy sola. Lo que pasa es que algunos cuidan lo que han obtenido y a veces tienen miedo de perder algo, entonces callan. Desde siempre he sido la que ha dicho las cosas por su nombre”. Una definición de primera fuente. Es Alicia Romo, fundadora y rectora de la Universidad Gabriela Mistral.

  • 28 abril, 2009

 

“Soy una mosca blanca y estoy sola. Lo que pasa es que algunos cuidan lo que han obtenido y a veces tienen miedo de perder algo, entonces callan. Desde siempre he sido la que ha dicho las cosas por su nombre”. Una definición de primera fuente. Es Alicia Romo, fundadora y rectora de la Universidad Gabriela Mistral. Por Patricia Arancibia Clavel; foto, Elisa Bertelsen.

Siempre es grato encontrarse con alguien con personalidad y carácter, más aún si es mujer, apasionada por lo que hace y convencida de lo que dice. Como Alicia Romo Román, abogada, rectora y fundadora de la más antigua de las universidades privadas de Chile: la Universidad Gabriela Mistral.

Acompañada de un socio –como dice ella– que la ilumina y nunca la abandona, “el Espíritu Santo”, basta escucharla un par de minutos para advertir en ella una fuerza nada común, una suerte de rebeldía encauzada por la razón que la ha llevado a luchar –contra viento y marea– por mantener a su universidad libre de contaminaciones estatistas y de burocracias. Y ha tenido éxito.

Pionera en el rubro de las universidades privadas, Alicia Romo es una mujer valiente que no tiene temor a decir las cosas por su nombre en un área que conoce a fondo. No por nada lleva 28 años dirigiendo una universidad comprometida con la excelencia y que ha ganado su prestigio con tesón y esfuerzo. Se niega de plano a encubrir con morfina las enfermedades que, a su juicio, corroen al sistema educacional chileno y, por el contrario, embiste sin miramientos ni complejos contra el conformismo, la mediocridad y el pesimismo que hoy parecieran ser el precio a pagar para evitarse problemas desagradables con la competencia, las autoridades, los profesores y los alumnos, en ese orden.

-En la educación superior, la última iniciativa verdaderamente revolucionaria ocurrió hace casi 30 años, cuando se autorizó la fundación de universidades privadas. ¿Cómo te embarcaste en esta aventura?

-La apertura a la participación de los privados en materia educacional no se puede presentar como un hecho aislado, fue uno más de los elementos constitutivos de una sociedad libre que, en ese tiempo, comenzaban a transformar la vida de Chile. Con esa medida se hizo posible, por una parte, el acceso a la universidad, para estudiar lo deseado y no lo disponible, a numerosas personas que hasta entonces debían conformarse con estudiar cualquier cosa o salir fuera para poder hacer algo. Después, con el aumento en el número de universidades apareció una posibilidad para diversas capas de la población que jamás se hubieran atrevido a soñar en estudios superiores. Por otra parte, era a todas luces necesario contar con las ideas, energías y capitales que el sector privado podía aportar al sistema de educación superior para salir de la situación limitada y discriminatoria existente a diciembre de 1980. El acierto de esa medida visionaria no se discute hoy. La responsabilidad de la educación es de los padres, de la familia. Son ellos quienes tienen que educar a sus hijos y el Estado sólo debe facilitar y colaborar con esa misión. Eso de que el Estado regule, planifique, haga programas de estudio y que los imponga es una barbaridad que no tiene nombre, su deber es desarrollar y cumplir con una importante y valiosa acción subsidiaria.

-Pero, ¿cómo fue que te interesaste en crear una universidad?

-Como tantas situaciones de la vida, ocurrió en forma inesperada. Nunca pensé que me involucraría en la fundación y dirección de una universidad. Lo que sucedió fue que después de participar en la tarea de reconstrucción nacional y haber cumplido mi “servicio militar”, como se decía entonces, volví a mi profesión y no estaba contenta, porque tras haber hecho cosas importantes y poner en movimiento a mucha gente, para dar satisfacción a necesidades sociales y económicas muy diversas, volver exclusivamente a la profesión me parecía insuficiente. Mi espíritu esperaba un nuevo desafío que llegó así, por “gracia de Dios”…

-¿Cómo así?

