La última novela de Philip Roth, Elegía, confirma al autor como el principal escritor estadounidense en activo. Un libro durísimo sobre el declive de la vida y el sexo. por Marcelos Soto.   Si fuésemos pomposos, o quisiéramos usar una frase grandilocuente, del tipo que aparece en las solapas de los libros, diríamos que hay […]

  • 23 febrero, 2007

La última novela de Philip Roth, Elegía, confirma al autor como el principal escritor estadounidense en activo. Un libro durísimo sobre el declive de la vida y el sexo.

por Marcelos Soto.

 

Si fuésemos pomposos, o quisiéramos usar una frase grandilocuente, del tipo que aparece en las solapas de los libros, diríamos que hay dos artistas americanos vivos, ambos judíos, que merecen el calificativo de –perdonen la entelequia– “clásico moderno”. Uno es Bob Dylan. El otro se llama Philip Roth.

Igual que los discos del músico de Duluth, en Chile cada libro de Roth es esperado con devoción por un puñado de fanáticos, aún cuando raramente aparezcan en las listas de éxito. Sin ir más lejos, la librería Metales Pesados trajo a modo de adelanto una docena de ejemplares de su nueva novela que se agotaron en unas cuantas horas. La última copia, valga el dato como anécdota, fue adquirida por Carlos Peña, columnista de El Mercurio y rector de la Universidad Diego Portales.

Elegía –imprecisa traducción de Everyman, el título original– será lanzada oficialmente en el país en marzo y es de la clase de libros cuya lectura te deja adolorido, como si acabaras de recibir una paliza, con heridas que tardan en sanar o no lo hacen nunca. En apenas 150 páginas aparece de manera implacable la constatación de aquella verdad, fuera de la fe, la única que conocemos: que hemos nacido para vivir un instante en este planeta y que algún día moriremos.

Nadie como Philip Roth ha explorado la demolición interior que produce la cercanía del fin y su último libro lleva esa búsqueda hasta un punto casi indigesto. Algunos pueden alegar que hay algo masoquista en el camino hacia la nada que propone el relato, pero el autor es tan certero, tan dolorosamente sabio, que uno lo lee como se debe haber leído, a fines del siglo XIX, El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad.

La novela comienza con el funeral del protagonista, en un cementerio de Nueva Jersey, al que asisten diez o doce personas:

su hija adorada, única consecuencia de sus actos de la que nunca se arrepintió; el hermano mayor, de quien se alejó tontamente en los últimos años; un par de colegas de la industria publicitaria, donde alcanzó un notable éxito; una enfermera que fue su amante otoñal; los dos hijos del primer matrimonio que nunca le perdonaron el abandono y su segunda esposa, de la que estuvo realmente enamorado y dejó escapar por una pasión (por una chica casi 30 años menor) que resultó un desastre.

La gracia de esta opción narrativa –arriesgada, pues empieza con el desenlace– consiste en que inmediatamente el lector comprende lo siguiente: quien habla es el recién fallecido y, al mismo tiempo, el propio Roth. Desde ese momento la novela se hace irresistible, por más ingrata que sea. Al autor, que habla del sexo y la vejez con una sangre fría que espanta, le importa poco o nada complacer. Ningún escritor contemporáneo es tan duro y pesado.

Elegía, en cierta forma, puede leerse como un diario de convaleciente, un recorrido por los hospitales que el personaje central conoció desde la infancia, cuando tuvo una hernia, y en la treintena, tras ser operado de apendicitis, hasta su temprana decadencia física, pasados los 50, que comienza con un grave problema al corazón que es apenas el inicio de un ir y venir por centros de urgencia y pabellones de cirugía.

La novela se enlaza de muchas maneras con un título anterior de Roth, El animal moribundo, otro relato breve sobre la corrupción inevitable que acecha a los habitantes de la Tierra. Una mirada incrédula y llena de amargura, donde no hay espacio para la esperanza: “La religión era una mentira que él había reconocido como tal en su adolescencia, y todas las religiones le parecían ofensivas, y consideraba sin sentido e infantiles sus disparates supersticiosos; no soportaba su falta absoluta de madurez: el lenguaje pueril, la rectitud, el rebaño…”, dice el narrador.

Nacido en 1933, Roth ocupa un lugar único entre los escritores estadounidenses de hoy, a distancia de tipos recios como Don DeLillo o Cormac McCarthy. Su nuevo libro, aún en su brevedad y aparente egolatría, demuestra que el autor de Pastoral americana está en un gran momento, escribiendo como tocado por un rayo, rabiosamente inspirado, sin la menor misericordia. Quienes busquen consuelo deberían abstenerse.