¿Qué hacías tú el 5 de octubre de 1988? Es la pregunta que muchos chilenos se están haciendo cuando se cumplen 30 años del plebiscito que marcó el comienzo del retorno a la democracia. Un encuentro fortuito con Pinochet, reuniones clandestinas en conventillos y un sistema de cómputos a punto de fracasar son algunos de los episodios protagonizados por opositores a la dictadura, que hoy se cuentan por primera vez.
Por Claudia Valle.

  • 26 septiembre, 2018

El extraño de pelo largo

En octubre de 1988, Enrique Krauss era vicepresidente DC y el responsable de las Relaciones Internacionales de su partido. Estaba abocado a las numerosas delegaciones extranjeras que llegaban a Chile no solamente a acompañar a la oposición, sino a servir como garantes del proceso. Pero a dos días de la fecha del plebiscito, una petición de Patricio Aylwin cambió completamente sus planes. El vocero del comando del NO le pidió, a quien más tarde sería su ministro del Interior, que se hiciera cargo de los contactos con el Partido Comunista. Aunque Krauss se resistió todo lo que pudo –estaba entusiasmado con su trabajo–, finalmente accedió. A la oposición le preocupaba lo que hicieran las Fuerzas Armadas tras conocer el resultado, pero también el camino que tomarían aquellas organizaciones menos convencidas de participar en el plebiscito, entre las que se contaba el PC y el MIR. El temor era que alguna de sus acciones sirviera de excusa al gobierno para obviar su derrota. Tardíamente el PC se había sumado al llamado a votar NO, pero en sus filas había sectores que no se sentían cómodos con la decisión y consideraban que la vía armada era más efectiva. En ese contexto, era necesario tener un diálogo fluido, sobre todo porque los comunistas controlaban la calle. Krauss, que era un dirigente de confianza de Aylwin, se sumó a un equipo que además integraban el actual presidente del PPD, Heraldo Muñoz, y el radical Mario Astorga. 

El 5 de octubre se realizaron tres reuniones con representantes del PC en la más estricta reserva. Si eran sorprendidos con dirigentes comunistas, todos habrían sido detenidos. El primero de los encuentros fue en una oficina en Huérfanos. El segundo, en un conventillo en Santa Victoria con Bustamante. Y el tercero, el más importante, en un departamento en Seminario, a última hora de la tarde. Allí, el ahora exministro llegó con los resultados que hasta ese momento tenía el comando. Sus interlocutores habían cambiado durante el día. Krauss no pudo disimular su sorpresa cuando vio entrar a un hombre de pelo largo, en quien minutos más tarde reconoce a Jorge Insunza, exparlamentario del PC, con quien compartió en la Cámara de Diputados, que usaba una peluca para no ser descubierto y que se distinguía por su calvicie.

Recuperado de la impresión, el DC planteó que los datos del comando demostraban que el triunfo del NO era contundente, pese a las declaraciones del subsecretario de Interior Alberto Cardemil. Por lo tanto, había que mantener la tranquilidad y no hacer nada que contribuyera a que no se respetara el resultado. El PC estuvo de acuerdo. 

Ahí no terminaron los contactos con los comunistas. Al día siguiente, mientras la dirigencia DC estaba reunida en las oficinas partidarias de Carmen 8, algunos manifestantes comenzaron a apedrear la embajada de Brasil en Alameda.  

Preocupado por lo que se podría desencadenar, Krauss llamó a uno de sus contactos para advertir de los riesgos. Al rato, la protesta había terminado.

También había inquietud por lo que pudiera hacer el MIR, que a diferencia del PC, siempre había respaldado la vía armada. Gonzalo Martner, el encargado de los cómputos del comando, era militante de ese movimiento en el momento del golpe militar. Y aunque en el exilio pronto giró hacia el socialismo, conservaba amigos ahí. Con ellos conversó en los días previos al plebiscito e intercambiaron datos para poder comunicarse el 5 de octubre. Eso fue lo que hicieron cuando La Moneda demoraba la entrega de cómputos y Televisión Nacional había puesto en pantalla dibujos animados. Estamos escuchando en la radio que ganó el NO, pero no hay información oficial, le plantearon a Martner. Créanle a lo que dice la Cooperativa, les sugirió. Ahí se calmaron los ánimos.   

Disquetes para las FF.AA.

