• 15 abril, 2009

Hasta ahora no podemos asegurar que Frei o Piñera sean capaces de alcanzar la misma sintonía fina de Bachelet o Lavín. Tendrán que salir a la calle para sintonizar con las emociones de una población diversa.


Si hay algo que se puede valorar en Joaquín Lavín es que fue un visionario en cuanto al modo en que articuló política y personas. Sus encuestas en Las Condes para definir obras fueron sin duda un modo de participación que estaba latente en la población, pero que la elite no supo ver y más bien caricaturizó.

Para esa misma elite, la aprobación de Bachelet en las encuestas recientes tampoco parece entendible, desde el momento en que asumen que se trata de un mal gobierno: el Transantiago, la crisis y, salvo Velasco, una evidente falta de afinidad con sector o política pública alguna. Por tanto, la popularidad de la presidenta es atribuída a que es simpática, mujer, cercana o buena persona.

Pero algo más debe haber. Por lo pronto, consistencia. Bachelet ha tenido un solo rumbo y una actitud imperturbable frente a los bemoles y vaivenes de la agenda pública: no se podría decir que le hayamos visto dos caras distintas. Guste o no, tiene una agenda y un propósito claro, y nada la mueve de allí. Su agenda social no es transable, y ha sabido tomarles el ritmo a las personas, a sus preocupaciones e inquietudes. Y se lo agradecen.

Hasta ahora no podemos asegurar que Frei o Piñera sean capaces de alcanzar la misma sintonía fina de Bachelet o Lavín: las últimas apariciones de los candidatos no son auspiciosas. Al presentar los resultados del trabajo de Tantauco, el mensaje principal de Piñera no fue para la gente, sino para los propios tantauquinos: “prepárense, que en 11 meses van a gobernar”. Del mismo modo, tras ganar las primarias, Frei afirmó ser el indicado para que la Concertación vuelva a derrotar a la derecha. Decir que son auto-referentes es poco.

Esta forma de ver las cosas no hace más que activar la impaciencia de amplios sectores sociales, incitar a la volatilidad del voto e inclinarlo en cualquier sentido. Y el ritmo de la gente, ¿por dónde va?

Hacerse eco de las preocupaciones de la gente y montarse en sus pulsaciones no es fácil: el corcoveo puede resultar inmanejable. Pero en tiempos de crisis los liderazgos tienen precisamente ese objetivo. Son la guía que las personas necesitan para tener más control sobre sus vidas y reducir la incertidumbre.

En los últimos estudios de opinión de que dispongo, la incertidumbre crece de manera transversal y todos los segmentos sufren de niveles de arritmia, que la política no es capaz de abordar.

Así, tenemos una clase media alta que abandonó su decimonónica austeridad y se atrevió a entregarse a las experiencias del consumo. Como dijo un player del mundo financiero, “ahora todos son nuevos ricos”. Sin embargo, hoy muchos altos ejecutivos enfrentan la amenaza real de perder sus empleos. Al mirar por el espejo retrovisor, no pocos se preguntarán si no habrán ido muy lejos, y se replantearán el valor de una mayor conciliación entre trabajo y familia, entre ostentación y desarrollo personal.

La consolidada y meritocrática clase media, que se siente con derechos y capaz de asumir mayor protagonismo, comienza a darse cuenta de que sus estrategias no son del todo eficientes. De hecho, días atrás un medio de comunicación publicó un reportaje sobre los nuevos ejecutivos meritocráticos en el cual, sin embargo, se citaba sólo a un personaje de importancia. El resto correspondía a gerentes de segunda y tercera líneas. Entonces, no es extraño que este segmento se pregunte: ¿cuál es el candidato que ofrece al mismo tiempo más tolerancia y mayor espacio para la creatividad y el emprendimiento?

Los sectores medio-bajos, que han desarrollado su propia y más artesanal meritocracia (de hecho, ellos son los verdaderos nuevos chilenos), y que por tanto esforzarse para incorporarse a su modo a la modernidad es probable que hayan tomado más decisiones de las que puedan manejar y sean los más expuestos en esta crisis. Mientras ajustan sus ritmos para no desbarrancarse, ¿quién los atiende?

Los pobres ya no creen así no más en las promesas de mayor equidad. Siguen a la espera de dar un salto y de ser integrados plenamente al sistema. Velocidad están pidiendo.

Para Frei y Piñera, el reto es tomarle el pulso a estos mundos diversos y poder responder a la pregunta por el futuro que contienen. Tendrán que salir a la calle para sintonizar con las emociones de unos y otros. Tendrán que buscarlas entre los 22.000 santiaguinos que corrieron por las avenidas de la capital, o entre las 500.000 personas que fueron a ver a sus artistas en una semana seguida de conciertos; o entre los vecinos de Vitacura que obligaron a la autoridad comunal a realizar un plebiscito para rechazar por una abrumadora mayoría el nuevo plan regulador; o en la conmoción generada por el caso de Felipe Cruzat, que nos confrontó con la donación de órganos, que ha dejado de generar indiferencia; o entre los bloggeros y las redes, que se han movilizado en contra de las cadenas de farmacias. Ahí están las pulsaciones por segundo que son parte de una modernidad que integra los nuevos ritmos con que se mueven las personas.