Por: Marcelo Soto “Tulum es como Williamsburg”, me dice un mexicano, mientras la camioneta deja atrás Cancún, y llegamos hasta este balneario, de apariencia hippie, donde la moda son los resorts ecológicos, con piezas rústicas sin aire acondicionado ni TV, que valen 500 dólares la noche. Lo que paga la experiencia es lo que hay […]

  • 20 julio, 2017

Por: Marcelo Soto

“Tulum es como Williamsburg”, me dice un mexicano, mientras la camioneta deja atrás Cancún, y llegamos hasta este balneario, de apariencia hippie, donde la moda son los resorts ecológicos, con piezas rústicas sin aire acondicionado ni TV, que valen 500 dólares la noche. Lo que paga la experiencia es lo que hay detrás: playas interminables, apenas pobladas de bañistas, una imagen idílica de lo que uno espera del Caribe.

Sin embargo, incluso en la playa más perfecta encontramos sin mucho esfuerzo un convidado de piedra: el plástico. Fragmentos de afeitadoras desechables, trozos de botellas, partes de una tarjeta de crédito, envases de desodorantes, pedazos de una aleta para buceo, todos mezclados con algas en medio de la arena, que antes nos parecía inmaculada.

Precisamente por eso estamos acá. Parley, una fundación creada por Cyrill Gutsch para salvar a los océanos, se ha aliado con Corona, la famosa marca mexicana de cerveza, para limpiar 100 islas, incluida alguna de Chile, de los desechos de plástico, que luego serán reciclados en nuevos usos.

Cyrill es alemán y vive en NYC, y en Tulum no usa zapatos, viste pantalón y remera negros, y lleva siempre unos anteojos grandes de marco muy grueso. Parece un gurú sacado de la serie de HBO Silicon Valley, pero es un tipo serio. Muy serio. Explica con un tono convincente y dramático –sin duda, sabe manejar a las audiencias–, que el océano está infectado de plástico y que si no hacemos algo, la mayor parte de la vida marina desparecerá en 10 o 15 años.

Esta visión es algo más sombría que otros estudios científicos –y Cyrill lo reconoce, pero piensa que pecan de optimistas–, que establecen el 2048 como el año en que ya no podrán extraerse peces comercialmente y la industria del sector colapsará, mientras que para 2025 todos los ecosistemas corales se habrán extinguido. Sea como sea, el diagnóstico es mortal.

Ahora mismo, flotando en cinco gigantescas áreas del planeta azul hay cinco billones de trozos de plástico, que inevitablemente van a parar a los aparatos digestivos de la vida marina hasta 10 mil metros de profundidad. “En la práctica, cuando comemos pescado, estamos comiendo plástico”, dice Cyrill, que es vegano.

La estrategia de Parley puede resumirse en tres pasos: reducir el consumo de plástico; recoger y reciclar los desechos de este material, y por último crear productos alternativos que eventualmente logren reemplazar para siempre su uso. “Esto es ecoinnovación”, subraya, “porque salvar al océano es el mejor negocio: permitirá que sobrevivamos como especie. El plástico puede haber sido un gran invento, pero seamos honestos: no funciona. Es una droga mortífera”.

El año pasado, Parley –que también tiene entre sus colaboradores al surfista chileno Ramón Navarro– recolectó 740 toneladas de desechos plásticos desde las islas Maldivas en el océano Índico, que la marca Adidas está usando para producir ropa y calzado, incluso para el equipo de fútbol Real Madrid. La empresa vendió al menos un millón de zapatos elaborados con este material sacado de los mares. En Chile, si quieren tener una idea de lo que logra este tipo de reciclaje, están a la venta en adidas.cl tres tipos de zapatillas: cada modelo vale 140 mil pesos y hay que decir que el diseño, de Alexander Taylor, es muy atractivo.

“La ecología es un buen negocio”, insiste Gutsch.

