Por: Sergio Jiménez Moraga Juan Agustín Figueroa, “Cucho” como todos cariñosamente lo llamábamos, era un ser lleno de notables cualidades humanas, sincero, claro y preciso en sus valores que heredó de una familia laica, republicana y democrática, donde como en un arcoíris se daba la escala cromática de valores y formas de existencia. Se educó […]

  • 4 agosto, 2016

Por: Sergio Jiménez Moraga

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Juan Agustín Figueroa, “Cucho” como todos cariñosamente lo llamábamos, era un ser lleno de notables cualidades humanas, sincero, claro y preciso en sus valores que heredó de una familia laica, republicana y democrática, donde como en un arcoíris se daba la escala cromática de valores y formas de existencia.

Se educó en el Colegio Alemán, donde era uno de los pocos alumnos sin ascendencia germana. Ahí aprendió el idioma alemán que dominaba ampliamente y adquirió la disciplina del trabajo y del cumplimiento de los deberes. De sus padres, heredó el cartesianismo de la duda y el pensamiento racional.

Siendo notables sus condiciones para relacionarse y crear a su alrededor un ambiente cálido, fraterno y respetuoso donde la dignidad del ser humano era un componente principal en las relaciones, destacaba su juicio certero, agudo, con una dosis de amable ironía que fue una característica permanente.

Estudio Leyes en la Universidad de Chile y pronto fue nominado ayudante de cátedra y, ya recibido de abogado, profesor titular de derecho procesal, cátedra que ejerció más de 50 años.  Numerosas veces fue elegido por los alumnos como el mejor profesor de la facultad.

Siendo estudiante universitario ingresó al estudio de su padre, también prestigioso abogado, en calidad de procurador. Su estudio, que presidió por varias décadas, es uno de los más prestigiosos. Notables fueron sus alegatos ante la Corte Suprema, a los que asistían para escucharlo colegas y alumnos.

Con Marcela Elgueta, con quien compartía ideales, formó un matrimonio unido, creando un hogar cálido donde se reunían domingo a domingo familiares, amigos, correligionarios, alumnos y colegas en un ambiente fraterno y con abundantes viandas, principalmente chilenas, a las que era especialmente adicto, regado con el infaltable Santa Rita que paladeaba con deleite.

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De gustos claros y definidos, formó una colección de platería notable de espuelas, estribos, jarrería y potes de distintas culturas, pero donde predominaba lo nacional.
Desarrolló una biblioteca jurídica notable y no menos lo es la de literatura, poesía, historia, filosofía y arte. Era su lugar de refugio para meditar, leer y para preparar sus escritos jurídicos.

También creó una pinacoteca, principalmente de pintura nacional de gran calidad, que adorna todos los muros de su casa.

Su amor por el campo lo convirtió en empresario agrícola y forestal. Desde los años sesenta inició tempranamente el cuidado del bosque nativo de Pichi Pellahuen, en el corazón de la Araucanía.

Durante el gobierno del presidente Patricio Aylwin fue integrante del gabinete como ministro de Agricultura.

En lo gremial, se destacó como dirigente del Colegio de Abogados, donde junto a Patricio Aylwin, Raúl Rettig, Jorge Ovalle, Gonzalo Figueroa y otros notables del foro, entregaron su apoyo al gremio. Participó activamente en el grupo de los 15 que luchaban por la restauración de la democracia, preparando una Constitución para el Chile que querían.

Ingresó al Partido Radical en 1952 y fue destacado presidente del Comité Político y vicepresidente del partido. Miembro distinguido de la Masonería, fue presidente de su Logia y alto directivo de la Gran Logia de Chile.

Amigo de Pablo Neruda, a su muerte creó la Fundación Neruda que presidió hasta hace pocos meses. Impulsó la creación del Premio Internacional de Literatura Neruda que se otorga anualmente en Chile.

Director de importantes empresas productoras chilenas, como Elecmetal, Viña Santa Rita, Cristalerías Chile y otras transcendentes sin fines de lucro, como el Consejo de Defensa del Niño, Automóvil Club de Chile, Club de la República, entre numerosas otras que lo designaban por su compromiso y notable sabiduría.

Incursionó con notable éxito en el periodismo, fundó la revista Cauce y también el exitoso diario El Mostrador con jóvenes abogados de su oficina.

Tenía un amplio destino elíptico por sus múltiples talentos, pero se dedicó con pasión al ejercicio profesional de abogado que lo distinguió como uno de los mejores del foro nacional

Ninguna oración, muy penosa por cierto, pero propicia y necesaria para despedir a un amigo tan querido, a un ciudadano ejemplar, a un hombre tan virtuoso, puede omitir lo que siempre debe decirse de los grandes hombres.

Porque lo conocí profundamente, porque fuimos amigos por más de setenta años, lo recuerdo hoy con la alegría de que haya existido y agradezco la fortuna de haberlo conocido y, más aún, de haber sido su amigo, y lo recuerdo también con la profunda gratitud por la herencia que su ejemplar vida nos lega, tan hermosa e imperecedera como será su memoria.

Esta breve síntesis de lo que fue, de lo que hizo y lo que significó “Cucho” para Chile, es un deber que me imponen los más de 70 años de ininterrumpida y profunda amistad. •••