Fueron muchos los que se asustaron cuando a principios de este año, el Ministro de Bienes Nacionales dijo que la torre de la UNCTAD III era inhabitable. Mal que mal, ese edificio junto con la placa donde hoy se levanta el GAM son protagonistas de una increíble historia. Una que, hoy, tiene final feliz.

  • 16 agosto, 2018

Fotos por: Verónica Ortiz

Es difícil encontrar en la historia de Chile un edificio más excepcional que el UNCTAD III. No solo sus condiciones originales de proyecto –plazo, equipo, ubicación y relevancia política– lo transformaron en un caso único, sino también su trayectoria posterior, que fue de la mano con la historia política del país”. La frase es de David Maulen, una de las personas que más ha investigado la historia del ícono arquitectónico, social y cultural que fue sede de ese encuentro internacional (UNCTAD III significa 3ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo), entre abril y julio de 1972; luego dio paso al Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral, hasta el 11 de septiembre de 1973; inmediatamente se transformó en sede del nuevo gobierno militar a través de un decreto ley y ahí estuvieron el Poder Ejecutivo y Legislativo hasta 1981. A partir de 1990, ya en democracia, sirvió como centro de conferencias mientras la torre se volvía sede del Ministerio de Defensa, hasta que en marzo de 2006, un incendio destruyó parte de la construcción y eso permitió iniciar el proceso para devolverlo a la ciudadanía como un gran centro cultural, el GAM, aunque la torre siguió ocupada por Defensa. Recién el año pasado el Ministerio dejó el edificio y es ahí donde ocurrió la polémica que nos da la excusa para este artículo.

Nos referimos a las declaraciones del ministro de Bienes Nacionales, Felipe Ward, quien en marzo declaró inhabitable la torre del complejo luego de recibir un informe del MOP. Si bien actualmente el futuro de la torre –conocida como Unctad III, Villavicencio, Diego Portales o, simplemente, la número 22 de la Remodelación San Borja– ya está más claro y es tranquilizador (ver recuadro), es importante entender el contexto en el cual se creó este hito del último medio siglo.  

Comencemos por el plazo, justamente la cifra que le da título a este artículo. 275 días. Eso demoró en construirse esta gigantesca mole de hormigón y fierro. Algo inédito en Chile y en el mundo. Veamos algunos números para poder dimensionar. “El proyecto contempló dos edificios, la placa y una torre. La placa, de 24.000 m2, consistió en un pabellón de dos pisos de 170 metros de largo. En el nivel principal se ubicaron dos salas de conferencia con capacidad para 350 personas cada una, y una sala plenaria con capacidad para 2.300 personas. El nivel del ingreso se destinó a salas de reuniones y conferencias adicionales, y al salón de delegados. Los servicios de comunicación, una cafetería y un restaurante autoservicio con capacidad para 600 personas se localizaron en el zócalo. El subsuelo, en tanto, fue utilizado como estacionamiento. La torre consideró un programa de 400 oficinas distribuidas en veinte pisos, con una superficie total de 15.000 m2 y 70 metros de altura, incluyendo un helipuerto; originalmente, fue usada para las tareas administrativas del encuentro. Ambos edificios estaban conectados entre sí mediante puentes y comunicados con el entorno urbano a través de túneles que vincularían con calles adyacentes, una estación de metro y el Parque Forestal”, explica Miguel Lawner, el arquitecto que dirigía en esos momentos la Cormu (Corporación de Mejoramiento Urbano) y era el intermediario entre el presidente Salvador Allende y sus colegas del ambicioso proyecto. 

