• 31 marzo, 2008

Se requieren nuevas maneras de tratar esta realidad quemante, que ya no podemos ignorar, ni seguir reduciendo a meras circunstancias de orden público.la sociedad chilena enfrenta un año 2008 con escenarios inciertos. La economía está en un punto de difícil predicción en lo que respecta a crecimiento, inflación y empleo. Además, este es un año electoral, y los comicios para elegir alcaldes y concejales se convertirán en una suerte de primaria de lo que será la elección presidencial de 2009, con todas las pasiones que ello implica.

Pero hay otras tensiones que resultarán particularmente gravitantes en 2008. Una de ellas es la cuestión mapuche. En los últimos años, los medios de comunicación han presentado este conflicto básicamente desde la perspectiva de los atentados a la propiedad privada y, por tanto, como uno de los tantos temas asociados a los desafíos de la seguridad ciudadana, desconociendo la multiplicidad de sus aristas.

Las elites, en tanto, han tendido a minimizar la temática mapuche asimilándola a pobreza dura, delincuencia o vandalismo, y circunscribiéndola a un problema puntual que ocurre en una región específica de Chile y que atañe a un grupo muy pequeño de habitantes. Por lo tanto, el Estado la ha enfrentado de un modo reactivo, ya sea echando mano a soluciones asistencialistas o policiales. Y a estas alturas, es evidente, la conformidad burocrática se ha transformado más en parte del problema que de las soluciones.

Reducir de esta manera el reclamo de comunidades mapuches puede costarnos muy caro. Es impresionante que seamos tan reacios a aprender lecciones de nuestros vecinos. Está actualmente en librerías una magnífica investigación periodística del escritor peruano Santiago Roncagliolo, titulada La Cuarta Espada, en la que el autor perfila la personalidad de Abimael Guzmán y reconstruye los inicios de Sendero Luminoso. El texto, publicado hace pocos meses, muestra cómo circunstancias de exclusión de la población indígena peruana y la incompetencia estatal para solucionar esa falta de integración, facilitaron la adhesión popular a un grupo guerrillero que condujo a Perú a una cruenta guerra civil que provocó 70 mil muertos. También queda en evidencia cómo las elites peruanas minimizaron durante años el conflicto en ciernes puesto que sus manifestaciones iniciales ocurrían en zonas rurales, marginales e indígenas.

En el caso de Chile, la paradoja es que el estallido mapuche ocurre precisamente en momentos en que la etnia alcanza los máximos índices de escolaridad en su historia y muchos de sus integrantes acceden a recursos estatales antes inaccesibles, como fondos de tierras, becas, internados, etc. Una imagen expresiva de esta situación es el discurso, accesible en You Tube, de Matías Catrileo, el joven recientemente muerto por Carabineros, quien en esta grabación se evidencia simultáneamente como un exponente de la clase media, de la modernidad mediática, de ideales juveniles y del compromiso con la lucha reivindicativa del pueblo mapuche, que él presume ancestral. El joven Catrileo habla allí de crear una nación mapuche autónoma, distinta a la nación chilena.

Esta realidad tan contundente requiere de un análisis más profundo y multifactorial que oriente el debate público sobre este tema con mayor serenidad, apertura y perspectiva. Un aporte indudable han sido las recientes intervenciones en medios de prensa de intelectuales con puntos de vista tan dispares como José Bengoa, Alfredo Jocelyn Holt o Joaquín Fermandois. Todos ellos han planteado la urgencia de un tratamiento del tema que asuma su complejidad.

Para José Bengoa, destacado indigenista y sociólogo, lo crucial es abrir diálogos que repongan el rol de la política en el descontrolado conflicto actual; Jocelyn Holt destaca la importancia del respeto mutuo y el valor de considerar la dimensión territorial como una componente clave en la conversación intercultural y Fermandois pide no caer en la trampa de las respuestas violentas como réplica ante quienes manipulan las reivindicaciones étnicas. Son visiones decisivas para asumir nuevas maneras de tratar esta realidad quemante, que ya no podemos ignorar, ni seguir reduciendo a meras circunstancias de orden público. Como pide el escritor Alessandro Baricco, reflexionando sobre el conflicto árabe, no podemos dejarnos tentar “por la belleza de la guerra”.

El conflicto mapuche es una oportunidad para crear soluciones integradores y eficientes que reduzcan la incertidumbre de los marginados y el miedo que la existencia de éstos provoca en los poderosos. Apostemos por ese camino.