La vocación popular de la carrera de Luciano Pavarotti logró el milagro que escasos cantantes de ópera han alcanzado: remecer por igual a serios expertos y al ciudadano común. 

  • 21 septiembre, 2007

La vocación popular de la carrera de Luciano Pavarotti logró el milagro que escasos cantantes de ópera han alcanzado: remecer por igual a serios expertos y al ciudadano común. Por Joel Poblete.

 

Es cierto: todo el tiempo está muriendo gente destacada en sus distintas áreas, pero en los últimos años los fanáticos de la ópera y el canto lírico tienen serias y particulares razones para estar de duelo permanente. La desaparición de figuras del pasado como Franco Corelli, Renata Tebaldi, Hans Hotter, Victoria de los Angeles, Piero Cappuccilli, Birgit Nilsson y Elizabeth Schwarzkopf, entre otros, han dejado “huérfanos” a cientos de admiradores, aunque es difícil que hayan conmovido al ciudadano común. Muy distinto es lo que pasó en las últimas semanas con la muerte de Luciano Pavarotti, que impactó tanto a expertos melómanos como a quienes nunca oyeron una ópera completa pero sí disfrutaron de sus recitales masivos, desde sus apariciones con los “Tres Tenores” hasta sus cuestionados espectáculos con estrellas pop como U2, Celia Cruz o Ricky Martin. Pavarotti era un icono, un referente popular casi tan emblemático como Maria Callas, legendaria soprano –de la que en estos días se recuerdan tres décadas de su fallecimiento– y figura diametralmente opuesta al tenor: a diferencia de ella, el italiano no revolucionó la interpretación teatral en la ópera (aunque, pese a ser un actor de limitada capacidad, tanto por dotes dramáticas como por su voluminosa figura, supo conmover en títulos como Un baile de máscaras y El elixir de amor). Ella nunca se aventuró en terrenos populares de manera tan abierta como Pavarotti sí lo hizo al menos en los últimos 15 años, pero ambos son parte de la idea popular que la gente puede tener de este género musical, y sus discos nunca abandonan las listas de los más vendidos en música selecta. Los dos tenían un carisma y una magia incuestionables, una capacidad de emocionar con el solo poder de la voz, que les permitió traspasar las barreras sociales y culturales para llegar a públicos mucho más amplios que los que podían cautivar en un teatro.

 

Aunque la triste, desilusionante y casi rutinaria trayectoria musical de Pavarotti en los últimos años fue un evidente golpe para sus admiradores líricos, nada podrá borrar la belleza y encanto vocal de sus mejores años, y para confirmarlo una y otra vez ahí estarán para siempre sus discos. Pocas veces cantó una ópera en un idioma que no fuera el italiano. Siempre estuvo en duda si sabía leer música o solo aprendía sus partes de oído, y su repertorio –unos cincuenta roles– palidece antes los más de 120 del incansable Plácido Domingo, amigo y colega con el que durante mucho tiempo se estableció una fuerte rivalidad pública. Su rango histórico no era demasiado amplio: abarcaba desde la primera mitad del siglo XIX a los inicios del XX, aunque supo incursionar en personajes de otras épocas, como su sorprendentemente Idomeneo o la breve intervención del “tenor italiano” en El caballero de la rosa, suerte de guiño a su propio mito y figura.

 

En 46 años de carrera no fueron demasiados los desaciertos, y quizás solo se podrían cuestionar sus, a veces, erradas y superficiales interpretaciones de roles que requerían material de mayor peso y dramatismo –como en Aida, Manon Lescaut, Andrea Chenier y Otello, o su débil Don Carlo que fue abucheado en La Scala de Milán en 1992– pero, salvo esos deslices, el mejor Pavarotti operístico se encuentra en sus grabaciones de bel canto junto a dos figuras clave en su carrera: la soprano Joan Sutherland y el director Richard Bonynge. A destacar especialmente sus Donizetti (Lucia di Lammermoor, El elixir de amor y La hija del regimiento, con esa aria en la que Luciano hizo historia con sus nueve do agudos), sus Verdi (escucharlo como el duque de Mantua en Rigoletto es un deleite; lo mismo su conmovedor Riccardo de Un baile de máscaras) y Puccini (calidez y emoción en La bohème dirigida por Karajan, espectáculo y bravura en Turandot con Zubin Mehta), así como también en roles italianos ligados a la escuela verista (I pagliacci, Cavalleria rusticana y La gioconda).

 

 

Su inmenso legado no se queda solo en la ópera, porque el aporte a lo popular fue mucho más valioso que sus mediocres recitales con ídolos pop de bajo calibre. Si uno se acerca sin prejuicios a las canzoni, un género típicamente italiano que ya tenía ilustres predecesores en las voces de Caruso, Gigli y Di Stefano, entre otros, y cuenta con títulos tan famosos como “O sole mio”, “Torna a Surriento”, “Musica proibita” y “Parlami d’amore Mariu”, se descubrirá que gracias las gloriosas versiones del “gran Luciano” éstas se convirtieron en verdaderas joyas de belleza, frescura y emoción.