Probamos la cosecha 2005 de Montelig, de Von Siebenthal, una mezcla en que el cabernet sauvignon va abriendo espacio al petit verdot y el carménère.

  • 8 agosto, 2008


Probamos la cosecha 2005 de Montelig, de Von Siebenthal, una mezcla en que el cabernet sauvignon va abriendo espacio al petit verdot y el carménère.

Probamos la cosecha 2005 de Montelig, de Von Siebenthal, una mezcla en que el cabernet sauvignon va abriendo espacio al petit verdot y el carménère. Por Marcelo Soto.

El abogado suizo Mauro von Siebenthal (en la foto) es uno de los tipos más honestos y sensatos en el mundo del vino nacional, que a veces peca de pretencioso. Mientras muchos vinos son lanzados como si fuesen obras de arte, proclamas en forma de botella que van a cambiar la cara de la industria o piezas de relojería que deben ser veneradas, este hombre de pocas palabras apela a cosas simples, como el equilibrio y el placer de beber.

Nada de filosofías alambicadas. Sólo el antiguo, y a veces olvidado, acto de destapar una botella y disfrutarla junto a un plato de comida, y que no desentone, que no busque protagonismo como esas actrices debutantes ansiosas de aplauso.

Estamos en el Zully, un restaurante ubicado en el barrio Concha y Toro, uno de los pocos lugares de Santiago que no se parece a nada que conozcamos en otra parte. No pretende ser París ni Nueva York ni Buenos Aires. “Yo creo que este sector es único, no lo he visto en ningún lado”, coincide von Siebenthal. “Y lo que me gusta de él es que está hecho a escala humana, sin excesos; todo está en su sitio y tiene una cualidad que yo intento buscar en mis vinos: el equilibrio. Que cada parte ayude al todo y arme un conjunto armonioso”.

Von Siebenthal está presentando la nueva cosecha de su vino insignia, Montelig, una mezcla tinta que lleva cuatro añadas en el cuerpo, donde la presencia de cabernet sauvignon ha ido decreciendo. Muy poco para hablar de historia, pero que le han bastado para ganarse un lugar entre los vinos chilenos, sobre todo si andan buscando algo distinto, personalidad antes que brillo o deslumbramiento.

Los cuatro Montelig están sobre la mesa y empezamos por la cosecha 2005 con 40% de cabernet sauvignon y partes iguales de petit verdot y carménère. Se siente algo cerrado y joven aún, así que el mejor consejo es guardarlo, con un poco de paciencia, porque se adivina que tendrá una vida larga por descubrir. La fruta es fina y sabrosa, con moras y algo de humo. Sin ser híper musculoso, posee un cuerpo poderoso que seguramente ganará distinción con el tiempo. A esperar, entonces.

Montelig 2004 (50% cabernet suavignon) es el mejor de la tarde, aunque todavía tiene espacio para crecer en la botella. La fruta es madura, con guindas en almíbar y unos tonos tostados muy bien amarrados, con harta fibra, pero fino y distinguido. En boca la frescura de la fruta se mantiene, con una acidez que llena el paladar y augura un porvenir todavía auspicioso.

Montelig 2003 (65% cabernet sauvignon) presenta ya aromas evolucionados. Alguien dice que tiene algo de Brettanomyces o “brett”, un tipo de hongo que para muchos es considerado dañino para el vino, si bien para otros, en cantidades mínimas, puede aportar complejidad. Si han abierto una botella y tiene un marcado acento animal, como a ratón mojado en sus peores expresiones, es probable que sea “brett”. En este caso, ese toque que podemos llamar salvaje no molesta. A mí, de hecho, me gusta.

El vino más polémico de la jornada, sin embargo, resulta ser Montelig 2002 (80% cabernet sauvignon), que proviene –a diferencia del resto, todos de Aconcagua– de Apalta, una de las zonas más caras y prestigiadas de Colchagua. Con esta botella, sin embargo, surgen dudas. Está bastante decaído y los aromas de la barrica, más el largo tiempo en botella, han terminado por disminuir la vivacidad de la fruta, que pese a todo sigue dando la pelea. El conjunto tiene una complejidad que gana en boca, donde se hace grato y fácil de beber.

Montelig cuesta alrededor de 28 mil pesos y es un vino que merece visitarse, igual que el barrio Concha y Toro, porque no se parece a otros.