El francés Patrick Modiano cuenta cómo se salvó en una novela breve pero gigante a la vez. POR MARCELO SOTO

  • 4 abril, 2008

Si han visto la película Los 400 golpes, de Truffaut, recordarán la escena fi nal del chico mirando el mar, sin saber qué le depara el futuro, pero al menos comprendiendo que ha dejado atrás una infancia miserable. Algo parecido le sucede al protagonista de Un pedigrí, la pequeñísima pero inmensa novela autobiográfi ca de Patrick Modiano, uno de los autores franceses que mejor ha retratado esa época turbia y canallesca del París tras la Segunda Guerra.

Que me perdonen si creen que les cuento el fi nal, pero este es un relato verídico y el lector sabe desde el principio que el protagonista, el mismo Patrick Modiano cuando niño, dejará con el tiempo los bajos fondos para convertirse en un gran escritor. La versión francesa de un caso como el de Tobias Wolff.

Un pedigrí es el relato casi autista de un muchacho que odia, sin desearlo, a sus padres, porque sus padres no lo quieren. Ningún hijo se merece tal padecimiento y el pequeño Patrick hace lo imposible por amar a ese par de adultos que lo trajo a este mundo. Un par de perdedores, dedicados a negocios sucios, ambos promiscuos y displicentes.

Modiano, quizá gracias a la literatura, perdona a estos padres desastrosos y escribe este libro, que tiene el brillo de un diamante encontrado en la arena, para aceptarlos, para comprenderlos. Y así va recordando su infancia como quien recuerda la lista de compras del almacén. De manera radicalmente fría, para no llorar, para no perderse.

“Y van sucediéndose acontecimientos mínimos que le resbalan a uno sin dejarle demasiadas huellas. Uno tiene la impresión de que todavía no puede vivir su vida de verdad y que es un recuerdo pasajero clandestino. Me vuelve el recuerdo de algunos retazos de esa vida de contrabando”.

El padre de Modiano siempre estuvo rodeado de bribones, planeando un golpe imposible, y nunca tuvo palabras amorosas para su hijo. Incluso cuando los detiene a los dos la policía, el muy mal parido acusa al pequeño para tratar de escabullirse.

Después de años de recibir todos los golpes imaginables, Patrick comienza a leer, a escribir, a ver una salida. En 1966 piensa: “Estábamos saliendo de un túnel, pero no sé de qué túnel. Y esta bocanada de aire fresco no la habíamos sentido en las anteriores estaciones. ¿Era acaso la ilusión de los que tienen veinte años y creen, una generación tras otra, que el mundo empieza con ellos?”. La respuesta soplaba en el viento.