En un año marcado por el Nobel para Mario Vargas Llosa, la literatura dio muestras de que goza de buena salud. Aquí ofrecemos una lista de novedades junto a algunos de los mejores lanzamientos de 2010, para aprovechar las horas de ocio abriendo sus páginas. No se arrepentirá. Por Marcelo Soto.

 

 

  • 27 diciembre, 2010

 

En un año marcado por el Nobel para Mario Vargas Llosa, la literatura dio muestras de que goza de buena salud. Aquí ofrecemos una lista de novedades junto a algunos de los mejores lanzamientos de 2010, para aprovechar las horas de ocio abriendo sus páginas. No se arrepentirá. Por Marcelo Soto.

 

 

No es casualidad que las dos mejores novelas chilenas de 2010 –La vida doble, de Arturo Fontaine y Estrellas muertas, de Alvaro Bisama– retraten zonas oscuras de décadas recientes: si la primera se interna en la trastienda de la guerra sucia durante los tiempos de Pinochet, la segunda muestra un panorama casi igual de sombrío al recorrer la transición. Esto –sumado al éxito de un serie de TV como Los 80, por muy simplista que sea su visión– habla de que todavía hay espacio para historias que buceen en los meandros de épocas complejas, más o menos turbias, más o menos violentas. No hay que viajar al pasado lejano: son episodios que están ahí, a la vuelta de la esquina, esperando por un narrador que las haga propias.

El año que termina fue también un periodo de grandes regresos, de autores de larga trayectoria en pleno dominio de sus facultades creativas. Escritores como Mario Vargas Llosa, Rubem Fonseca y J.M. Coetzee demuestran con sus últimas entregas que no piensan abandonar el cuadrilátero ni menos sacarse los guantes. Porque la literatura es un combate a muerte, como decía Bolaño.

Además de sacudirse del fantasma de Borges, el Nobel para Vargas Llosa llegó a desempolvar el tedio en que se estaba convirtiendo la entrega del galardón cada temporada. Y fue un premio a la perseverancia, a la confi anza casi obstinada en que la literatura tiene algo que decir, que el papel del escritor no es ajeno a las batallas de su tiempo.

 

Biografía, crónica

 

La vida de un escritor puede ser tan intensa como una novela, lo mismo que las aventuras de un crítico de rock y los devaneos de una periodista de vinos. Es cosa de saber contar.

 

Cheever: Una vida. Blake Bailey (Duomo Perímetro 770 páginas)

Esta impresionante biografía, que se lee como una novela prodigiosa, recorre la vida de John Cheever, uno de los grandes narradores estadounidenses del siglo XX. Bailey contó con la aprobación de viuda e hijos para realizar la investigación –y con acceso a TODOS su diarios–, pero no por eso se trata de un retrato amable: aquí está la historia de cómo desarrolló su arte, pero también el alcoholismo, la homosexualidad y las miserias del escritor. Aparte de contar su rivalidad con John Updike y las disputas por dinero con su editor y gran amigo William Maxwell, contiene anécdotas que le dan un ritmo apasionante a la lectura. Imágenes intimas de una época de la literatura de EEUU: la suegra de Salinger haciendo de baby sitter de los Cheever; el supuesto affaire del escritor con Harold Brodkey; los Cheever viviendo en la casa que antes ocupó Richard Yates… Imperdible.

Desayuno con John Lennon. Robert Hilburn (Turner, 310 páginas)

“La crítica de rock nunca me importó lo más mínimo hasta que leí a Robert Hilburn”. La frase cobra valor cuando sabemos que la dice Bernie Taupin, el socio creativo de Elton John. Y es verdad: Hilburn ha llegado a ser cercano de algunas de las más grandes estrellas de rock y su punto de vista casi nunca es inamistoso, pero tiene el atributo –fuera de la buena prosa– de entregar una mirada única a leyendas que parecen intocables. La crónica homónima registra su último encuentro con Lennon –“un tipo con los pies en la tierra”–, apenas una semana antes de ser asesinado. También hay apuntes sobre Dylan, Johnny Cash, Elvis Presley, Michael Jackson, Bruce Springsteen –a quien aconsejó cambiar el orden de las canciones en sus shows– y Kurt Cobain. El autor abre la puerta a la vida tras los escenarios de artistas venerados y el lector no puede sino quedar profundamente agradecido.