La oposición necesitaba no solamente ganar el plebiscito, sino que ese resultado se respetara. Para ello, era determinante la posición que asumieran las Fuerzas Armadas ese día. Mientras más información fidedigna tuvieran, menos riesgos existían. Por ello, la DC resolvió mantener al tanto de los resultados que se recibían a dos ramas de las Fuerzas Armadas. Esa fue una tarea que asumió directamente Gutenberg Martínez. Instruyó el envío periódico de disquetes con los datos que se iban recopilando. Así, en la noche del 5 de octubre, los comandantes en jefe ya tenían claro cuál era el escenario.

En casa de herrero…

Votar muy temprano, pero sin correr el riesgo de que los dejaran de vocales de mesa, y luego partir al comando. Esa era la instrucción que el jefe metropolitano por el NO, Carlos Montes, les había dado a quienes conformaban su equipo la noche anterior al plebiscito. Una orden que él no podía cumplir porque debía chequear que todo estuviera funcionando en Santiago para la constitución de mesas, coordinación de apoderados y distribución de material, entre otras tareas  imprescindibles ese día. Pasaban las horas, el movimiento no bajaba y el actual senador seguía en el comando sin poder ir a votar. Cerca de las 17 horas partió a La Florida. Cuando llegó al Colegio Santiago Bueras, en San José de La Estrella, los vocales de su mesa ya pensaban en el conteo. Fue el último en votar.

A la 1, a las 2 y a las 3…

Andrés Velasco había llegado unos días antes de Estados Unidos a Santiago para participar en el plebiscito. Desde los últimos meses del 87 y hasta mayo del 88 había combinado su pasantía en CIEPLAN con colaboraciones para el comando. No quería perderse la etapa final, sobre todo porque había tenido que salir de Chile a los 15 años cuando expulsaron a su padre, el exembajador Eugenio Velasco. 

El 5 de octubre era uno de los inspectores del comando del NO que chequeaban en terreno si surgían problemas en los lugares de votación. Su primera parada fue a las 8 de la mañana en el Instituto Nacional. Estaba mostrando sus credenciales para entrar a cumplir la tarea que le habían encomendado, cuando ve una serie de movimientos y un fuerte despliegue de uniformados y efectivos de seguridad. A los pocos minutos logra saber qué pasaba. Era Augusto Pinochet que llegaba a votar.

El impacto fue grande. Después de esa partida, el día prometía emoción. Se dedicó a recorrer Santiago Centro, Quinta Normal y Estación Central. Se comunicó varias veces con el coordinador de los inspectores para que lo autorizara a ir a votar. No estaba cerca, tenía que llegar al Parque Arauco. Pero la respuesta era no, todavía no, espera un rato. Su inquietud iba en aumento. Partió cerca de las 17 horas y entró corriendo al local de votación. Mientras se acercaba a su mesa, lo más rápido que podía, con la credencial del NO muy visible, escuchó: a la 1, a las 2 y a las 3, esta mesa se cerró. No alcanzó a votar. Hasta hoy es su gran frustración. 

Cómputos en peligro

Se prepararon meses para ese día, para ese momento. Sabían que parte importante de la suerte del plebiscito dependía del funcionamiento del sistema que habían armado. El interés del comando no era solamente proyectar el resultado final. Eso se podía hacer con un pequeño número de mesas. La tarea que se les había encargado a los integrantes del equipo del cómputo paralelo era mucho más ambiciosa: tener la votación de cada mesa del país. Necesitaban todos los datos para defender el que creían sería un resultado favorable para el NO. Si el gobierno pretendía desconocer el triunfo de la oposición, lo que la mayoría esperaba, ellos contarían con todos los datos para dejar en evidencia a Pinochet. Hasta ahí –creían– el plan funcionaba. No había sido fácil. Finalmente, el grupo que había reclutado el economista Gonzalo Martner estaba integrado por ingenieros jóvenes que no tenían mucha experiencia, en su mayoría de la Universidad de Chile y a varios les provocaba desconfianza. 

A las 17 horas el nerviosismo crecía: pronto comenzarían a recibir los informes de los voluntarios de las distintas ciudades del país. De repente se escuchó un fuerte ruido. Se había quemado el computador central. Los que estaban en la sala palidecieron. ¿Qué hacemos ahora?, se preguntaron.  Gonzalo Martner, el jefe del grupo, encabezó las gestiones para conseguir otro. No era fácil, lo habían importado especialmente. Hablaron con el proveedor, tenía uno, debían ir a buscarlo. El coordinador del comando golpeó la puerta. “¿Está todo bien?”, preguntó. “Sí, Genaro (Arriagada), si pasa algo te cuento”, le aseguró Martner, tratando de disimular su inquietud. No era el momento de aumentar la tensión en la calle Lastarria. Hernán Saavedra se encargó de recoger el nuevo computador. Pronto todo funcionaba nuevamente. A las tres de la mañana terminaron su tarea. 

