• 9 septiembre, 2011



La caída de las Torres Gemelas fue para el mundo como la caída bíblica de la Torre de Babel. Significó, en rigor, el inicio formal de una guerra que será eje del siglo XXI, pero que adquirirá muchas formas en su camino. No sabemos en qué puede terminar todo. Protestas en España, Chile, el mundo árabe. Será el cambio el que genere un nuevo paradigma.


El físico Thomas Kuhn publicó en 1962 su famoso libro La estructura de las revoluciones científicas, un texto clásico en casi todas las universidades. Ahí mostró que las ciencias no progresan siguiendo un proceso uniforme por la aplicación de un hipotético método científico, sino sobre la base de lo que llamó los paradigmas. Siempre hay uno dominante, pero nunca logra explicar todos los problemas que enfrentamos, y empieza así el desarrollo de una nueva teoría, digamos “no oficial”, una especie de “ciencia anormal” –como la llama Kuhn–, tratando de explicar esos fenómenos que la ciencia dominante no puede explicar. A medida que ésta avanza, va desafiado el paradigma oficial hasta que se forma uno nuevo que emerge de manera más o menos revolucionaria o radical, destronando al que estaba vigente. En las ciencias también hay política.

Pero hay una pregunta que agobia a los filósofos, a las disciplinas sociales y a los científicos. Una variante de la paradoja del huevo y la gallina. ¿Es la ciencia la que genera el cambio o es el cambio el que activa a la ciencia? Hoy, las apuestas señalan que al parecer no es el paradigma el que impulsa el cambio, sino que es el cambio el que mueve al paradigma. Esto no es trivial. Es una derivación de las teorías evolutivas.

La civilización humana efectivamente funciona a partir de paradigmas, los que se van instalando en la base arquetípica del lenguaje –o en el “órgano” del lenguaje, según diría Chomsky– donde operan nuestros mapas de la realidad. El lenguaje no es lo mismo que el idioma. Este último es sólo una herramienta de comunicación del lenguaje. El lenguaje es algo así como la arquitectura y la estructura de nuestras ideas sobre la realidad. Entonces, sólo “vemos” o entendemos de la realidad aquello que nos permite nuestro lenguaje. Por ejemplo: hoy vivimos en un uni-verso que se expande, y que, según la ciencia, se originó en el big bang. Eso no siempre fue así. En algún momento (aún, para muchos) vivimos en un universo creado por Dios, donde la tierra plana era su centro.

En la actualidad se avanza a la idea de multi-versos, lo que es un cambio radical de paradigma. Lo mismo ocurre con nuestras ideas de la materia, el tiempo y la sociedad. El paradigma de la familia, por ejemplo, está en proceso de cambio, así como la forma de organización del planeta.

La caída de las Torres Gemelas fue para el mundo como la caída de la Torre de Babel. Un hito simbólico de la Biblia que refleja aspectos de la arrogancia humana y que inicia entonces la gran separación de las culturas. La ira de Al Qaeda –y su demonización– contra los Estados Unidos arrasó con miles de vidas humanas inocentes y una gran parte del orgullo y de la dignidad americana. Bush, a su vez, los definió como el eje del mal.

Fue ese el inicio formal de una guerra que será eje del siglo XXI, pero que adquirirá muchas formas en su camino. Este año fue asesinado el maligno jefe de la red fundamentalista. También la ola democrática impactó a países tradicionales del medio oriente, con décadas de monarquías o gobiernos autoritarios que parecían infranqueables. Pero no sabemos en qué puede terminar toda esta corriente. Los españoles protestan sentados en la plaza central. Los ecologistas ganan terreno en un planeta que se ahoga. Los estudiantes en Chile ponen en jaque al gobierno. Los últimos estertores del marxismo se defienden en América latina en Cuba, Venezuela, Ecuador, y Nicaragua. El capitalismo lucha por reinventarse. Será el cambio el que genere el paradigma.

La vía rápida

La globalización avanza tan aceleradamente como la tecnología. Las redes sociales cambian la ecología comunicacional del mundo y, por ende, las bases del poder. Destaca la gran facilidad del acceso, pero va acompañada de la liviandad y la falta de argumentación profunda, por lo que sólo tiene mal pronóstico. La mente tecnológica colectiva avanza a pasos agigantados y las nubes de Internet capturan nuestros datos, información y conocimientos. Las viejas rutas ideológicas de la izquierda y la derecha desaparecen sin piedad. Las iglesias pierden feligreses y vocaciones sacerdotales. La economía y las finanzas se hacen completamente virtuales, desapegadas de las cosas tangibles, tal como se apreció en la crisis de 2008. Otra vez: será el cambio el que genere el paradigma.