La guerra de Luna

En Tulum, la estrella de la jornada es Diego Luna, el actor que acaba de protagonizar la exitosa Rogue One, de Star Wars, y que es uno de los embajadores de la campaña de Corona y Parley. Llega rodeado de chicos de PR (Public Relations), que evitan cualquier contacto fuera de protocolo, pero Luna es simpático (como la mayoría de los mexicanos) y cuando le cuento que vengo de Chile, me dice: “Oh, tengo muchos amigos allá” y promete darme una entrevista, aunque no esté en la agenda.

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“Cuando fui invitado a participar en este proyecto el año pasado, dije: ‘Sí, por supuesto, suena perfecto’. Pero no sabía en lo que me estaba metiendo”, cuenta. “Me entregaron un ticket para ir a Maldivas, me subí a un avión por 32 horas y aterricé en lo que creía era el paraíso. Y entonces me subí a un bote, y llegué a mi hotel, y pensé ‘OK, mañana me despierto, tendré un poco de playa y cerveza, podré aprender a surfear y ser parte de algo cool. Genial. Fantástico’. Y ellos dijeron: ‘No, no. Tú vas a ir ahora mismo a otro bote, para llegar a una isla donde participarás en la escuela Parley para los Océanos’. ‘¿De verdad? ¿Después de 30 horas? Ok. Todo bien’. ‘No lleves nada de plástico’, me advirtieron. Y entonces me di cuenta de que casi todo lo que tenía era de ese material… Luego fui a este bote y llegué a la playa, donde empezamos a recolectar plástico. Por todas partes te encontrabas plástico. Al principio fue decepcionante, pero luego comprendí que era algo que podríamos cambiar. Tengo que decir que en tres días tuve la mayor transformación que he tenido en mi vida. Fue como ir la escuela, y no se lo digan a mis chicos, porque quiero que la terminen”.

Unos días después, hablo con Diego Luna por teléfono.

-Cyrill Gustch dice que en 10 años la industria pesquera va a estar colapsada, ¿lo crees posible? ¿No es apocalíptico?

-Mira, lo que pasa es que no va a llegar el apocalipsis, no va a llegar esa gran destrucción, porque ¡ya la estamos viviendo! Ya estamos ahí, ya estamos en ese momento donde la gran mayoría de los peces ha consumido plástico. Yo no les daría a mis hijos plástico, no les daría en la mañana una papilla de plástico.

-¿Dejaste de comer ceviche?

-Lo que estoy tratando de decirte es que si seguimos así no sobreviremos. Son más de ocho millones de toneladas de plástico las que arrojamos al mar todos los años, es brutal. Es un material que no desaparece nunca. Veo la cantidad de bolsas de plástico, de popotes (bombillas) que pasan por nuestras manos 30 segundos, y después se vuelve basura. Pensamos que el mar es infinito, pero sí tiene fondo y se está llenando de plástico.

Pese a todo, soy muy afortunado, porque tengo chances de reaccionar y cambiar mis hábitos. El mar si lo cuidas y proteges, en 10 o 15 años está de vuelta. Es así de rápido y así de poderoso. De todo el océano, sólo el 3 % está protegido. Lo cual resulta absurdo si pensamos que es el océano el que genera más de la mitad del oxígeno que respiramos.

El problema es que las escuelas no nos enseñan esto. Tú vas a las oficinas de gobierno y están llenas de plástico. Tenemos que partir por reconocer que todos somos parte de esta destrucción, sin pena ni prejuicios, no se trata de crucificar a nadie. Pero si no cambiamos se nos va a acabar el tiempo.

-Es casi imposible no usar plástico en la vida moderna, ¿tú cómo lo haces?

-Yo regresé del primer viaje a las Maldivas y he logrado erradicar una buena cantidad del plástico que usaba. En efecto, es muy difícil consumir cero plástico, en eso estoy de acuerdo contigo, pero sí es muy fácil bajar dramáticamente su consumo, sobre todo, los desechables. Esos son los más dañinos. Y si empiezas a dejar de usarlos, descubres que no es tan difícil vivir sin ellos. Preferir botellas de vidrio, no tomar café en tazas de plástico. En fin, es una reacción en cadena.

Hay que empezar a generar alternativas, y eso es un trabajo que nada más los ciudadanos podemos hacer. Luego tiene que venir una legislación, y ahí es donde hay que generar presión, porque nuestros parlamentarios y gobiernos no van a tomar esto como una prioridad hasta que no sea una prioridad para la gente.