-Soy una persona de profunda fe, católica ferviente y creo que Dios, a veces, nos pide que acometamos ciertas empresas, para la que nos prepara y a las que nos conduce por senderos insospechados. En esos momentos, la libertad humana se nos aparece en toda su magnitud, porque siempre se puede aceptar o rechazar la invitación. Y ocurrió que cuando estaba esperando, sin saber qué esperaba, una amiga, que ya no está, me habló de un proyecto universitario y me comprometí con ese desafío. Pero aquella iniciativa no prosperó y… bueno, yo seguí adelante y aquí estamos.

-¿Y cómo se hace una universidad?

-Como toda empresa. Lo primero es definir fines y medios. Hay que tener una idea clara del objetivo y articular un proyecto que nos acerque al fin propuesto. Después se busca el financiamiento, que verdaderamente se consigue cuando el proyecto es bueno. En nuestro caso, lo específico era el proyecto académico; y como la ley exigía que durante la primera etapa estas nuevas instituciones debían someterse al mecanismo llamado de “examinación”, escogimos a la Universidad de Chile y materializamos la relación a través de un convenio de cinco años de duración. Pronto nos dimos cuenta de que cualquier intento de hacer un proyecto propio para ser aprobado por ellos no iba a caminar, por lo que decidimos adoptar los programas oficiales que tenía la Chile y aplicarlos a la universidad. La Universidad de Chile no podía cuestionar sus propios programas y durante cinco años nos sometimos a una suerte de control a través de las comisiones examinadoras, que debían ser mixtas y paritarias. La experiencia de aquel tiempo fue muy positiva y grata. Los académicos de la Universidad de Chile y, luego los de la Universidad Católica, en los seis años siguientes, fueron siempre respetuosos y deferentes. Con ambas universidades aprendimos muchas cosas positivas, como una cultura de exigencia y rigor que hemos conservado y asegura la calidad de nuestro trabajo. Cumplido con éxito el tiempo de la “examinación” previsto en la ley, que fue de once años, alcanzamos la autonomía completa. Hoy, podemos decir con total propiedad que somos la primera y la más antigua universidad privada, que ha cumplido realmente 28 años de trabajo y nos interesa seguir siendo siempre eminentemente privada.

-¿Cómo son las relaciones con las universidades llamadas tradicionales?

-Han sido complejas, independiente de las personas. Con el rector de la Católica existe una relación de amistad y aprecio y, a veces, conversamos. Con el rector de la Chile nos conocemos, nos hemos encontrado algunas veces, pero hablamos poco, porque él es parco. Con las demás mantenemos un diálogo esporádico, bastante pobre, ya que la única instancia que tenemos todas las universidades para encontrarnos es la reunión anual de Universia, donde hay que acercarse y presentarse. De verdad, nadie se conoce realmente, ni se generan lazos de confianza. Por eso digo que nos comportamos como niños tímidos, cuando podríamos intercambiar experiencias y a lo mejor planificar cosas en conjunto. Yo diría que algunas universidades no han descubierto cuán sana es la competencia, en circunstancias que no hay mejor estímulo para hacer las cosas bien, buscando todos los días cómo superarse. Se niegan a sí mismas la posibilidad de comunicarse, pudiendo dar y recibir tanto. Todo esto, tal vez, es el resabio de una cultura corporativa que aún no se modifica.

-¿Y con las universidades privadas?

-Mantenemos una buena relación con todas. De hecho, durante años nos reunimos mensualmente, en nuestra casa, para estudiar los problemas de interés común, como el financiamiento y la acreditación. Nos conocimos y logramos consensos, pero no tuvimos éxito porque nuestras recomendaciones no tuvieron eco. Los políticos, de todos los bandos, nos escucharon, pero las leyes salieron de manera política, sin tener en cuenta los requerimientos técnicos adecuados.

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-¿También sobre la acreditación?

-Como contribución a la autoevaluación y al mejoramiento continuo de las instituciones, nosotros queríamos un proceso acreditador que fuera sólo una instancia de verificación. Eso es lo que debe ser la acreditación… y nada más. Que no hubiera intervención, ni siquiera que se pudiera suponer que había la intención de intervenir. En cambio, la ley habla de “promover la calidad” y eso significa intervención. ¡La universidad como instancia social superior debe saber lo que hace y cómo lo hace! Por otra parte, se necesitaba de una pluralidad de agencias realmente acreditadoras que fueran libres en su quehacer y en sus decisiones y no que la decisión de acreditación sólo estuviera reservada a la agencia oficial controlada por el Estado. Hacía falta un consejo real, de tiempo completo, similar al del Banco Central, que pudiera ocuparse de todo lo relativo a su función. En lugarde eso se entregó todo el proceso a una secretaría ejecutiva, que detenta el poder y trabaja casi solamente informando.