La batalla por el vino y el amor. Alice Feiring (Tusquets, 302 páginas)

Puede que este libro juguetee con cierto esnobismo, pero entrega un vistazo personal y atractivo hacia el mundo del vino y los riesgos que enfrenta. Feiring, destacada wine writer estadounidense, cuenta su cruzada contra Robert Parker, el todopoderoso crítico de vinos que ha extendido su gusto por el planeta como si fuesen las tablas de la ley. Según la autora, el gusto de Parker por un tipo de vinos –golosos, con mucha madera– ha hecho que todos los países produzcan lo mismo, buscando agradar al crítico y conseguir sus tan ansiados 90 o más puntos. Feiring recorre grandes regiones vinícolas y ve señales de decadencia, aunque no pierde la fe: el futuro está en los viñateros que trabajan el viñedo y la bodega con mínima intervención. Esta es una crónica de romances frustrados y, sobre todo, una declaración de amor por el vino auténtico.

 

Suspenso y algo más

 

Poco tienen en común estos tres autores, salvo la mezcla de géneros y un hábil manejo de las armas narrativas, que bebe mucho de la tradición detectivesca y policial.

 

Un traidor como los nuestros. John Le Carré (Plaza & Janés, 394 páginas)

Perry, el protagonista de la nueva novela de John Le Carré, parece sacado de un relato de Orwell: es un tipo que tiene todas las de ganar, pero busca ansiosamente el placer del sacrificio. Profesor de literatura en Oxford y brillante deportista, cuando le ofrecen quedarse con un puesto vitalicio decide rechazarlo para ir a enseñar a niños pobres en la secundaria. Perry añora una revolución y cree estar preparado para vivirla. Antes de eso, claro, viaja con su novia Gail a una vacaciones en Antigua. Allí, la pareja conoce a Dima, un mafioso ruso que pide ayuda para ser asilado en Gran Bretaña, dando inicio a un verdadero vuelco que convierte a los dos enamorados en juguetes de los servicios de inteligencia. Una novela tan divertida como difícil de soltar, escrita con la habitual maestría del autor y que ilumina temas candentes como la corrupción financiera.

El cementerio de Praga. Umberto Eco (Lumen, 587 páginas)

Estamos en París en 1897 y el capitán Simonini, un oscuro personaje y uno de los grandes falsificadores de la historia, comienza a escribir un diario sobre su vida. Pero la memoria no puede –o no quiere– repasar ciertos momentos y entonces aparece el abate Picolla, quien se introduce en el diario “para desbloquear puertas herméticamente cerradas de la memoria de Simonini, revelándole lo que Simonini se niega a recordar”. Así conocemos la infancia del capitán y cómo llegó a convertirse en un maestro del delito y la falsificación, participando en asesinatos, fraudes y atentados. Simonini ostenta un racismo recalcitrante, odioso, y el narrador no hace juicio sobre sus dichos, por lo que se ha acusado a esta novela de antisemita. Narrada en clave de folletín, combinando hechos históricos y ficción, Eco intenta desnudar el engaño en que se basa el odio racial.

Blanco nocturno. Ricardo Piglia (Anagrama, 299 páginas)

Si bien no es la más brillante de las narraciones de Ricardo Piglia, hasta un Piglia imperfecto vale tanto como cien obras cumbres de autores del montón. El narrador argentino maneja como nadie los hilos del género policial, pero en vez de despejar el nudo opta por enredarlo hasta transformarlo en otra cosa, en algo tan espeso como la realidad misma. El relato parte con la muerte de Tony Durán, un misterioso portorriqueño que en los 70 aterrizó en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Los lugareños lo miran con recelo: ha estado ligado sentimentalmente a dos preciosas hermanas de la familia local más poderosa, conformando un trío exquisito y derrochador, y habría hecho negocios con un miembro del clan. Pero, claro, estas son sólo las líneas del crucigrama: el laberinto que forman conduce a otra parte.

{mospagebreak}
Destacados del año

 

2010 fue el regreso de grandes escritores, como Vargas Llosa, Fonseca y Coetzee, y también de la incursión más radical y lograda de Arturo Fontaine.

