Prepararnos para el futuro y ser jugadores relevantes en un mundo de inteligencia artificial requiere desarrollar la capacidad de adaptarnos, porque no podemos predecir cómo estas tecnologías nos afectarán.
Por: Ana María Raad, Antropóloga, experta en innovación y educación .

  • 26 septiembre, 2019

Alexa se enciende sin que se lo pida. Alexa no encuentra mi celular. Alexa no me responde. Alexa no entiende lo que le digo. Estos son algunos de los problemas más comunes que reportan los usuarios de la afamada asistente personal: “Alexa”, una de las tecnologías basadas en inteligencia artificial que poco a poco nos enfrenta a la realidad, hasta ahora lejana, de las máquinas alimentadas por miles de datos.

Tecnología, generación de conocimiento y cultura, se conjugan desde distintas veredas. Por un lado, están aquellas miradas que fijan la fórmula desde la capacidad que estas tecnologías tendrán al acumular información y desarrollar patrones nuevos de decisión, otorgándoles un eventual poder que superaría nuestra capacidad de controlarlas. Una verdadera odisea de Stanley Kubrick que nos muestra a Hal 9000, la máquina desobediente y autónoma que se rebela frente a sus creadores. Este enfoque lineal hace una lectura, para mi gusto, propia del siglo XX, en donde el control, la identificación de las estructuras dominantes, el diseño de los límites, la especialización del conocimiento, la búsqueda de eficiencia en la acumulación de información, entre otras condiciones, serían las de mayor preocupación e interés de abordar.

La otra cara de la moneda nos muestra el radical cambio cultural, que paradójicamente es acelerado en la interacción con dichas tecnologías. Aquí lo fractal, la complejidad, las multiconexiones, la desterritorización, la pluralidad de ideas, aparecen como formas de construir nuevos sentidos, lenguajes, relaciones, entre y con lo digital. Un abordaje, sin duda, más fiel al siglo XXI. Desde esta lógica, cuando la cultura cambia, las opciones que tomamos como sociedad también mutan, ya sea en la política, o la forma como compramos y nos informamos.

¿Dónde radica entonces la capacidad de crear y desarrollar inteligencia en pleno siglo XXI? Para responder esta pregunta, bien vale la pena mirar la última producción de Netflix que intenta descifrar el cerebro de Bill Gates. Prepararnos para el futuro y ser jugadores relevantes requiere desarrollar la capacidad de adaptarnos. Una mirada darwiniana que no niega el riesgo, sino que lo administra, porque no podemos predecir cómo y cuáles de estas tecnologías nos afectarán. En la serie se muestra con claridad cómo los problemas de la envergadura que aborda Gates –erradicación del polio o la sanitización del agua– han requerido de él, además de recursos económicos importantes, una inmensa capacidad reflexiva y la búsqueda tenaz de nuevas respuestas. Pero también un nivel de asociatividad altísimo para poder diseñar tecnologías disruptivas y manejar datos infinitos. Es decir, saber colaborar, conocer los nuevos lenguajes digitales, aprender permanentemente y a lo largo de la vida.

El desafío de no convertirnos en humanos con habilidades de computadoras de segundo nivel pasa por redefinir lo que hasta ahora hemos entendido como inteligencia, ya que a diferencia de las máquinas, vamos construyendo modelos y nuevos sentidos sobre las cosas que vemos y sobre las cuales razonamos. Desplegamos distintas formas de pensar y lo hacemos mediante inferencias lógicas sobre el mundo que nos rodea. Utilizamos el sentido común cuando la información objetiva es insuficiente y analizamos datos matemáticos. La inteligencia social, creativa, interpersonal, se mantiene vigente en una época atravesada por pensamientos y emociones sintéticas.

Para responder a estos desafíos, algunos de los que llevan la delantera en educación están poniendo todas sus fichas en, no solo lograr los últimos avances en computación, sino  descubrir el poder de la tecnología en todos los campos de estudio. El MIT, por ejemplo, acaba de inaugurar este mes su “College de Computación”, con una inversión de 1,1 billones de dólares. Un plan ambicioso que busca “reorientar” el rumbo de la universidad. Un giro audaz al momento de pensar cómo formar a los líderes del “futuro algorítmico” porque logra equilibrar la búsqueda de innovación, con la conciencia profunda de las implicancias éticas y el impacto social de estas. Una buena síntesis para abordar estos cambios tecnológicos y culturales en la creación de conocimiento y, por ende, lograr un desarrollo inteligente de verdad.