Bueno, sucede que un nuevo gran paradigma al parecer está en gestación. Los paradigmas de que disponemos (científicos y sociales) simplemente ya no dan explicaciones coherentes a todos estos hechos, ni por separado ni menos en su conjunto. Es curioso, porque las derechas e izquierdas, primero producto de la guerra fría y luego de la tecnología, se fueron acercando más y más. Hoy es difícil saber qué es exactamente la derecha y qué la izquierda. Son categorías casi inútiles para el mundo actual.

Está emergiendo, en ese horizonte, un paradigma nuevo que va a desplazar a los actuales. Este proviene de la tecnologías digitales, de la velocidad enorme de la sociedad, de la increíble población mundial, de los increíbles estándares de consumo actuales, de la globalización que encubre todo lo anterior. ¿A dónde apunta todo esto? ¿A dónde va realmente la civilización? ¿Qué significa la inteligencia artificial? ¿Qué significan la clonación humana y los úteros artificiales? ¿Qué significa que los niños juegan con juguetes más inteligentes que ellos? Simplemente no entendemos el sentido de la civilización y de la vida humana tal como está ocurriendo. Esas preguntas se hacen cada vez menos. Entonces, ¿cómo vivir?

La sombría campanada de alerta de esta nueva era fue precisamente la caída de las torres. El mundo debió parar un poco para reflexionar. Pero no fue posible. Había que seguir… e incluso ir más rápido.

Producto de ese horrible campanazo, los sistemas de defensa y de controles encubiertos de la sociedad debieron aumentar de manera ostensible. En un primer momento, todos lo querían así. El peligro era demasiado grande. Nadie estaba ya nunca más seguro. Ataques en Inglaterra, en trenes en España. En cualquier lado, y en gran escala.

Internet seguirá avanzando más y más rápido. Web 2.0, 3.0, 4.0. Y cada vez, en esta evolución, se acumula allí toda nuestra información. Las cámaras están por todos lados, y por cierto en los teléfonos, oficinas, calles, instituciones. Los libros se hacen digitales como el dinero. La dependencia tecnológica es cada vez mayor; nuestra supervivencia ya depende inexorablemente de ella. Se producen unos 70 millones de autos al año y llegaremos a 100 millones. ¿Qué haremos con ellos? Pero esa industria no puede parar.

¿Hacia una dictadura global?

La libertad, amigos, no es un medio, sino un fin en sí mismo. Es la gran lucha del ser humano. Todo indica, sin embargo, que con las actuales tendencias mundiales, los conflictos y la intolerancia que observamos, la visión de una enorme dictadura global y tecnológica es casi inminente; digamos, a unos 30 años de aquí. La crisis de 2008 integró como nunca a los gobiernos. La crisis ecológica lo hace imperativo. Las telecomunicaciones ya son una infraestructura global. La automatización mueve cada vez más a las personas de la producción. Por otro lado, no podemos detener la velocidad, porque haría no viable a la civilización en su modelo actual.

Si bien el mundo es más seguro contra grandes actos terroristas, está por otro lado pagando esa situación con lo más preciado de sí: la libertad. Mi pronóstico del futuro es reservado, no quiero ser catastrofista. El consumo seguirá boyante, pero en realidad no logra satisfacer al alma humana, que sigue viva y cada vez más angustiada, porque la sociedad no le deja espacios reales para su desarrollo. El alma necesita tiempo y otra velocidad, que es justo lo que no tenemos. El desarrollo del alma enjuicia necesariamente el paradigma general actual. La respuesta no es el Estado, esa es la perdición final, el camino de la dictadura global. La respuesta son los valores, la auto regulación y el control. La verdadera libertad. El nuevo paradigma será la clave.

La sociedad del control externo está en pleno desarrollo. Las tecnologías que alguna vez fueron liberadoras e inspiradoras ahora se nos vuelven en contra. Es tiempo de volver a mirar hacia adentro del ser humano si queremos encontrar un equilibrio razonable. Es tiempo de despertar. Si no lo hicimos con el terrible campanazo del 11/9, entonces, ¿cuándo?