La joven narrativa chilena escrita por mujeres se pone pantalones largos. Una nueva generación de autoras comienza a dar señas de identidad con una contundente oleada de novelas, cuya rompiente se ubica lejos del feminismo y de las posturas de género. Sepa quiénes son y qué piensan.

  • 14 diciembre, 2007

La joven narrativa chilena escrita por mujeres se pone pantalones largos. Una nueva generación de autoras comienza a dar señas de identidad con una contundente oleada de novelas, cuya rompiente se ubica lejos del feminismo y de las posturas de género. Sepa quiénes son y qué piensan. Por Marcelo Soto.

Probablemente el hecho más importante de la literatura chilena reciente sea la muerte de Roberto Bolaño hace cuatro años. El efecto de su irrupción y temprana despedida aún se siente como un big bang. Las réplicas prácticamente arrasaron con los restos de la nueva narrativa local –aquella notable generación que publicó con éxito en los 90–, dejando un vacío que hasta ahora nadie ha podido llenar.

 

Un poco ajenas al terremoto que provocó el autor de Los detectives salvajes, un grupo de autoras, todas nacidas alrededor de 1970, ha comenzado a despegar.

Sin énfasis en las cuestiones de género, que marcaron a las escritoras de décadas pasadas, ellas optan por desligarse de toda referencia al feminismo y apuestan por las posibilidades del relato, con una preocupación esencial por el lenguaje como signo de individualidad.

Más que la escritura sobre la escritura, interés que puede observarse en narradores jóvenes como Alejandro Zambra, Alvaro Bisama o Matías Celedón, a ellas las mueve escribir para descubrirse, para develar las zonas ocultas, no dichas y a veces ni siquiera imaginadas.

Novelas como Fruta podrida, de Lina Meruane o Av. 10 de julio Huamachuco, de Nona Fernández, hablan de la vitalidad de una generación de escritoras que no ha gozado de toda la atención que merece. Hay que seguirles la pista, porque tienen mucho que decir y lo dicen en sus propios términos, sin esperar a que les ofrezcan la palabra.

 

 

Perdidos en la traducción

 

La escena es potente: dos desconocidos se encuentran en un aeropuerto y se dan un beso. “No un beso cualquiera. Un beso en la sala de espera. Un segundo beso en la puerta de embarque de un vuelo de conexión. Me besó sin entender bien lo que decía ni las preguntas que intentaba hilar en su idioma. Beso efi caz. Beso de labios juntos, tiernos y tibios”.

Así comienza Geografía de la lengua, la segunda novela de Andrea Jeftanovic. La historia de un romance sin gramática ni folclor, sin familia ni amigos. Dos amantes solitarios, que no hablan el mismo idioma, acechados por la muerte –la historia comienza el 11 de septiembre de 2001–, un poco en el tono de los filmes de Kieslowski sumado al erotismo de Anais Nin. Jeftanovic nació en 1970 y es doctora en literatura por la Universidad de Berkeley.

 

 

-¿Como surgió tu novela Geografía de la lengua?

-Quise trabajar el cuerpo como un campo de batalla. Es el cuerpo de los viajeros que se desplaza, el cuerpo enfermo que se deteriora. También quise trabajar la relación de pareja, dos personas que se encuentran y se dedican a satisfacer lo que ese otro provoca, que es deseo, claro, pero también miedo, sospecha, jerarquía, dominación, intimidad, complicidad. Me resulta apropiada la polisemia del término “lengua” como campo lingüístico y cultural (el idioma), y como un órgano físico que sirve para la comunicación verbal y erótica.

 

 

-¿De qué manera te planteas frente al tema de género?

-Escribo por el asombro que me causa el lenguaje, me cautiva la fuerza que puede tener la composición de una frase. No tengo una “agenda” literaria. Como ciudadana tengo posturas muy claras pero cuando escribo olvido esas posturas para crear libremente.

 

 


-¿Quiénes son tus referentes entre los autores chilenos contemporáneos?

