• 23 marzo, 2010


El mercado de capitales está preparado para hacer su aporte a la reconstrucción, no sólo en la
forma de donaciones, sino con su capacidad de invertir en bonos, acciones, fondos de inversión y concesiones, cuyo destino sean la recuperación y la reconstrucción de un Chile mejor.



Un terremoto como el que acabamos de vivir es una calamidad de la naturaleza. Un fenómeno natural, que no podemos pretender entender por qué Dios permite que ocurra. Un fenómeno que ha estado presente, marcando un surco hondo en la historia de nuestra querida patria. En los años 1939, 1960, 1985 y ahora 2010, han sido los casos en que con más fuerza se han manifestado en nuestra tierra, alterando el diseño geográfico
y urbano del territorio nacional. En nuestras ciudades, balnearios y campos, hay muy poca evidencia de construcciones con más de 150 años, no sólo porque hemos sido un país pobre, sino también porque la naturaleza, de cuando en vez, nos pega una remecida y obliga a reconstruir y renovar.

Esta historia se ha repetido muchas veces en Chile. Por eso, aunque duele ver el daño provocado y las vidas perdidas, podemos enfrentar esta nueva situación con resignación y también con esperanza. Esta es la primera vez que Chile afronta un fenómeno de esta envergadura con capacidad financiera, de gestión
(en los sectores público y privado) y con acceso a tecnologías de nivel mundial, para asumir el proceso de reconstrucción.

Una vez resuelta la etapa de la emergencia y se haya logrado resolver razonablemente los sufrimientos inmediatos de los más pobres, de los que han quedado más desvalidos, Chile tiene posibilidades reales de abordar un proceso de reconstrucción con mirada modernizadora y de largo plazo. Que permita ofrecer a
la generación actual y a la próxima descendencia de las ciudades y pueblos destruidos por este fenómeno un futuro mejor; con mejores hospitales y escuelas y un mejor diseño habitacional y urbano. En los terremotos pasados, cuando Chile era un país pobre, sin ahorros y/o sin capacidad para acceder a los mercados financieros locales o internacionales, la reconstrucción tenía que ser precaria: se hacía lo que se podía, con gestión poco calificada y recursos limitados. Hoy, el escenario es diferente.

En la historia de la humanidad hay muchos casos en que con capacidad creativa, talento y recursos, se han reconstruido o rediseñado grandes ciudades. Luego de la destrucción de Europa en la Segunda Guerra Mundial, ciudades en Alemania, Rusia y Francia fueron completamente reconstruidas y mejoradas. ¿Por qué no podría ocurrir algo parecido, obviamente ajustada la escala, con ciudades como Concepción, Talcahuano, Talca y Constitución? En el plano más rural, ¿cómo no vamos a poder rediseñar y levantar pueblos como
Peralillo, Curepto, o el valle de Colchagua y la zona de Arauco? Balnearios como Pichilemu, Iloca, Dichato, entre muchos otros, son lugares en que se puede reconstruir para que quede algo mejor. En estos días, los medios de comunicación nos han mostrado de frente la realidad arrasada de tantos lugares propios, que por tanto tiempo se han asociado con nuestra identidad patria. Ha quedado en evidencia la precariedad en que viven miles de familias a las cuales todavía no habían llegado la modernidad ni la bonanzas de los buenos años que había registrado la economía de Chile en el pasado reciente. Familias sin ahorros, de clase media acomodada, que necesitan hoy incentivos y motivación para que se puedan reinventar. Obviamente, esta no es una tarea sólo del Estado. El pueblo de Chile, sus ciudadanos, líderes
y empresarios, tendrán que trabajar junto a las autoridades, si queremos tener alguna posibilidad de que el fruto de esta tragedia sea un Chile mejor. En el plano puramente financiero, los inversionistas
han manifestado optimismo y confianza respecto de las posibilidades de que ello pueda ocurrir. El mercado
bursátil fue capaz de seguir funcionando con normalidad, sin perder un día de operación. Las valoraciones de las principales empresas de Chile han registrado variaciones menores (salvo excepciones en casos de empresas con poca profundidad) y han mantenido niveles cercanos y, en muchos casos, mejores que los que tenían antes de la tragedia. La comunidad de inversionistas extranjeros, que en los primeros días post terremoto se informaban por la prensa de la magnitud de esta catástrofe, estaban preocupados por futuro de las compañías en que participan. Sin embargo, en menos de una semana ya habían recuperado su confianza habitual.

El mercado de capitales de Chile está preparado para hacer su aporte a la reconstrucción, no sólo en la forma de donaciones, sino principalmente con su capacidad de invertir en bonos, acciones, fondos de inversión y concesiones, cuyo destino sean la recuperación y la reconstrucción de un Chile mejor. Esto es
posible, vamos a lograrlo.