 

El sueño del celta. Mario Vargas Llosa (Alfaguara, 414 páginas)

Nada que decir: el Nobel para Vargas Llosa fue una de las grandes noticias literarias de 2010 y hay muchas razones para celebrar. No sólo el que la Academia por fin haya premiado a alguien que parecía destinado a no conseguirlo, como le pasó a Borges, sino que encontró al narrador peruano en plenitud de sus capacidades, como demuestra su última novela: un fascinante retrato de Roger Casement (1864-1916), tipo complejo y cautivante como pocos, quien se involucró en varias causas, como la independencia de Irlanda, la lucha contra el colonialismo en Africa y la denuncia de la barbarie de la industria del caucho en el Amazonas. La novela –en la que aparece Joseph Conrad– bebe de la tradición periodística y se lee sin pausas, dejando la estela imborrable de una época de luces y tinieblas.

La vida doble. Arturo Fontaine (Tusquets, 302 páginas)

Fontaine hizo lo que pocos escritores chilenos hacen: asumir riesgos, investigar, meterse entre las patas de los caballos para contar una historia tan violenta como reveladora del pasado reciente del país. La protagonista es una militante de un grupo de ultraizquierda que es detenida por los servicios secretos, en los tiempos más duros del régimen de Pinochet. Salvajemente torturada, se quiebra cuando los agentes amenazan con atentar contra su pequeña hija. Ella, entonces, acepta delatar a sus compañeros y, luego de eso, como entrando en un pozo sin fondo, trabajar para quienes hasta entonces eran sus enemigos. Novela formidable sobre la traición, sobre las zonas oscuras, es también un viaje hacia la fascinación por la violencia que indaga en la manera en que personas comunes se transforman en monstruos.

El seminarista. Rubem Fonseca (Tajamar, 156 páginas)

Es una suerte que esta novela breve, publicada en 2009 en Brasil, haya sido traducida tan pronto al español. Y a un español lleno de vida. Fonseca, candidato al Nobel, se mueve con soltura, a veces con maestría, siempre al filo de la navaja, entre la incorrección política y la imposibilidad aparente de sus tramas y personajes, y siempre sale a flote, como los grandes narradores. En este relato, el protagonista es un tal José, ex seminarista transformado en asesino a sueldo. Un homicida atípico, que recita frases en latín y que tiene gustos peculiares. Cuando decide dejar el oficio, no sólo acepta nuevas costumbres, como comer exquisiteces y tener sólo una mujer, sino que puede ser un tipo compasivo y decente. Enfrentado a una red de venganzas, en la cual su novia es una simple carnada, descubrirá que los malos hábitos, pese a todo, nunca mueren.

Verano. J.M. Coetzee (Mondadori, 303 páginas)

Luego de las notables Infancia y Juventud, J. M. Coetzee completa su trilogía “autobiográfica” con esta novela, que fue candidata al premio Booker en 2009. Las comillas se explican porque el escritor toma –como en las anteriores obras citadas, escritas en tercera persona– un ángulo difuso para recrear su vida: Coetzee, ya muerto, es objeto de interés de un joven biógrafo inglés, que quiere reconstruir el período que va de 1972 a 1977 del novelista sudafricano. Por esa época, Coetzee está en la treintena y vive con su padre viudo en las afueras de Ciudad del Cabo. El biógrafo entrevista a varios amigos y colegas, en especial a algunas mujeres que lo conocieron y que pudieron haber tenido una aventura con el narrador. La novela, con justa razón, fue elegida la mejor del año por el suplemento Babelia de El País y demuestra que el ganador del Nobel está redefiniendo el género.

 

Voces actuales

 

Dos autores para empezar a seguir, aunque deben continuar y confirmar sus apuestas. Uno chileno, otro norteamericano.

 

Todo arrasado, todo quemado. Wells Tower (Seix Barral, 320 páginas)

Algunos críticos han delirado con el debut literario de este escritor nacido en Vancouver en 1973, comparándola con Cheever, Carver y Faulkner. Siempre hay que desconfiar de los comentarios desmedidos –sobre todo, si viene destacado en la contratapa–, pero en este caso hay motivos para estar exultante: se trata de una colección de nueve relatos casi sin desperdicio, en los que la historia va de un lado a otro de esa forma libre y extraña en que se conectan los recuerdos, las sensaciones, algún olor que nos lleva al pasado. Protagonizados por tipos a la deriva, muchos de ellos buscando nuevos horizontes o tratando de romper o solucionar los lazos familiares, la primera frase del relato Retiro sirve como aperitivo: “A veces, sólo a veces, después de unas seis copas bien cargadas, llamar a mi hermano por teléfono no parece una idea descabellada”.

