Después de una vida coqueteando con polémica, escándalo y gran arte, el director Lars von Trier parece estar recibiendo de su propia medicina: The House That Jack Built, su nueva película, ha sido tan atacada como defendida y no está claro si su autor saldrá ileso del entuerto.

  • 6 diciembre, 2018

Durante mucho tiempo pensé que era judío, y finalmente resultó que no, resultó que era un nazi, que mi familia –Hartmann– era de origen alemán. Qué les puedo decir… entiendo a Hitler. Puedo imaginármelo sentado en su búnker, cerca del final… Déjenme terminar, lo que estoy diciendo tiene sentido… Sé que es un tipo malo, pero creo que puedo simpatizar un poco con él. No por lo que hizo en la Segunda Guerra Mundial, claro… Créanme, no estoy contra los judíos… Eeemmm. ¿Cómo hago para terminar lo que estoy diciendo?”.

Demasiado tarde. A esas alturas, en mayo de 2011, en plena conferencia del Festival de Cannes, Lars von Trier se encontraba con el agua hasta el cuello. A su lado, los actores de Melancholia –la película que el director danés había traído a la competencia– estaban entre lívidos e incrédulos: en su intento por hacer un chiste, o al menos eso fue lo que explicó más tarde, el cineasta lo echó todo por la borda. El duro trabajo de un par de años, la credibilidad de su elenco, la confianza de un festival que a principios de los años 90 lo había convertido en una superestrella del medio y, muy probablemente, su propia sensación de ser infalible, de tener siempre la razón. A las pocas horas, Thierry Fremaux –director del festival– pidió excusas públicas y aprovechó de anunciar que el realizador había sido declarado persona non grata y que, por lo mismo, le habían solicitado marginarse del evento. Caso cerrado.

O tal vez no, porque en mayo pasado y tras siete años de ausencia, Von Trier volvió con un nuevo filme al festival, The House That Jack Built, y obvio: le fue imposible pasar desapercibido. Por cierto, en esta ocasión midió sus palabras al milímetro, pero la película –el gráfico relato de las correrías de un asesino en serie, encarnado por Matt Dillon– habló por sí sola ante audiencias y un jurado que ya venían sensibilizados por los escándalos de abuso en Hollywood y la discusión en torno a temas de género. Cerca de un centenar de asistentes a la función de estreno, simplemente se pararon y se fueron. Los que se quedaron hasta el final, sin embargo, le brindaron al responsable una ovación de diez minutos. De pie. Y la cosa no terminó ahí. La batalla entre los amigos y enemigos de Jack continuó al día siguiente, cuando comenzaron a aparecer las críticas, las más dispares –por lejos– de todo el festival: mientras algunos la declaraban poco menos que una obra maestra, otros la denunciaban como una brutalidad, un asqueroso baño de sangre que había que limpiar y olvidar lo antes posible.

El escándalo continuó por varios días, y el festival –muy herido tras su polémica con Netflix, que había decidido automarginarse de la cita– decidió aprovechar la polémica al máximo. Porque, en el fondo, en eso consiste el juego de invitar a Von Trier y sus películas. Con él a bordo, el show y la cobertura del show deberían estar asegurados, ¿no?

 

Los excesos de Lars

Bueno, todo depende.

Hasta hace unos diez o quince años, todo lo que Von Trier filmase concitaba atención. Mal que mal se trataba del director que había renovado la idea del melodrama con extraordinaria Breaking the Waves (1996), pionero de la televisión de autor con The Kingdom (1994-97), uno de los padres del movimiento Dogma 95 y el hombre que fue capaz de conseguir para Björk una Palma de Oro a mejor actriz por Bailarina en la oscuridad (2000). En ese mismo lapso, Von Trier se convirtió además en uno de los escasísimos cineastas europeos en realizar una exitosa transición hacia el mercado anglo (gente como Polanski, Herzog y Louis Malle pertenecen a ese exclusivo club) y, aunque nunca fue un favorito del Oscar –no es que le importara mucho–, su nombre se volvió sinónimo de audacia, estilo y calidad artística. Pero claro, toda historia tiene dos caras. Siempre existió la sensación de que el danés aprovechaba su evidente talento visual para alimentar un culto a la personalidad (al inicio de sus películas, su apellido usualmente va en letras tan grandes como el título de la obra) y más aún: a propósito de toda la locura desatada por las cintas Dogma y su supuesto retorno a la simplicidad audiovisual, no faltó quien le acusara de charlatán, aprovechador e incluso traidor a los principios inspiradores del movimiento. En cuanto a Björk, en octubre del año pasado la cantante publicó en Facebook una detallada descripción del hostigamiento al que el cineasta la sometió durante el rodaje, y que incluyó desde insinuaciones hasta un intento de entrar a su habitación de hotel a través del balcón.

