Un grupo de diputados de distintos colores presentó un voto para cambiar el régimen político y avanzar hacia una suerte de parlamentarismo. Un tema discutido sin éxito en varias ocasiones, pero que no les lleva a perder las esperanzas, como lo demuestra el diputado socialista Marco Enríquez-Ominami

  • 5 octubre, 2007

Un grupo de diputados de distintos colores presentó un voto para cambiar el régimen político y avanzar hacia una suerte de parlamentarismo. Un tema discutido sin éxito en varias ocasiones, pero que no les lleva a perder las esperanzas, como lo demuestra el diputado socialista Marco Enríquez-Ominami.

 

Hoy es posible pensar una Constitución que surja del consenso ciudadano, más aún si diputados de todos los partidos y credos, fuimos capaces de presentar un histórico –aunque no único– proyecto de acuerdo en el Parlamento para revisar, estudiar, mejorar y quizás hasta cambiar nuestro sistema o estructura de participación política.

Al igual que más de la mitad del Parlamento nacional, estimo que Chile se merece una democracia de calidad. Las tres Constituciones que nos han regido no consiguieron un justo equilibrio de poderes. La de 1833 fue desvirtuada por la elección de casi la totalidad del Parlamento por parte del presidente. La de 1925 es producto de la imposición militar, que nos llevó a un régimen presidencialista de doble minoría. La de 1980, impuesta, instala una monarquía presidencial, que desvirtúa el papel fiscalizador del Parlamento.

Nuestro régimen político constituye una rara ave en las democracias occidentales. Todas suponen dos principios fundamentales: un sistema de frenos y equilibrios, que impide el absolutismo de un poder sobre otro, sea éste el Ejecutivo o el Parlamento; el segundo, supone que todo poder implica responsabilidad política.

Pero acá el presidente concentra poderes ejecutivos, legislativos y, además, burocráticos: una serie de funcionarios dependen de su confianza y los ministros son secretarios de Estado nombrados por el presidente. El único contrapeso que posee la Cámara son las acusaciones constitucionales, pero que están limitadas a graves delitos como traición a la patria, atropello a la Constitución y grave abandono de deberes. La Cámara posee solamente la facultad de formar comisiones investigadoras e interpelar a ministros y altos funcionarios sin que implique responsabilidad política de aquellos.

¿Cuál sería el régimen político más adecuado a la democracia chilena actual? El parlamentarismo carga con el peso histórico del régimen plutocrático de asamblea –1891 y 1925– además que en Chile es necesario asignar un rol importante al presidente de la República. Por consiguiente, el régimen adecuado sería un dualismo –jefe del Estado y jefe de Gobierno– con correctivo presidencial, como lo denomina el cientista político Humberto Nogueira. Este régimen se ha aplicado en Francia desde 1958, demostrando capacidad para superar mayorías diferentes entre el presidente de la República y la Asamblea Nacional (cohabitación en los años ‘80). Hoy, al ser elegido el presidente y la Asamblea con muy poca diferencia de tiempo –apenas un mes– es casi seguro que el jefe del Estado y el jefe de Gobierno pertenezcan a la misma mayoría, lo que mantiene la estabilidad del régimen. En el caso de Chile, creo necesario agregar algunos elementos de la denominada “democracia directa” para promover la participación ciudadana, entre los cuales se pueden contar la revocación de los mandatos parlamentarios y la iniciativa popular en la generación de leyes y plebiscitos.