-Manuel Rojas, María Luisa Bombal, Carlos Droguett, José Donoso, Diamela Eltit… Roberto Bolaño no es un referente porque lo leí hace muy poco. Es interesante y sólido su proyecto. Lo que más me gustó de su obra fue Los detectives salvajes, pero no es un autor que me conmueva, que me alimente.

 

 

 

 

Huérfanos de Brooklyn

 

“Donoso es mi escritor latinoamericano favorito”, dice María José Viera-Gallo, autora de Verano robado, una de las sorpresas literarias del último tiempo. El libro, sobre jóvenes solitarios en un Santiago medio provinciano y asfi xiante, se convirtió en objeto de culto: “Se armó una red de lectores en internet fanáticos del libro”, cuenta la periodista radicada en Nueva York.

Veria-Gallo busca la honestidad de los personajes, antes que el artifi cio de la literatura. Dice: “Creo que faltan primeras novelas que identifiquen una generación tal como ocurre con algunos discos o películas. La literatura chilena más que críticos especializados, necesita fans”.

 

 

-¿En qué etapa se encuentra tu segunda novela?

-Hablar de un libro que no has terminado de escribir es como comentar una película por su sinopsis… Está ambientada en Williamsburg, Brooklyn y su protagonista tiene 30 años. Es la historia de los loops mentales y emocionales que se sienten cuando has perdido alguien importante en tu vida, en este caso una ruptura amorosa y el camino que lleva, como diría Proust, a curarte. La novela entera es como un largo jet lag existencial. El contexto es el barrio donde vivo, un micromundo cerrado de latinos, hipsters, artistas y rockeros visto desde la perspectiva de una inmigrante chilena desarraigada. Sin darme cuenta la empecé a contar al revés, y supongo que esa será su estructura: desde el final al inicio, o de atrás para adelante, que es como funciona la memoria.

Yo siempre parto de lo mismo: una sensación de algo… y luego avanzo hasta descubrir de dónde viene esa sensación sin saber el curso de la historia.

 

-¿Cómo nació tu vocación literaria?

-Escribo los cuentos o novelas que me gustaría leer. Supongo que si me sentara en el sillón de un psiquiatra descubriría el porqué real, ese que más duele confesar, pero creo que al haber tenido una infancia partida en dos, con dos hemisferios en la cabeza, el norte y el sur, escribir me permitía conectar lo que estaba desconectado. Hay un libro que leí cuando niña que fue una especie de epifanía para mí, El viejo y el mar de Hemingway. Descubrí que podías contar una historia tan simple y mínima como la de un viejo que se va de pesca. ¡Todo podía ser literatura!

 

 

-¿Qué libros te gustan o te gustaría escribir?

-Los libros que me iluminan, no los que necesariamente admiro literariamente. Iluminar para mí es que me revele algo de mi sensibilidad que de otra forma no hubiera descubierto. En la literatura japonesa, existe un término antiguo intraducible llamado “aware” que habla de la emoción que transmiten las cosas que son transitorias. La nostalgia que produce todo lo que está destinado a desaparecer, desde una nube al pasar a una conversación con un amigo que nunca más volviste a ver.

 

 

 

Mejor hablar de ciertas cosas

Lina Meruane ha dado un salto cualitativo con su última novela, Fruta podrida. Todo lo que en sus anteriores libros era promesa, con este relato se convierte en evidencia. Aquí hay talento y riesgo, tanto así que el prominente crítico peruano Julio Ortega ha dicho: “Una espléndida novela, que hace avanzar a la narrativa chilena nueva hacia un punto de no retorno”

 

{mospagebreak}

Nacida en 1970, Meruane vive hoy en Nueva York, donde cursa un doctorado en literatura hispanoamericana en la NYU. Fruta podrida, que ganó el Premio a la Mejor Novela Inédita en 2006 del Consejo Nacional, tiene una prosa precisa, que sin embargo va retorciéndose y ganando espesor como un fango. Es un viaje al corazón oscuro de la provincia y de la enfermedad, ese lugar sin contornos del que hablaba Donoso.

 

 

-La pregunta es arquetípica pero inevitable: ¿por qué escribes?

