• 3 noviembre, 2010


Me asusta que estos hombres pasen de un día para otro de una situación de euforia y bonanza a la dura vida que llevaban y que sientan el vacío y el hastío de haber sido motivo de una gran alegría, pero pasajera.


La situación experimentada por los mineros nos ha hecho vivir días muy intensos a todos los chilenos. La emoción y la alegría de verlos nuevamente después de su dramática experiencia podrían hacer olvidar la necesidad de analizar estos hechos a la luz de la razón y de sacar las consecuencias, para que un accidente de esta envergadura nunca más se vuelva a repetir.

Llama la atención, en primer lugar, cómo una tragedia puede convertirse en proeza. También, la inmensa capacidad que tenemos los seres humanos de aferrarnos a la vida, aun en las condiciones más difíciles. Los treinta y tres mineros lo demostraron con creces. Notables resultan la capacidad de organización que lograron al interior del refugio y su conciencia de que el bien común prevalece por sobre el personal. Lo poco que había se compartió, y ello habla muy bien de su talante moral. Resulta notable también que, a pesar del esfuerzo sistemático de silenciar a Dios o –al menos– sacarlo de la esfera pública cuando se trata de temas que realmente importan, ahí está… ¡y con qué fuerza! La fe en Dios fundada en Jesucristo y la devoción mariana forman parte del corazón de nuestra nación y quienes pretenden silenciar esta realidad fracasarán una y mil veces. La Iglesia Católica estuvo presente de manera silenciosa pero efectiva durante todo el proceso y fue consuelo y compañía para las familias que esperaban el milagro. Al interior de la mina, Dios fue su fortaleza y su refugio.

Es interesante constatar que, cuando de salvar una vida humana se trata, los cálculos económicos pasan a último lugar y aparece primero en la escala de valores el salvaguardarla. Ello echa por tierra esa idea de que todo se calcula según la lógica económica, y muestra que la verdad es otra: las cosas que realmente importan se mueven según la lógica del amor.

Este amor por la vida del otro adquirió cuerpo gracias a un excelente equipo de profesionales y técnicos que nos hicieron vibrar con la proeza nunca antes vista de penetrar la roca 650 metros y llegar al lugar donde se encontraban los mineros. El drama y la tragedia se convertían en alegría, en abrazos, en esperanza.

Tanta emotividad podría hacernos perder de vista que la causa de esta tragedia son acciones humanas propias de una sociedad que no siempre valora al trabajador, al punto de permitir que trabaje en condiciones de gran inseguridad. Este es el drama de millones de chilenos que se ganan el pan de cada día a costa de sus propias vidas. Si este drama –que terminó en una verdadera fiesta– nos llevara a promover en todo el país, lugares de trabajo a la altura de la dignidad del ser humano, sin duda Chile daría un salto cualitativo hacia la prosperidad y el desarrollo. Una sociedad que no logra que a través del trabajo el hombre se humanice es una sociedad inhumana.

La novedad del hecho hizo que cientos de medios de comunicación social se hicieran parte de esta hazaña sin igual. Algunos se mostraron muy escrupulosos a la hora de mostrar a las familias, sus dolores. Otros, más osados, buscando la nota que causara más impacto mediático, pero que no siempre coincidía con la búsqueda de la verdad.

Los mineros rescatados pasaron de víctimas de un sistema de trabajo muy precario a héroes. Todos quieren abrazarlos, tocarlos, invitarlos y tomarse fotos con ellos. Han recorrido lugares que jamás hubiesen soñado. Han sido objeto de regalos materiales y el centro de atracción de estas últimas semanas. Verdaderas estrellas. ¿Hasta cuándo puede durar? Vendrá la hora de sacar las cuentas y determinar quién ha actuado en todo este asunto tan denso de contenidos y de hechos, motivado por el cumplimiento de su deber y por el legítimo anhelo de ayudar a estos hombres en desgracia, y quién pensó que de este drama podía sacar alguna ventaja, como salir en la foto de la primera página que de otra manera no hubiese logrado. Los primeros estarán cuando pase la tormenta. Los demás, al no ver nada más que obtener, se irán. Llegada la hora de la verdad, ¿quién les brindará capacitación? ¿Quién les ofrecerá un trabajo más digno y seguro que les permita vivir junto a sus familias con decoro? ¿Quién los ayudará a sanar las heridas en el alma que dejan 70 días de encierro en condiciones infrahumanas? Esas son las preguntas de fondo y es justo hacérselas. La euforia está pasando o de seguro pasará, y vendrá la vida de todos los días y es allí donde se reconoce el valor de la fe, de la familia, de la comunidad y del párroco humilde que visitará sus casas. Allí también se reconocerá a quienes son los verdaderos amigos.

Me asusta que estos hombres pasen de un día para otro de una situación de euforia y bonanza a la dura vida que llevaban y que sientan el vacío y el hastío de haber sido motivo de una gran alegría pero, al fin y al cabo, pasajera. Creo que los medios de comunicación social tienen al respecto una gran responsabilidad. Tomar en cuenta a los mineros en la medida en que su presencia dé buenos dividendos y luego hacerlos desaparecer como si nada hubiese pasado los convierte en un mero instrumento. Lo que contradice radicalmente la causa última de la alegría de todo un país: en virtud de que son fin en sí mismo, todo el esfuerzo que se hizo para sacarlos con vida era necesario, sin escatimar recursos económicos ni preocuparse de apartar de sus importantes labores a ministros e ingenieros. No se dejen encandilar por los focos que nos los dejarán ver la luz del día y la paz de la noche.