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Al fin y al cabo, es una relación entre el consumidor y las corporaciones y empresas. Nosotros como consumidores tenemos que manifestarnos. Tenemos un poder enorme, al valorar esas marcas que están haciendo un esfuerzo por hacer las cosas de otra forma.

-Los productos plásticos suelen ser más baratos, lo que genera un problema económico sobre todo en países pobres. ¿Cómo puedes pedirle a gente que no tiene mucho dinero que gaste en caros productos reciclados?

-Obviamente, el uso del plástico va muy de la mano con la desigualdad y la pobreza. En ciertos círculos muy vulnerables, tienes razón, es casi imposible deshacerse de él. El problema es que bajo esa excusa nadie se deshace del plástico a ningún nivel. Y hay que empezar por uno mismo. Es cierto que se trata de un material muy poderoso, es un descubrimiento increíble, pero que ya se volteó en nuestra contra.

-El calentamiento global es otra gran amenaza para los océanos. ¿Cuán grave es que Trump haya abandonado el Acuerdo de París?

-Gravísimo. Es muy alarmante que alguien como él pueda decir que el calentamiento global no es una realidad. El daño es irreparable, va creciendo y el tiempo se agota. Me parece, por otro lado, que el surgimiento de una figura como Trump ha permitido que también haya una respuesta. Y eso me da esperanza. En cuanto anunció la salida del acuerdo, varios países se pronunciaron en contra. Se ha ido generando una reacción tanto política como social incluso dentro de EE.UU. Hay una comunidad importante que está presionando para que esta ignorancia que representa Trump no gane terreno. Yo confío en esa sensatez que todavía hay en sectores de EE.UU.

Podemos ver esta era como la era de la destrucción, la era donde nos acabamos todo. Podemos decir que nos tocó ser testigos de la extinción del planeta. O podemos ser esa generación que, de hecho, es la que aún puede hacer algo. Y así lo veo yo. Estamos ante una crisis tremenda, pero una crisis que está demandando una respuesta, un cambio de actitud de nuestra parte. Si somos capaces de generar esa reacción, nos daremos cuenta de que fuimos muy afortunados de haber vivido en esta época, en la que se dio un giro radical en la relación que tenemos con la Tierra y en especial con nuestros océanos.

-¿Qué piensas de esta idea de Trump de construir un muro entre México y EE.UU?

-Me parece un absurdo, una muestra de la ignorancia de Donald Trump y su visión arcaica del mundo. ¡Como si un muro pudiera detener algo que no se puede detener, que es el ser humano tratando de sobrevivir y buscar una vida mejor! Pero insisto: me parece que simboliza la ignorancia profunda de este hombre, la falta de entendimiento del mundo que hoy vivimos. Cerrar nuestras fronteras no es una solución. El problema de los inmigrantes no es sólo de EE.UU., sino global. Y hay grandes ejemplos de cómo reaccionar ante esta crisis, para además sacarle provecho. Canadá es un país que lo ha hecho bien, al igual que Alemania, en fin.

-Vives en Ciudad de México, ¿cómo ves la situación política de tu país?

-Para eso necesitamos un par de horas. Estamos viviendo momentos críticos, pero pienso lo mismo que te decía antes sobre Trump: soy muy afortunado de vivir en esta época, porque parece que va a pasar algo, porque hay una sensación de hartazgo y de falta de representatividad que nos va a hacer reaccionar y a traer algo. Se huele un despertar. Me da gusto ser testigo y partícipe de eso.

Galaxias y realidad

-The Washington Post escribió un artículo diciendo que tu rol en Star Wars era un hito cultural, porque en general los latinos siempre aparecen como criminales.

