Hoy estamos conectados pero distraídos; no sabemos a quién creerle. La disponibilidad indiferenciada de todo tipo de joyas y detritos culturales es como un airbag que no puede parar de expandirse y te ahoga al mismo tiempo que te salva. Por: Andrea Palet, editora y periodista.

  • 13 septiembre, 2019

Crecí en un mundo en que los diarios y revistas tenían secciones fijas de cultura, donde se reseñaban libros y discos, temporadas de ópera, teatro y ballet, exposiciones de pintura. No solo eran secciones fijas en el sentido de que todo medio las tenía, sino que las podías ubicar espacialmente: siempre en el mismo lugar, por años los mismos centímetros de columna, la misma persona. Rutinas tranquilizadoras. Todo eso explotó por los aires, pero no seré yo quien venga aquí a quejarse.

A veces las críticas eran muy tontas, la mala fe y la flojera tenían su alícuota, e igual que ahora algunos reseñistas no se leían los libros y hacían unos Frankenstein sacando frases de la solapa y de lo que hubiera dicho la crítica extranjera (era más difícil encontrarla, eso sí: punto para los oldies). Tan rutinario podía ser el formato que no costaba parodiarlo: hace unos años, en la revista Fibra hacíamos crítica de aplausos, de veredas o de apretones de mano, y ahora sigo queriendo leer esas reseñas, tanto más necesarias o por último más divertidas.

Por supuesto, no es que se haya acabado la sana costumbre de querer saber qué opina alguien que pareciera saber más que tú. Lo que ha cambiado es que los creadores y productores de cultura ya no tienen ese espacio asegurado, ni la reverencia de la sociedad porque sí, ni la paciencia del público ante largas argumentaciones que requieren desplegarse con gracia y con método.

La prensa tiene sus –enormes– problemas y reacciona a las sensibilidades de la época, por lo que es natural que, si hay que reducir páginas, salga volando la ópera, qué sé yo. ¿Cuánta gente va a la ópera? Los siete primeros resultados si gugleas la palabra aluden a Opera, el browser noruego. Pero no se reemplaza ese contenido por crítica de reguetón, pongamos (sabia decisión que no podemos sino agradecer). Porque los recomendadores, los gatekeepers, los reseñistas están en otro lado; en ese donde “vivimos revolcaos en un merengue/en un mismo lodo todos manoseados”. Me gusta la parte del merengue, el problema es que siempre viene con la otra.

Hoy estamos conectados pero distraídos; no sabemos a quién creerle. La disponibilidad indiferenciada de todo tipo de joyas y detritos culturales es como un airbag que no puede parar de expandirse y te ahoga al mismo tiempo que te salva. Y todavía es ilusorio sostener que el acceso digital y la superabundancia de contenidos esté teniendo un efecto democratizador. El cambio es muy grande y no tenemos suficiente perspectiva para entenderlo bien, entre otras cosas porque no sabemos si estamos al principio, en el medio o en los tres cuartos del futuro.

Pero ya vimos el lado oscuro de la Luna también en esto. En lo que se refiere a la conversación pública y a las figuras de autoridad en cultura, todo se ha vuelto difuso. La tradición mengua, el interés se dispersa y la atención se acorta, nadie tiene memoria de nada que no sea muy reciente (tengo planeado editar los mismos libros cada diez años; total, nadie se va a acordar). Cualquier escuchimizado puede intentar una carrera como temible crítico enmascarado habiendo leído dos libros y medio. ¿Por qué no? ¿Y si resulta un genio? Pero, ¿y si no?

Acotándolo a la lectura, quienes publicamos libros lo tenemos muy difícil para que el público sepa de su mera existencia. Y reaccionamos de la peor forma: reclamando un trato de privilegio que tenía sentido en un mundo de escasez relativa que ya no existe. Nos enojamos porque creemos que ya nadie lee, y olvidamos que no hay quien aguante el ritmo con que publicamos cientos, miles de títulos.

¿Sabían que hay un auge de los clubes de lectura? Adultos de profesiones variadas, con obligaciones y poco tiempo libre, se disciplinan para apagar las distracciones titilantes y leer dos y hasta cuatro libros al mes, solo por placer, y luego comentarlos en la casa de alguien. Necesitan una guía, dicen, alguien de confianza, y la están encontrando ya no en los medios sino entre conocidos o amigos. Es un virus bueno, que da pistas y deja rastros para hallar tesoros, y muestra que lo que se pierde por un lado se puede ganar por otro. Menos prestigio y autoridad, quizás, más contacto humano y galletitas.