Corazón socialista

-¿Por qué al final las demás terminaron aceptando la acreditación?

-Porque suponen que la acreditación es un elemento importante para mejorar la posición de mercado y la ven como un instrumento de marketing, Pero el problema de fondo no está ahí. Lo que hace posible esto es la existencia en el país de una cultura que es socialista en materia educacional. Hay personas libremercadistas en todo… menos respecto a la educación. Quieren garantías, controles, quieren que el Estado planifique, intervenga y que ojalá les dé educación gratis. Se creen libres, pero siguen teniendo una parte socialista en el corazón, no comprenden que la que tiene que buscar y elegir bien es la propia persona; que para crecer se necesitan amplios espacios de iniciativa y libertad; que la función del Estado en una sociedad que avanza es y debe ser subsidiaria. Esto es muy preocupante.

-¿Por eso se niegan a recibir el Aporte Fiscal Indirecto?

-Quiero preservar la independencia de nuestra universidad. Nosotros rechazamos el AFI porque éste no se asigna a las y los alumnos de buenos puntajes, sino que se entrega a la universidad a modo de subsidio o contribución sin que medien acciones o trabajos equivalentes a lo que se recibe. Entendemos que una institución privada, para tener total libertad, requisito esencial a una universidad, debe tener la capacidad de financiarse a sí misma, ser absolutamente privada y no recibir aportes del Estado, a menos que se trate, como señalé, de algún proyecto específico, de algún concurso. No queremos que en algún momento el gobierno de turno nos condicione a través del dinero. Nuestra negativa es una cuestión de principios. Si nosotros no somos capaces de hacer esto, entonces, ¿qué estamos enseñando cuando pretendemos formar personas creativas, capaces y empresarias?

-¿Cuál es tu posición en torno a la Ley General de Educación recientemente aprobada?

-Ninguna ley resolverá absolutamente nada, porque no hay voluntad y sí muchas dificultades para encarar los problemas de fondo del sistema educacional. Mientras esté vigente el Estatuto Docente, que impiden mover a los malos profesores y funcionar en libertad, no hay destino alguno. ¡Ninguno! Yo postularía en este minuto entregar los colegios a los profesores y tener programas y planes mínimos, ¡pero verdaderamente mínimos!, no como los actuales. Que la gente de Punta Arenas enseñe lo que la gente de Punta Arenas necesita aprender y que los de Arica enseñen lo que necesitan ellos. La plataforma común debe ser básica, mínima y ascendente, de modo de producir unión en el tiempo, pero habiéndole dado la oportunidad a las niñas y niños de adquirir confianza en sí mismos y conocer lo propio; sólo así, lo que aprendan va a tener sentido y permanecerá en la mente.

-¿Tan inútil es la LGE?

-No quiero molestar a nadie, pero siempre decimos lo que pensamos y hacemos lo que decimos… y eso es importante. Una Ley General de Educación no puede resolver los problemas, que son muy simples y están en las personas. Necesitamos mucha más libertad, diversidad muy grande en los proyectos de iniciación enla educación, que vayan convergiendo en la medida en que las personas crecen y maduran. Pero, definitivamente, nuestra clase política no confía en el ejercicio de la libertad de las apersonas y, entonces, trata de reemplazar lo que es evidente y urgente de realizar por la planificación y la programación hecha por una burocracia que hace ya mucho tiempo viene fracasando.

-Y ese criterio tan liberal, ¿cómo lo aplicas en tu universidad?

-¿Liberal? Eso es una etiqueta y nada más. Nosotros, en estos 28 años, hemos ido pasando de los planes iníciales a lo que la experiencia y el mercado nos indican como una conveniente evolución. La sociedad ha cambiado y es natural que también las universidades se adapten a la realidad si quieren seguir sirviendo a la juventud. En el fondo, a los planes y programas que tomamos de la Universidad de Chile les agregamos de manera armónica nuestros valores, nuestra visión de mundo, nuestra antropología que es la cristiana. Aquí, desde el primer día de clases, fue obligatorio estudiar dos años de Filosofía en todas las carreras. También tenemos Castellano, porque los jóvenes no saben hablar, no saben escribir, no saben redactar, tienen una ortografía pésima. Enseñamos las nociones elementales de la cultura y enseñamos Inglés obligatorio desde el primer año. Establecimos el deporte obligatorio por dos años como un modo de formar personas en un plano diferente a la sala de clases.