-Creo que hay que ser muy cuidadoso con este tema. No me gusta decir que el cine de EE.UU. es el que fija estereotipos, porque existe el cine independiente, los documentales, que muestran una realidad con matices. En cambio, sí puede decirse que el cine de los grandes estudios, el cine de industria que produce los blockbusters, toma pocos riesgos y tiende a tener miedo de representar el mundo en su complejidad. En el último tiempo, he visto cómo el cine documental ha ido ganado muchísimo terreno en las salas comerciales, y es un cine más arriesgado, más relacionado con el mundo que nos toca; refleja nuestro contexto. El cine de estudio ha dejado de reinventarse y de representar esa realidad. Pienso que lo que estamos viviendo ahorita es un momento donde el público mandó un mensaje: ha dejado claro que se quiere ver representado en la pantalla. Pero no de la forma caricaturizada que plantea el cine de estudio, que empezó a hacer estos elencos donde ponían un latino, un asiático, un afroamericano, y que parecían una reunión de las Naciones Unidas.

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-¿Y eso te parece un error?

-Por supuesto, porque claramente hay una condescendencia ahí terrible. El chiste es que las películas cuenten historias que hablen de la complejidad que vivimos en este mundo. De la diferencia racial a la que estamos expuestos todos los días, de la comunión que se da entre distintas culturas en un mismo espacio. Esa diversidad es la que hay que representar y creo que lo hicimos de forma muy efectiva en Rogue One.

-¿Aunque sea una franquicia, una película de ciencia ficción?

-Para mí la ciencia ficción siempre ha sido una gran herramienta para hacer comentarios sociales. En su momento, la génesis de Star Wars viene de una reacción a una época autoritaria, a los 70 en EE.UU., y hay muchos mensajes y códigos políticos en ella. Y lo padre de Rogue One es que en lugar de ser nada más que una película homenaje a Star Wars, decide modernizarse y hablar de lo que está pasando hoy. El rol de la mujer, la diversidad, el pueblo capaz de tomar el control y rebelarse. De eso va la película, y me siento muy orgulloso de haber participado en ella. Festejo la inteligencia y el riesgo que tomaron los productores y el director, de hacer una película que no es predecible.

-¿Cómo fue participar en una saga que viste de niño?

-Pues fue un sueño. No es que lo haya soñado, o más bien sí lo soñé muchas veces, pero ¡vamos! Esos sueños infantiles donde eras parte de ese mundo. Pero no pensé que me podría pasar siquiera. La verdad es que no la vi venir. Es de las mejores cosas que me han sucedido, porque yo estaba distraído pensando en otra cosa, y me dijeron: “Hey, ven acá, haz una audición”. Nunca imaginé que el director se podía dar el lujo de pensar en mí. ¿No seas cabrón, de verdad?, respondí cuando me ofrecieron la opción. Yo estaba en México tranquilo, haciendo mis cosas, no amanecí un día y le dije a mi agente: “Me enteré de que quieren hacer Rogue One, ¡yo QUIERO estar en esa película!”. Nada, nada que ver. Yo no me veía ahí. Y eso fue mágico, porque crecí con estas películas. Además, se movió algo muy importante en mi relación con mis hijos, sobre todo el mayor, de nueve años, que ya tenía una conexión con Star Wars, y que ahora con la película se profundizó. Esa es una sensación deliciosa: compartir tu trabajo con tus hijos.
Pero además yo mismo soy fan y fue alucinante. Estando ahí de repente tenía que recordarme que estaba ahí para trabajar, porque era como jugar cuando niño.

-Ahora se te menciona en Caracortada. ¿Viste las películas de Howard Hawks, de 1932 y de Brian de Palma, de 1983?

-Sí, claro, conozco las dos y me gustan, aunque son muy distintas. Es un poco temprano para hablar de eso, pero hemos estado en conversaciones…

-¿Te hace ilusión? Harías un rol que hizo Al Pacino, y antes Paul Muni…

-Trato de pensar en lo que ya me está pasando; si no, las decepciones son más grandes.

-Bueno, también trabajaste con Spielberg en The terminal (2004). ¿Cómo fue eso?

-Increíble, maravilloso. Es un tipo que disfruta cada segundo de la filmación. Es un niño jugando con sus juguetes, con una pasión y un nivel de entrega que se agradecen. Ves a alguien que ha hecho tanto, ha recorrido tanto terreno, y que sigue viviendo el cine con una intensidad casi infantil. Fue espectacular presenciar algo así.