• 22 abril, 2008

Una profunda crisis moral está a la raíz de los accidentes de tránsito: el incremento en el consumo de alcohol y el aumento de la violencia al interior de la familia. Por Fernando Chomalí.Una profunda crisis moral está a la raíz de los accidentes de tránsito: el incremento en el consumo de alcohol y el aumento de la violencia al interior de la familia. Por Fernando Chomalí.
Las fiestas de fin de año suelen enlutar a muchas familias y a la sociedad entera. Desde siempre, y en estas fiestas como nunca, hemos tenido que lamentar accidentes de tránsito con víctimas fatales, muchos de ellos vinculados al consumo de alcohol y al exceso de velocidad. Sumado a ello, mes a mes nos enteramos de asesinatos de todo tipo, especialmente contra las mujeres.
Todas las medidas de orden social y policial que aparecen frente a estos hechos son ciertamente muy positivas. ¿Cómo no reconocer el esfuerzo que hace Carabineros de Chile en su labor fiscalizadora? ¿Cómo no reconocer lo importantes que pueden ser las mayores exigencias a la hora de obtener la licencia o premiar al conductor que no bebe? Y para evitar la violencia al interior de la familia, ¿cómo no reconocer el apoyo que se da, por ejemplo, a través de un teléfono habilitado para ello?
Sin embargo, se ha de reconocer que el aumento del consumo de alcohol y el aumento de la violencia al interior de la familia hunde sus raíces en una gran crisis moral, la que brota de la ausencia del reconocimiento claro y público de todas las instancias políticas, sociales y académicas del valor inherente de la persona humana y su dignidad. Estoy cierto de que el reconocimiento del altísimo valor de la persona es, por lejos, la única forma para que nos respetemos y cuidemos los unos a los otros. Estoy cierto de que este tipo de conductas es una manifestación del vacío existencial que hay detrás de un conductor ebrio y temerario o de un joven agresivo que no sabe qué signifi ca ser hombre y vivir en consecuencia.
Una de las causas de esta forma de ver la vida y manifestarse es que existe un gran escepticismo frente a la posibilidad de conocer la verdad. La sociedad se ha convertido en un conjunto de normas que regula, como pueda, los deseos de las personas. El no reconocer que la realidad lleva en sí grabada una verdad que al hombre le corresponde aceptar y vivir, ha hecho que la libertad no sea lo que es, ordenar los comportamientos a la verdad, sino el cumplimiento de lo que quiero, cuando quiero y como quiero. Así, necesariamente, los más fuertes terminarán con los débiles. Sin verdad reconocible no hay auténtica libertad; se borran las fronteras del bien y del mal y se pierde el sentido de la vida dado que todo queda al mero gusto, de suyo pasajero y vulnerable.
Debemos preguntarnos cuáles son los fundamentos mismos de la sociedad que queremos construir. Si creemos que el fi n de toda actividad humana es el propio hombre, ha llegado la hora de actuar en consecuencia. Para ello, es una exigencia hacer prevalecer la realidad de que las personas valen por lo que son, y que desde allí surge la esencia de su dignidad. Ello conlleva a que se note que los más desvalidos son una preocupación de todos y no de la buena voluntad de los pesos que dejamos en el supermercado. Si creemos que realmente la persona es el centro de la sociedad, fortalezcamos en
todas las instancias educativas, formales e informales, el valor de las virtudes; es decir, el reconocimiento del valor del bien que somos capaces de percibir por la verdad que la realidad lleva grabada en sí misma y no por el benefi cio que me puede reportar. Si creemos que la persona es el centro de la sociedad, todos los ciudadanos, especialmente quienes tenemos relevancia pública, hemos de tener una vida volcada al servicio a los demás y no usar nuestras responsabilidades públicas para servirnos a nosotros mismos; ello, fundando siempre nuestro actuar en la ética. Para esto es urgente recuperar el amor por la verdad que nos llevará al amor al ser humano y al respeto que merece.