Por: Andrés Valdivia, director general de noise media
Foto: Concepción Quintana
Año: 2034

  • 18 agosto, 2019

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En Español:

Recuerdos De La Infancia

 

El recuerdo es nítido, pero pareciera como si hubiese sido no solo en otra vida, sino que en otro mundo, en otro planeta. Pero no. Fue aquí, en este mundo y precisamente en esta vida. Parece como un simple error de cálculo pero me da la impresión de que es más como un espejismo, como un truco que nos mantuvo pensando que entendíamos la posición relativa de los objetos, cuando en realidad no entendíamos nada.

Salimos de la guerra fría pensando que el mundo tenía un solo eje, un solo polo; que la historia se había acabado y que el imperio político y cultural era uno y solo uno: Estados Unidos. Erramos, pero insisto que más por arte de alguna conjura que por simple miopía. La batalla del siglo XX había sido tan brutal, tan extrema, tan revisada, tan estudiada, tan filmada, tan contada y tan revisitada, que el cierre de sus consecuencias sólo podía significar que uno de sus protagonistas triunfara, pero nunca la extinción de ambos bandos. Claro, los sabios siempre lo supieron. Los iluminados más de una vez lo consignaron, pero el resto nunca lo entendimos del todo.

Y parece gracioso o casi absurdo a estas alturas, pero sí, nos preocupaba la influencia ubicua de la cultura anglo sobre la nuestra. Sentíamos que nos invadían, y que al no haber contrapeso, era imposible defendernos.

Vivimos preocupados por cómo la comida chatarra modificaría nuestras dietas, por cómo nos transformaría en obesos mórbidos crónicos.

Asqueados alegamos por la irrupción de las multisalas, el popcorn y la comida dentro de las salas de cine como un acto de barbarie definitiva.

Sorprendidos y aterrados vimos cómo la fábrica de superhéroes en la que se transformó Hollywood nos dejaba sin las preguntas del canon reflexivo del cine de autor, supuestamente idiotizados mirando mundos imposibles.

Pusimos el grito en el cielo cuando vimos palabras en inglés en los las promociones de nuestros almacenes y lloramos con el empobrecimiento de nuestra lengua.

Sentimos el temblor sobre las bases de nuestra tradición católica cuando importamos la tolerancia por las minorías del modelo sajón. Algunos alegaron, otros nos alegramos, pero todos sentimos la sacudida.

Nos resistimos, con muy poco éxito, a una cultura que estaba a la vuelta de la esquina. Apelamos a nuestro supuesto origen europeo y a nuestras propias raíces nativas. Sentíamos que a veces ganábamos. Otras que no había vuelta atrás, pero la ilusión siempre estuvo allí, como el espejo retrovisor, que no miente, pero engaña, haciéndonos poner el foco donde no todo lo que había era bruma. Mientras nos quejábamos, la realidad fue tomando otro rumbo. Mientras nos preocupábamos por la puerta principal, nunca nos dimos cuenta que dejamos la trasera semiabierta. Y ahora que tenemos la casa revuelta, y recordando nuestras torpezas pasadas, creo que somos más felices. Libres de la obsesión por tener un enemigo, relevados del mandato imposible del pescador que pesca con una red con hoyos más grandes que su presa.

Pero no deja de sorprender. Fue hace tan poco, fue hace nada. Era otra época, pero el mismo mundo, uno en que los cuatro puntos cardinales eran tres: el sur y el norte.