¿Aló, Santiago de Chile?

El grupo de ingenieros responsable de los cómputos estaba consciente de que no podían competir con el gobierno en materia de seguridad y que el sistema que escogieran para transmitir información era vulnerable. Daban por descontado que todos los teléfonos estaban intervenidos, por lo tanto, las conversaciones más sensibles eran cara a cara. Eso no era posible el día del plebiscito, cuando necesitaban conectarse rápidamente con distintos puntos del país. Germán Quintana entonces pidió al comando que consiguieran los equipos de radio más encriptados que pudieran para el 5 de octubre. 

Ese día, mientras el expresidente de la FECH requería información de los locales de votación, desde una de las radios se escuchó: “¿Aló, aló, Santiago de Chile, aló, aló, Santiago de Chile?”. “Sí, aquí, Santiago de Chile”, titubeó Quintana. “Compañeros, les mandamos un fraternal saludo desde Uruguay en este día tan especial”, fue la respuesta. El ingeniero tenía sensaciones encontradas. Estaba contento por el mensaje de apoyo, pero también decepcionado. Si nos escuchan desde Uruguay, con mayor razón nos  interceptan acá, les comentó a otros integrantes del equipo.

El acompañante

La comunicación con el centro de acopio de información del comando del NO, en  Providencia, comenzó a fallar y era fundamental para los cómputos del comando. El responsable de esa zona se negó a ir. “No importa, yo voy”, dijo Guillermo Díaz, sin pensarlo mucho. Cruzó a la sede del comando metropolitano para pedirle una credencial a Carlos Montes, quien le recomendó que no fuera solo. “Anda con él”, le dice, y le señala a uno de los voluntarios. Era Andrés Velasco, estudiante de Harvard, hijo del exembajador Eugenio Velasco, que había partido con su familia al exilio.

El ahora exministro de Hacienda era uno de los inspectores del comando que recorría los locales de votación, comprobando que todo funcionara bien. Y por eso tenía el mapa de los lugares que había visitado. Díaz le sugiere no llevarlo. “¿Te imaginas si nos paran los pacos?”, le dijo. Tenía experiencia en estas lides. Había sido presidente del Centro de Estudiantes de Ingeniería de la Universidad de Chile.

Llegaron a Providencia, restablecieron la conexión y partieron de vuelta a la sede de Lastarria, donde operaba el comando. Plaza Italia estaba cerrada, no podían avanzar. “Tenemos un problema”, le advirtió Velasco a Díaz, y le muestra el plano que había conservado. El exdirigente estudiantil lo tiró bajo el asiento del chofer. Era tarde. Los militares los hicieron bajar del auto. Los registraron. El mapa era muy “sospechoso”. Tratando de controlar el nerviosismo y la ansiedad, porque no sabían cuánto tiempo estarían retenidos y necesitaban llegar al comando, intentaban dar explicaciones acerca de lo que estaban haciendo. Estuvieron retenidos cerca de media hora, hasta que los autorizaron a irse. 

 

La petición de Carabineros

Ordenar. Esa era una de las tareas a las que se abocarían el día 6 los distintos integrantes del comando que circulaban con frecuencia por la sede de Lastarria con Alameda. Por lo menos, ese era el plan. Pero cuando poco a poco fueron llegando a la casona que los había albergado durante meses y comenzaron a ver cómo miles de personas caminaban por la Alameda, con el único propósito de festejar el resultado del día anterior, el objetivo cambió. No hubo convocatoria, la gente empezó a llegar en forma espontánea. Con tanta fuerza, que Carabineros se vio sobrepasado. En la sede del NO estaban el jefe del comando metropolitano, Carlos Montes, y el encargado de eventos, Isidro Solís. Una autoridad de Carabineros les pidió que tomaran medidas, porque si llegaba más gente a las cercanías de La Moneda habría problemas. Ambos le explicaron que no tenían autorización para hacer un acto, que no la habían pedido. Hagan lo que quieran, dijo. Pero si no controlamos esto –agregó– van a llegar los militares. No quiero que haya víctimas. En esas circunstancias, Montes y Solís consiguieron un par de camiones y con algunos voluntarios armaron un escenario móvil que invitó a quienes caminaban por la Alameda a concentrarse en el Parque Forestal. La gente respondió de inmediato. El peligro había pasado.