Estrellas muertas. Alvaro Bisama (Alfaguara)

Estructurada en 84 capítulos, la narración comienza cuando una pareja se junta en un café de Valparaíso. El motivo de la cita es ponerle fin al asunto y vaya que cuesta hacerlo. Entre silencios y reproches apenas esbozados, la chica hojea el diario y reconoce en una fotografía a una vieja amiga de la universidad. “Es la Javiera”, dice ella, sin todavía salir del asombro ante la terrible noticia que protagoniza su ex compañera de estudios. Estrellas muertas es un relato sobre lo que fue ser joven en los 90, en escuelas de provincia, mientras la transición seguía su curso impasible: un escenario gris como un terreno baldío, en el que las drogas eran una vía de escape, al igual que ciertas prácticas lastimeras de la ultraizquierda. Bisama deja atrás el exceso de referencias pop para instalarse con propiedad entre los escritores destacados de la nueva generación.

 

 

 

Volver al futuro

 

Cada cierto tiempo, la industria editorial rescata del pasado a autores que merecen una segunda lectura. Adelantados a su época, se vuelven actuales con el paso del tiempo.

 

Todo Marlowe. Raymond Chandler (Díada-RBA , 1391 páginas)

Este libro es de esos que genera una profunda envidia: hacia quienes aún no lo leyeron y se disponen a hacerlo. Si tienen la suerte de aún no haber conocido las aventuras de Philip Marlowe, háganse de un tiempo para sumergirse en el mundo cínico de este detective que es el modelo de todos los detectives cínicos del planeta. Marlowe, de alguna manera, prefigura el ideal cool de hoy: escéptico hasta la médula, sin compromisos ni remordimientos, navega por aguas pestilentes y nunca pierde la compostura ni el buen tono. Acá están sus grandes novelas como El gran sueño, Adiós muñeca y El largo adiós, y todos sus relatos. La moral Marlowe podría resumirse así: la única forma de no corromperse es no entrar en el juego. O como dice el detective: “Iba bien arreglado, limpio, afeitado y sobrio y no me importaba nada que lo notase todo el mundo”.

Diario de un ama de casa desquiciada. Sue Kaufman (Libros del Asteroide, 330 páginas)

Escrita en 1967, esta novela bien podría leerse como el punto de vista femenino de un relato de Cheever o de Richard Yates. Tina está casada con un abogado, viven en Nueva York y tienen dos hijas. Embobada por el confort, le tiene miedo a todo: a los ascensores, los dentistas, las arañas, las abejas, los aviones…. Para enfrentar sus temores escribe un diario y allí empezamos a conocer a la verdadera Tina, capaz de reírse de su analista, engañar a su marido y seguir con su vida. La protagonista lleva hasta el paroxismo el tipo de la mujer que lidia con la neurosis de la vida moderna. Sin embargo, lo que en otros autores podría ser caricatura en Sue Kafman es ironía, un humor tan fino que ni se nota: cuando creemos estar leyendo una tragedia pasa algo cómico. Y justo al empezar a reír la mueca en el rostro se tuerce y se vuelve agria.

Los exiliados románticos. E.H. Carr (Anagrama, 442 páginas)

Con gran rigor documental pero sin obviar la anécdota amena, Edward Hallett Carr publicó esta portentosa obra en 1933, en Londres, sobre esa generación de revolucionarios rusos que debió escapar al exilio debido a sus diatribas contra la autocracia zarista, para luego comprobar cómo el bolchevismo se convertía en una dictadura, de cuyas garras también debieron huir. Las vidas de Herzen, Bakunin y tantos otros tienen algo de tragedia y de farsa. Son los últimos idealistas, buscando siempre el esquivo amor; los grandes perdedores (aunque Herzen sería reivindicado entre los héroes marxistas) hasta el punto de que por momentos parecen personajes de una novela de Bolaño. Salvo un detalle: esto es historia, no ficción. En buena hora la colección Otra vuelta de tuerca –que incluye otros aciertos como el de Jane Bowles o Denis Johnson– ha decido rescatarla.