Alumnos con aritos

-¿Qué piensas de las críticas que señalan que la Gabriela Mistral forma muy buenos profesionales, pero con un sello muy conservador e incluso colegial?

-Sé que eso es lo que se comenta y sólo puedo decir que no somos liberales en materias valóricas, ni tampoco estamos dispuestos a aceptar cualquier cosa. Sin embargo, somos una institución acogedora, tremendamente familiar, que recibe con cariño a todas las personas que están aquí. Procuramos apoyar a nuestros alumnos y alumnas y compartir con ellos todas las experiencias que tienen que vivir, sean personales o académicas. ¿Qué pasa con supuestas restricciones? Como rectora tengo la responsabilidad y la obligación de aconsejar a la juventud que ha confiado en nosotros. Cuando veo a un alumno con arito, me acerco y le pregunto por qué lo usa. ¿Quieresdarte seguridad? ¿Pertenencia a algo? ¿Llamar la atención? Conversamos y generalmente me regalan el arito para mi colección… Cuando las niñas andan semidesnudas también intervengo. Es una pena que degraden el cuerpo cuando es algo tan valioso, tan digno, un instrumento de vida, de maravilla y de placer en el ser humano. Pero si lo estamos basureando porque lo frivolizamos…hemos perdido el rumbo y afectamos gravemente la relación entre los sexos. Ese es el punto.

-¿Cuál es el sistema de ingreso a esta universidad?

-Nunca hemos adheridos a la Prueba de Aptitud Académica, ni ahora a la PSU. No nos gustan esas pruebas. Tal vez porque yo conocí un sistema distinto cuando en mi tiempo postulé a la Universidad Católica. En ese momento, la Escuela de Derecho tenía una prueba objetiva de conocimientos y aptitudes como la comprensión de lectura; pero, además, había una entrevista personal, que era definitoria. Para mí, esa experiencia fue tremendamente enriquecedora. Nosotros buscamos seleccionar a personas, que pueden haber tenido puntajes excelentes o puntajes medianos. Si la persona es inteligente, si la persona es valiosa, yo me quedo con ella, no importa qué puntaje haya tenido.


-¿Y cómo miden si están recibiendo a los alumnos adecuados?

-Cuando se matriculan, los alumnosson apenas una potencialidad. Al cuerpo docente, apoyado por la administración, le corresponde sacar todo el rendimiento posible a esa promesa. La calidad de nuestro esfuerzo, de nuestra apuesta por un tipo de jóvenes, se mide por los resultados. Tenemos más de 8.000 titulados que están muy bien ubicados en el mercado nacional y en el mundo. Voy a China y me encuentro con ex alumnos nuestros. Lo mismo pasa en Europa, en Japón y en Estados Unidos. Trabajan o están perfeccionándose en los lugares más diversos del planeta. La verdad es que a nuestros alumnos y alumnas les va muy bien, tienen prestigio porque tienen un sello de calidad humana. De hecho, competimos mano a mano y sin complejos con los mejores alumnos de la Católica, de la Chile o de quien sea.

-¿Te sientes apoyada por el entorno universitario?

-Soy una mosca blanca y estoy sola. Lo que pasa es que algunos cuidan lo que han obtenido y a veces tienen miedo de perder algo. Entonces callan. Desde siempre he sido la que ha dicho las cosas por su nombre a las autoridades. No se puede ceder en ciertos principios que son esenciales para lograr una mejor sociedad. Por mantener esta posición hemos pagado costos bastante altos que no los cobran la autoridad o el Gobierno, sino la sociedad, esa misma por la cual hemos tenido y tenemos la actitud que nos caracteriza. En todo caso, estoy dispuesta a seguir pagándolos, porque si no, no tiene sentido permanecer aquí. Esta es una institución católica –a secas- que sirve a Dios y tiene la tarea de colaborar en la formación de las personas que sean capaces de mejorar nuestra sociedad.