Mirageman saca la cara por nuestro cine de género, aunque en el proceso le lleguen algunos balazos.

  • 19 marzo, 2008


Mirageman saca la cara por nuestro cine de género, aunque en el proceso le lleguen algunos balazos.

 

Mirageman saca la cara por nuestro cine de género, aunque en el proceso le lleguen algunos balazos. Por Christián Ramírez

 

Respecto del cine chileno, nunca está muy claro “en qué estamos”. Hace algunos años, con motivo del estreno de Machuca, la impresión era que por fin comenzaríamos a revisar nuestra historia en imágenes –y lo hicimos, pero con esos espantosos telefilmes de la serie Héroes–; un poco antes creímos que la mano iba por el destape y el auge de la picardía y las comedias sexuales, pero resulta que hoy hasta esos productos vienen revestidos de conservadurismo (Che Copete, Lokas). En su tiempo no faltó quien pidiera a voz en cuello que los cineastas nacionales se olvidaran de los grandes temas y se concentraran en pequeños filmes de género y, de a poco, el cine y la TV se poblaron de éstas; pero incluso aquí marcamos el paso, por desconocimiento de la rigurosa estructura de estas historias. Tanto así, que cuando aparece algo o alguien que las incorpora en forma natural es imposible no tomar nota de ello.

Ocurrió en 2005, cuando la dupla Ernesto Díaz/Marcos Zaror hizo de Kiltro una sorprendente cinta de acción “made in Patronato”, y la historia se repite ahora que el director y su actor arremeten con el estupendamente marketeado Mirageman.

Ambientado en un Santiago imaginario, en el que las noticias policiales se disputan los titulares con las de farándula y a veces son la misma cosa –pensándolo bien, eso no tiene nada de imaginario–, el filme sigue los pasos de un musculoso guardia de nightclub que se convierte en improvisado justiciero, en parte porque se lo debe a su hermano menor y en parte por una insoportable sensación de soledad. Nada que sea muy distinto al origen de muchos superhéroes de cómic, con la salvedad de que el ojo de los realizadores para reírse de nuestro subdesarrollo (al tiempo que se lo toman en serio) acaba por acercar al sufrido Mirageman al patetismo de Condorito más que al misterio de Batman.

 

El personaje, de hecho, resulta tan interesante que la propia cinta queda atrapada en su contemplación, al extremo que gira fuera de control cuando tiene que decir algo con sentido acerca del mundo del espectáculo y nuestra persistente obsesión por la violencia. Quizá es porque, como todo superhéroe, Mirageman encarna valores del pasado, algo que se perdió. La sola visión del héroe encaramado en una vieja micro amarilla rumbo a su próxima misión da cuenta de ello.