• 7 septiembre, 2010


Gran oportunidad para que cada uno de nosotros se pregunte a quién le debe perdón, a quién quisiera decirle cuánto lo quiere y no se atreve. ¿Para qué esperar una situación extrema, si lo puede hacer hoy?


Lo acontecido en Chile a causa del derrumbe de la mina San José en Copiapó que mantiene a 33 mineros a 700 metros bajo tierra ha sido notable. Han aparecido la mejor cara de nuestra patria, la mejor sonrisa, las lágrimas más sentidas. ¿Por qué causa tanto impacto la historia de estos hombres sacrificados, que no suelen aparecer en los medios de comunicación y que a diario se ganan el pan de cada día con el sudor de su frente?

Son muchas las razones, pero la más de fondo es que todos en Chile valoramos la vida. La valoramos intensamente. Nos duele un accidente, previsible y evitable por cierto, que deja atrapado a 33 mineros en el socavón. Además, situaciones como estas nos vuelven a recordar nuestra indigencia y precariedad de la vida. También, el valor inmenso que atribuimos a Dios, a la fe en El y a la familia.

Emociona ver a los familiares, con carteles, anunciando la grandeza de Dios y recordando que la esperanza es lo último que se pierde. Emocionan las declaraciones de amor a 700 metros de distancia entre padres e hijos, maridos y esposas, hijos y padres.

Tenía que haber 700 metros de distancia no fáciles de franquear para que aparecieran las palabras que tal vez nunca se dijeron, que, tuvieron guardadas por mucho tiempo. Es curioso el ser humano: la ausencia de los seres queridos es a veces lo que más une. En este caso fue así. La adversidad saca lo mejor de nosotros, hasta el punto de que somos capaces de decir que nos necesitamos mutuamente y que los otros son muy importantes. Estos 700 metros, estos días de incertidumbre, de dolor y de espanto, unieron a las familias como nunca. Nada une más al ser humano que el dolor y la adversidad.

Gran lección ésta para preguntarnos seriamente si estamos educando de buena forma a los jóvenes de nuestro país, en el sentido de que vean las dificultades como una gran oportunidad para sacar lo mejor de sí, especialmente para los demás. Gran oportunidad para que cada uno de nosotros se pregunte a quién le debe perdón, a quien le quiere pedir perdón, a quién quisiera decirle cuánto lo quiere y no se atreve. ¿Para qué esperar una situación extrema, si lo puede decir hoy? Animémonos, podremos llevarnos muchas sorpresas.

Este accidente dejó al descubierto que el objetivo de salvar vidas mueve a una nación entera. Notable ha sido ver a funcionarios del gobierno legítimamente emocionados y con las mangas arremangadas, trabajando arduamente para encontrarlos primero y rescatarlos sanos y salvos después. Hubo quien quiso ver en esa actitud el resultado de una meticulosa operación política. No lo creo. Vi en todos los protagonistas del rescate un genuino interés por llegar a esos mineros, encontrarlos. Cumplieron con su deber y lo hicieron entregando lo mejor de sí. Notable fue también ver la presencia de la Iglesia en medio del dolor. La misa, el sacrificio de Cristo en la cruz, adquirió más relevancia que nunca. El improvisado templo donde se celebraban las misas y oraciones dio paso a los templos vivos que somos cada uno de los seres humanos. Apareció con fuerza que la cruz es fuente de esperanza, es el camino que nos abre a ella y nos empuja a saber que en último término el amor de Dios nos abraza siempre, pero con más intensidad que nunca en situaciones tan adversas como las que vivían estos hombres, estos 32 chilenos y un boliviano. Estos días han estado marcados por un gran amor a Dios, “Dios es grande”. Y a la patria, un “ceachei…chi”. En el corazón de los chilenos, Dios y la patria están indisolublemente unidos. Aquí ha quedado demostrado una vez más.

Una vez que sean rescatados vendrá el tiempo de buscar responsables. Habrá mucho que investigar para llegar a la verdad de los hechos. Pero hay cosas que han quedado claras: muchos compatriotas se ganan el pan de cada día trabajando en condiciones miserables. Esa es la verdad. Muchos compatriotas tienen condiciones laborales muy difíciles. Esto nos debe llevar a reflexionar ahora sobre qué garantías de integridad física, sicológica y moral damos a cada uno de los trabajadores de nuestro país.

El trabajo del hombre no puede ser tratado como una mercancía que se transa en el mercado al mejor postor. El trabajo del hombre ha de estar a su servicio y no el hombre al servicio de éste. El pan de los chilenos proviene en gran medida de la minería. El pan debe tener sabor a justicia y no a dolor ni a condiciones laborales indignas de quien es su primer protagonista, el mismo trabajador. No sin razón Juan Pablo II decía que el trabajo es la clave de la cuestión social.

Muchos han sostenido que este hecho es un verdadero milagro. Si lo fue, corresponderá a otros decirlo. Lo que sí me parece importante es destacar que somos mucho menos individualistas de lo que usualmente se dice, y mucho menos indiferentes frente al sufrimiento de los demás. El capital moral y religioso de nuestro país, por usar una expresión, en las encuestas suele parecer lánguido, pero en la realidad está más vivo que nunca. Es ese sustrato cristiano el que constituye la savia, la sangre de nuestro pueblo y, aunque a alguno le incomode, está más vivo y caudaloso que nunca. El terremoto que acabamos de vivir y el drama de los mineros atrapados lo dejaron bien claro.