 

“La necesidad de concretar la obra en once meses –un plazo regular de ejecución para un proyecto semejante en aquella época sería de tres años– implicó la maximización de los recursos disponibles y la explotación de la capacidad tecnológica-productiva del país. Efectivamente, se utilizó un emplazamiento perteneciente a la remodelación San Borja, aprovechando uno de sus edificios residenciales (la ‘Torre 22’, ya en construcción), al que se le hicieron las modificaciones necesarias para convertirlo en el complejo UNCTAD III”. Además, agrega Lawner, “las circunstancias exigieron el desarrollo de innovaciones constructivas, como el levantamiento anticipado de 16 pilares, que se instalaron para sostener una estructura superior de 9.000 m2, que sería el techo del edificio placa, permitiendo erigir el resto del inmueble de forma paralela. El empleo de elementos de fabricación nacional redujo a solo un diez por ciento el material importado. Por primera vez en Chile, la coordinación de un proyecto de arquitectura se hizo íntegramente con el uso de informática, factor que incidió en la tremenda velocidad en que se realizaron las obras. La construcción se llevó a cabo en tres turnos, que funcionaban siete días a la semana. Allende visitaba la obra prácticamente a diario para alentar a los más de tres mil trabajadores”.

Sigamos con el equipo. Lo mejor de la arquitectura, la ingeniería y el arte se unieron a esta verdadera utopía. José Covacevic, Juan Echenique, Hugo Gaggero, Sergio González y José Medina fueron los profesionales elegidos por el Colegio de Arquitectos, el Minvu y la Cormu. “Todos pertenecientes a la generación del 50, salvo Medina, mucho más joven y ex colaborador en EE.UU. de Kevin Roche, arquitecto asociado de Eero Saarinen”, cuenta Osvaldo Cáceres en su libro La arquitectura de Chile independiente. Y agrega que “esta obra es una de las más importantes construidas en América Latina, junto con el Banco de Londres, de Clorindo Testa, en Buenos Aires, y el edifico de la CEPAL en Santiago… La construcción tiene reminiscencias del constructivismo, del brutalismo y del expresionismo…sin embargo, es una obra nacional a pesar de las inevitables influencias extranjeras”. 

¿Y los artistas? Ese listado es impresionante: Roser Bru, las Bordadoras de Isla Negra, Santos Chávez, Ricardo Yrarrázaval, Mario Toral, Federico Assler, Samuel Román, Félix Maruenda, Iván Vial, Nemesio Antúnez, Carlos Ortúzar, Patricia Velasco, Juan Bernal Ponce, Gracia Barrios, Roberto Matta, José Balmes, Lucía Rosas, Mario Carreño, Marta Colvin, José Venturelli, Guillermo Núñez, Eduardo Vilches, Sergio Mallol, Sergio Castillo, Luis Mandiola, Juan Egenau, Alfredo “Manzanito” Manzano, Ricardo Mesa, Ramón López y Héctor Herrera. Todos haciendo arte incorporado a la arquitectura, todos invitados a trabajar por el artista Eduardo Martínez Bonati, el gran “curador” de las toneladas de arte que tendría el UNCTAD III. “Para poder solucionar el tema de costos, les pregunté a los arquitectos cuál era el mejor sueldo de un obrero y me dijeron que era el de maestro de terminaciones de primera; ese era el tope de honorarios. Entonces me pregunté, ¿cómo no van a aceptar que los artistas trabajen como maestros de terminaciones de primera? Y ahí realmente hicimos algo que no se había hecho en ninguna parte que conociéramos hasta el momento. Muchos de nosotros prácticamente nacimos para ese compromiso”, comenta Martínez Bonati en el libro 275 días, Sitio, Tiempo, Contexto y Afecciones Específicas. Lamentablemente, la gran mayoría de estas obras de arte fueron destruidas o robadas luego del golpe militar. 

“Este edificio refleja el espíritu de trabajo, la capacidad creadora y el esfuerzo del pueblo de Chile, representado por: sus obreros – sus técnicos – sus artistas – sus profesionales. Fue construido en 275 días y terminado el 3 de abril de 1972 durante el gobierno popular del compañero Presidente de la República Salvador Allende G.”, decía la inscripción en la placa de piedra encargada al escultor Samuel Román. La placa ya no existe. Pero la gesta que significó realizar esta obra, el compromiso de profesionales y jornaleros, la entrega de los mejores artistas que tenía Chile en ese momento y la belleza de proyecto que se logró, eso permanece intacto en la memoria. Así como cada una de las diferentes vidas que en estos 46 años ha tenido el edificio.