-Quizá empecé a escribir –no tengo ninguna certeza– porque mi infancia estuvo llena de sobresaltos. O quizá fue porque cuando regresé a Chile, a los 7 años, se me había olvidado el castellano y pasaba los recreos sumergida en unos libros que me gustaban tanto que los copiaba a mano. O porque en ese ejercicio de trascripción que luego fue el de mi propia escritura iba encontrando la libertad para dar curso a lo que, más tarde, por otros motivos, seguía sin poder verbalizar. Mi relación con la literatura está marcada, sospecho, por el hecho de no poder comunicar una serie de experiencias que ahora comprendo eran muy complicadas. Escribir ha sido un modo de convivir con eso y de reflexionar sobre asuntos que me perturban.
 

 

 

-Entre los escritores de tu edad la figura de Bolaño es insoslayable, sin embargo tú pareces más cercana a Diamela Eltit, ¿estás de acuerdo?

-La idea de que las referencias literarias de los escritores chilenos puedan ser sólo dos y que una tenga que elegir entre ellos –como si se tratara de dos sectas totalitarias– es absurda. Es extremadamente limitado, nocivo, y además literariamente falso. La literatura no se construye desde oposiciones radicales e insalvables, sino en la pluralidad de los discursos, las intersecciones, las contaminaciones de todo tipo.


-¿Compartes miradas o mundos con Andrea Jeftanovic, Nona Fernández o Alejandra Costamagna?

 

-Hay una situación curiosa y es que un número importante de escritoras y de escritores nacimos en 1970, algunos un año antes o después. Y ese período no es uno cualquiera: muy chicos nos cayó el golpe encima. Sin embargo ese hecho que podría servir de referente generacional nos golpea a todos de diferente manera, nos toca en distintos lugares, y al leer los libros lo que encontramos son escrituras muy diversas, miradas particulares. Tengo un enorme aprecio por las tres escritoras que mencionas, y me interesa mucho su trabajo, pero creo importante aclarar que mis afinidades literarias no están determinadas por cuestiones de género.

 

 

 

 

La aldea global

 

Quizá la mayor virtud de Av. 10 de julio Huamachuco, la nueva novela de Nona Fernández, sea el rescate de un barrio: aquel ruidoso, agobiante y caótico sector santiaguino donde se venden repuestos de autos, la mayoría copias, no originales, metáfora perfecta de un país tercermundista vestido de moderno.

 

Fernández, nacida en Santiago en 1971, ganó el Premio Municipal de Literatura en 2003, con su primera novela Mapocho, y tiene una destacada carrera como guionista, entre cuyos logros figuran las series Alguien te mira y Los treinta, de TVN.

 

 

-¿Cuál fue el punto de partida de tu nueva novela?

-Av. 10 de Julio parte como una mezcla de sensaciones incómodas. El ruido de las constantes construcciones del barrio, el calor de un taco, las horas perdidas en la cola del banco, las llamadas telefónicas ofreciendo créditos, paquetes de viaje, servicios de TV cable, seguros de vida. La carrera eterna al trabajo, al colegio, a la casa, al supermercado, al centro de pago, a la reunión de turno. El sabor de la comida congelada. La falta de tiempo, la falta de sueño, la falta de energía. La sensación general de habitar en una especie de trampa.

A eso se suma un recorte de diario viejo del año 1985. Un recorte con la fotografía de un grupo de adolescentes en la toma de un liceo. Una especie de aparición fantasmal que llega desde el pasado a cuestionar, a preguntar en qué nos hemos transformado 20 años después. Y luego la sabrosa imagen de 10 de Julio Huamachuco, una larga calle llena de repuestos. Y con ella la inquietante metáfora de haberse convertido en un repuesto más. La secreta y triste certeza de haber perdido definitivamente la pieza original que alguna vez fuimos. De este collage de imágenes, sensaciones, rabias, nostalgias y otras hierbas, nace Av. 10 de Julio Huamachuco.

 

 

-¿Cómo nació tu vocación literaria?