Es con esa mochila a cuestas –cargada de acusaciones, rumores y la necesaria cuota de escándalo–que La casa que Jack construyó está llegando a salas. Tal vez la culpa la tiene el propio cineasta, quien por años ha alimentado la idea de que sus obras son una precisa extensión de sí mismo, y la nueva película no es la excepción: articulada en torno a cinco incidentes (asesinatos), narrados por un Jack fuera de cámara a un sujeto llamado Verge, las “aventuras” de este sicópata con trastorno obsesivo compulsivo bien pueden ser leídas como las etapas de inspiración, formación y florecimiento de un artista en busca de estímulos que alienten su creatividad. No es broma. De verdad que Von Trier se aplica a fondo en su idea de relacionar el asesinato con la búsqueda de la perfección, la satisfacción de impulsos irrefrenables y la realización personal. No es que esté pisando territorio nuevo: Hitchcock se pasó una vida explorando esos límites (y en su esfuerzo llegó más lejos que nadie), pero la diferencia es que el danés está haciéndolo aquí y ahora, en un tiempo y lugar donde el tema se ha mediatizado, extremado y reciclado a tal punto, que quien quiera abordarlo con un mínimo de ambición de inmediato despierta sospechas.

En el filme, de hecho, Jack despliega un cuidado extremo para no presentarse como un equivalente de Norman Bates (Psicosis), Hannibal Lecter, Mickey y Mallory Knox (Asesinos por naturaleza), Patrick Bateman (American Psycho) o el Zodiac Killer. Desde el momento en que liquida a su primera víctima –una mujer interpretada por Uma Thurman, que al toparse con él le refriega en la cara su look de asesino serial, hasta que este no soporta más y la golpea con una gata de auto–, desde ese primer encuentro, se instala en Jack la idea de convertir esto en una suerte de proyecto, una actividad a la que podrá dedicarse con abandono e intensidad obsesiva, tal como otros se vuelcan sobre la construcción, la pintura o el atletismo. No está en su interés cometer el crimen perfecto; más bien al revés: con cada muerte va en aumento su descuido, su desdén e indolencia. A medida que apila los cadáveres en un enorme refrigerador industrial persiste su duda de si “está volviéndose mejor en esto”, de si acaso existe un incentivo, un móvil que lo separe de la vulgaridad que todo el resto del mundo aplica a la hora de ocuparse de sus propios asuntos. Busca –en vano– un motivo sicológico, algún trauma infantil que le entregue alguna a pista en torno a su sed de sangre. Hablando con Verge cita los poemas de William Blake, se entusiasma con la pasión pianística de Glenn Gould, los métodos para levantar catedrales y las numerosas reglas de la caza, pero nada en ese torrente de “cultura”, fechas, datos e información se revela como la gran metáfora que necesita para justificarse. No parece existir un método detrás de su locura. Es más, cabe la posibilidad de que, muy a pesar de sus propios deseos, Jack sea un “mal asesino” y por extensión un artista mediocre en su medio. Un gusano.

Von Trier ya había transitado por esa ruta en uno de sus proyectos más fustigados, Nymphomaniac (2014). Allí, y tal como hace Jack con Verge, la ninfómana del título (Charlotte Gainsbourg) va narrando su vida y obra al sujeto que acaba de rescatarla de una feroz golpiza, construyendo una suerte de “camino de imperfección” al que ella puede ser fiel, un espacio en el que habitar un mundo que se le revela infernal.

Ojalá Jack tuviera esa suerte. Si previo al estreno, Von Trier mencionó en diversas entrevistas que su criatura era “un reflejo del reciente ascenso del homo trumpus, producto de un mundo cruel y desalmado”, la verdad es que el filme llega aún más lejos: en su compulsivo intento por llenarse de contenido, de motivos, de sentido, Jack acaba desintegrado como personaje, dejando al filme al borde del abismo, sin jamás precipitarse al fondo. Como suele ocurrir en estos casos –y como lo prueba el mejor cine de Von Trier–, la vista desde allí quizás sea magnífica, pero basta un pequeño empujón para mandar todo al despeñadero.

A veces me pregunto si Von Trier se atreverá a dar ese empujón, de una vez.