• 9 junio, 2016

Director Revista Capital

Ya lo hemos comentado antes en este espacio. Que un número no menor de casos judiciales y escándalos que hoy copan la agenda nacional tengan nombre de empresa es un asunto ingrato e injusto. Ingrato e injusto, porque subliminalmente esta situación ha estado horadando la imagen de la empresa, entidad clave para que la creatividad e innovación se abran paso produciendo progreso y bienestar para la humanidad.

Es cierto que no siempre y no todas las empresas han sido dechados de virtudes. Sería ridículo sostener aquello a la luz del enorme reguero de impactos sociales y ambientales; de los casos de abuso y corrupción. Pero igualmente ridículo sería sostener que la empresa no ha estado evolucionando y que en ese proceso, al igual que en la evolución natural, la supervivencia se ha estado asociando no a la que sea más fuerte y salvaje, sino que a la más adaptativa.

Ese proceso de transformación se manifiesta, por supuesto, en las grandes compañías, que ya no se entienden como engranajes gestionados con la única idea de maximizar las ganancias de los accionistas para el cierre del ejercicio anual, sino que como entidades que se deben proyectar en el tiempo y cuya creación de valor no puede ser indiferente con un entorno que es cada vez más exigente en términos de responsabilidad social y ambiental.
Pero así como el mundo de las empresas tradicionales se encuentra en medio de esta transformación; a otro nivel, en el de los nacientes emprendimientos, estas mutaciones también están formando parte del material genético de las empresas. No son pocas las iniciativas empresariales que desde su concepción se definen como la combinación de un legítimo afán de lucro, con la búsqueda de soluciones a los problemas sociales y ambientales de la comunidad.

Un caso emblemático de este tipo de empresas es el que ilustra la portada de la presente entrega de Capital. Algramo tuvo en su origen, como casi toda gran idea, un destello. Un chispazo que iluminó y fundió lo que en un principio eran intuiciones y que al poco andar dieron forma a una amalgama que adquirió impulso propio de la mano de jóvenes con iniciativa y convicción. Hoy, su empresa no sólo tiende redes a lo largo y ancho de nuestro país, sino que también se consolida en otros mercados, en donde el modelo saca aplausos y se extiende reduciendo un impuesto: el impuesto a la pobreza. •••