-Hay un goce total en el acto de la escritura. Sumergirse en ella es entrar en un terreno misterioso, enigmático. Personalmente me gusta perderme en ese territorio, porque sólo perdiéndome en él logro encontrarme un poco. Escribir es habitar esa especie de dimensión paralela, ese reflejo o sueño, donde otras cosas son posibles y donde las piezas sí pueden calzar. Creo que la realidad está incompleta, y es ahí en ese lugar que es la escritura, donde puede llegar a completarse. A lo mejor escribo para eso, para completar las cosas, para buscar las piezas originales que se han perdido, para no ceder a la tentación de conformarme con un repuesto.

 

 

-¿De qué forma divides el trabajo literario y el televisivo?

-No es fácil dividir el trabajo entre la literatura y los guiones. Básicamente por un tema de tiempo y de remuneración. Por escribir guiones me pagan, por escribir novelas no, entonces los guiones financian mi trabajo literario, pero también me restan tiempo y energía de escritura. Trato de tomarme tiempos sabáticos para poder concentrarme en lo literario y también trato de elegir proyectos de guión que me permitan establecer algún tipo de diálogo con la instancia literaria. Ahora estamos trabajando para TVN un guión con la historia de una niña perdida. Eso indudablemente dialoga con Av. 10 de Julio Huamachuco y hace el trabajo más rico y estimulante.

 

 

 

Vida como hijo

 

Es curioso, pero una de las más lúcidas reflexiones sobre la paternidad que ha entregado la narrativa local reciente no vino de alguien que la haya experimentado. Alejandra Costamagna plantea en Dile que no estoy, finalista del Premio Planeta Casa América, la imposibilidad de ser hijo sin un padre, por más ausente que sea.

Esta prolífica autora, nacida en 1970, alcanza una voz propia en esta, su cuarta novela, cuyo tono le debe algo al sombrío dramatismo de Sonata otoñal, de Bergman: “Unas de las claves del libro vino de esa película, sobre todo de la escena donde la madre humilla a la hija, luego de su interpretación de un preludio de Chopin. Y le dice que su problema es que confunde el sentimiento con el sentimentalismo. Al protagonista de la novela le pasa lo mismo: le gusta Chopin, pero también Leonardo Favio”.

 

 

-El tema de la paternidad cruza tu novela Dile que no estoy. ¿Por qué decidiste escribir sobre un asunto aparentemente masculino?

-Sobre el tema de la literatura de género no me planteo mucho, la verdad. Hablar de escritura de mujeres lo encuentro un poco reduccionista. Me gustan autores o autoras independientemente de que sean hombres o mujeres. Escribir sobre la paternidad es como escribir sobre la memoria, sobre las pérdidas, sobre los deseos, sobre la torpeza o sobre los fracasos. Es un tema más. Importantísimo, fundamental, prioritario: pero un tema más. Me refiero a que es un tema que a la larga nos toca a todos. Todos somos hijos de alguien. Aunque no todos seamos padres.

 

 

-¿Crees que la figura de Bolaño ha ensombrecido a otros nombres que merecerían mayor atención?

-No creo que Bolaño haya ensombrecido nombres. Y si los ensombreció lo hizo de manera tan brillante que los pobres nunca más brillaron. En realidad me parece que fue al revés: Bolaño iluminó a muchísimos autores. Incluso cuando se peleaba con alguien lo estaba iluminando, porque estaba diciendo: “Hey, con éste hay que pelearse, a éste hay que atender”.

 

 

-¿Se puede hablar de una nueva generación de escritoras chilenas, nacidas a principios de los 70?

-No sé si se puede o no establecer una generación de escritoras ni de escritores cercanos a los 40. Por una parte pienso que es muy temprano para decirlo, y por la otra creo que esas categorías deben venir (si es que vienen) desde afuera. Me llama la atención, en todo caso, que se intente buscar conexiones entre las escritoras de tal edad y que nadie, en cambio, pretenda hacer lo mismo con los escritores de la misma edad. Nadie le pregunta a Patricio Jara, por ejemplo, si cree que tiene algo en común con Gumucio, con Zambra o con Torche, por poner un ejemplo. Hay una cosa medio encasilladora ahí, me parece. En todo caso, Bioy Casares decía que la teoría quedaba para los profesores y los críticos. Y que los escritores se conformaban con la práctica y punto.