A primera vista Somewhere –lo nuevo de Sofia Coppola– semeja sólo otra historia de “ricos y famosos”. Pero no hay que conformarse con las apariencias. Por Christian Ramírez

 

  • 22 febrero, 2011

 

A primera vista Somewhere –lo nuevo de Sofia Coppola– semeja sólo otra historia de “ricos y famosos”. Pero no hay que conformarse con las apariencias. Por Christian Ramírez

Cuando a mediados de septiembre pasado -y en su calidad de presidente del jurado del Festival de Venecia- Quentin Tarantino le entregó el León de Oro a Sofia Coppola por Somewhere, los gritos de protesta se escucharon claritos. Que el tipo había secuestrado las opiniones de sus colegas, que había votado poco menos que él solo, que le había regalado el premio a una amiga personal.

La duda era razonable: al director de Bastardos sin gloria le encanta promover el cine que él disfruta y entiende; las buenas, las malas, las feas y también la obra de sus cineastas regalones (de hecho, su adorado Monte Hellmann también abandonó el Lido con un premio especial bajo el brazo), pero si hay algo que no se puede cuestionar es su increíble ojo cinematográfico. Tarantino sabe hacia dónde “mirar” dentro de una pantalla, y el filme de Coppola le debe haber resultado una fiesta.

Lo que puede resultar curioso porque, en rigor, Somewhere es lo que los críticos llaman una película desnuda -en sus imágenes, sus personajes, su trama y hasta en sus diálogos-, despojada de cualquier cosa que entorpezca el desarrollo de un argumento que más parece propio de un cuento o de una novela corta que de un largometraje: Johnny Marco es un actor de éxito que reside permanentemente en un hotel de Los Angeles. Acaba de terminar una película (está en plenas labores de promoción) y en vías de empezar otra (acude a largas sesiones con los de efectos especiales).

El resto de sus días son esencialmente “a la espera” -conducir su auto, tener sexo casual, chequear sus mensajes-, ir por la vida como si ésta fuera algo que le ocurre a los otros y no a él; suspendido entre las ficciones que se han transformado en su trabajo y un devenir, una cotidianeidad, que de pronto se le ha vuelto casi abstracta. Cada tanto una ex pareja le lleva a Cleo, su hija de 11 años, con la que pasa alguna tarde o el fin de semana. Eso, hasta que un día le avisa que la chica se quedará, que ella se marcha por un tiempo. ¿Dónde? Ni Cleo lo sabe.

Contada así, la cinta parece otra más de esas comedias donde el “hombre-niño” descubre en un momento que es adulto y no tiene más que asumir los costos de esa transformación. El punto es que en Somewhere nada cambia mucho. Johnny sigue tanto o más disperso que antes y Cleo parece divertirse al contemplar ese mundo “playstation” en el que parecen habitar su padre y sus amigos: un lugar donde los personajes van de un sitio a otro sin mayor solución de continuidad. Parecen actores invitados en los episodios -en las anécdotas- de los otros, sin el menor asomo de una relación personal. Dicho sea de paso, Bret Easton Ellis debe estar feliz: pocas veces se ha visto en pantalla una representación más plácida y elástica del mundo que él suele retratar en sus novelas.

Tal como ocurre en María Antonieta –el notable filme anterior de Coppola, del que Somewhere es una suerte de cara B y película melliza–, la audiencia comienza a sospechar que la verdadera hecatombe se producirá no con la pérdida del precario y cómodo equilibrio, sino a partir del momento en que el protagonista comienza por fin a conocerse a sí mismo, a desplazarse en alguna dirección.

En aquella cinta sobre el fin de la monarquía francesa, los únicos momentos en que María Antonieta estaba consigo misma -libre de la agobiante omnipresencia de la corte- era mientras iba en su carruaje. Algo parecido le sucede a Marco (encarnado con total soltura por Stephen Dorff): el sujeto da vueltas y vueltas por LA en su Porsche negro, seguido siempre por la cámara a la misma distancia. No importa la velocidad a la que vaya, siempre parece suspendido, inmóvil. Lo mismo en su sesión de maquillaje de efectos especiales, en medio de una fiesta en su pieza de hotel o de amanecida mirando documentales por la TV.

Sus verdaderos problemas -y desafíos- comenzarán cuando empiece a moverse de verdad y abandone su red protectora. No ha faltado quien ha relacionado al personaje de Dorff con las angustias contenidas en los trabajos de Antonioni (comparación algo exagerada), las memorias de infancia de la directora (acompañando a su padre-realizador en los años en que el director del El padrino oficiaba de superestrella) y también con la hermosa Alicia en las ciudades, que Wim Wenders rodó en el ‘73 y de la cual seguramente se tomó la anécdota principal del adulto que queda súbitamente a cargo de un niña.

Todo eso está contenido en pantalla, pero es una persistente incomodidad -el escozor de alguien que parece haberlo tenido todo y más (como Johnny en la historia; como Sofia, en la vida real)- lo que alimenta y devora, como termitas, las emociones que lentamente va liberando el filme. No hay que sumergirse en honduras metafísicas para darse cuenta: Coppola prefiere exhibir esos sentimientos en la superficie, tan a flor de piel que corren el riesgo de disolverse y pasar inadvertidos.

 

Los "historiadores" Coen
Poco importa cómo resulte la postulación de Joel y Ethan Coen a los Oscar por su western Temple de acero: si es por llevarse la estatuilla, los hermanos ya tienen cuatro (tres por No country for old men y una por Fargo) y es probable que ahora se lleven otra a la mejor adaptación. Lo que de verdad impresiona es la forma en que su paleta creativa ha ido expandiéndose en la misma medida que su influencia en la industria.

Así como se metieron sin pedir permiso en el “terreno” de Clint Eastwood –cosa que cineastas como Spielberg o Scorsese todavía no han intentado-, también han visto cómo buena parte de la nueva generación de directores (P.T. y Wes Anderson, Alexander Payne, Spike Jonze) crece a su imagen y semejanza.

¿Dónde radica el secreto? La explicación es sencilla: por más que hayan posado largo rato como directores de cine independiente, los Coen tienen la fórmula industrial perfecta, ya que combinan tremendas habilidades técnicas con un declarado interés por el cine de género. En su currículum hay policiales (Fargo), historias criminales (Simplemente sangre), homenajes noir (El hombre que nunca estuvo), películas de época (Dónde estás hermano), comedias (Educando a Arizona), filmes de gangsters (De paseo a la muerte), cine arte (Barton Fink), remakes (El quinteto de la muerte) y así como van, la lista podría seguir extendiéndose.

Es más: en vista de que ordenadas cronológicamente sus películas cubren una larga porción de la historia estadounidenses, más de algún periodista se ha tentado con postular a los Coen como bizarros historiadores de su país. Y la verdad, no se equivocan. Lo suyo es la tipología, la comedia humana, el elogio del buen sentido y la oda a la estupidez. De lejos parece fácil, pero sabemos que no es así.