Por Francisco Ortega Fotos: Verónica Ortíz Las variables cataclísmicas son un tipo de estrella que experimentan cambios súbitos y muy espectaculares de brillo. Eso según la escueta definición de  Wikipedia. “Parece algo muy complejo, pero en verdad es un tipo bastante común de estrella”, aclara Patricio Urzúa (37). Y dice que son bastante menos llamativos […]

  • 17 abril, 2015

Por Francisco Ortega
Fotos: Verónica Ortíz

visiones peligrosas

Las variables cataclísmicas son un tipo de estrella que experimentan cambios súbitos y muy espectaculares de brillo. Eso según la escueta definición de  Wikipedia. “Parece algo muy complejo, pero en verdad es un tipo bastante común de estrella”, aclara Patricio Urzúa (37). Y dice que son bastante menos llamativos que otros fenómenos astronómicos, como los agujeros negros supermasivos o las gigantes rojas o las supernovas, conceptos todos que aprendió de niño gracias a una enciclopedia Monitor de Salvat en la casa de una vecina. “Inventaba que tenía tareas y trabajos del colegio para ir a hojear esos libros, llenos de mundos, mapas y cortes esquemáticos”.

Al contrario que las variables cataclísmicas, los trenes marinos no existen. Al menos no en el mundo real. El tren marino es una máquina viviente, fue creada en algún instante de la segunda mitad del siglo XIX y a lo largo de más de cien años ha inspirado toda clase de leyendas y mitos marinos. El tren marino rueda sobre y bajo las olas y también puede avanzar por tierra. Es brillante, lleno de llamas y tiene tentáculos, porque no hay nada más monstruoso que los tentáculos.

Las variables cataclísmicas (Emecé/Planeta) es el título de una novela, El tren marino (Los Libros del Laurel) también. La primera es de Urzúa, la segunda de Daniel Villalobos (40). Los dos autores son amigos, alguna vez trabajaron juntos en la misma oficina, se leen mutuamente manuscritos, se juntan al menos una vez al mes a hablar de cine, música, cómics, libros y lo que se les ocurra.

Viven en un universo común, uno habitado por planetas dibujados por Jack Kirby, escrito por H.G. Oesterheld, filmado por Kurosawa y musicalizado por Elvis Costello. Geografía común, básicamente amistad.

Y acá están, en el comedor de Urzúa, hablando de sus libros, interrumpiéndose, cambiando de tema, perdiendo la ruta, encontrándola, guardando silencio, escuchándose. Los conozco de hace más de una década, y ser amigo de los entrevistados es complicado a la hora de establecer límites. Uno sabe más de lo que se mueve en la entrevista, no tiene que descubrir, más bien encubrir.

 

Fantasía y ciencia ficción

El tren marino, que es un monstruo y no existe, rapta niños. Los necesita para su supervivencia y para su funcionamiento. A veces los roba con su brazos, otras a través de un libro maldito, que habita dentro del volumen del mismo título. Es la primera novela de Daniel Villalobos, segundo libro publicado por el autor, tras su celebrado debut con El Sur (Los libros que leo, 2012/Libros del Laurel, 2014), esa particular, dura y al mismo tiempo encantadora suma entre libro de cuentos, memoria, ficción y no ficción con que el escritor nacido en Temuco en 1974 logró una incondicional banda de seguidores. El Sur ha agotado un par de ediciones, ha viajado a ferias y universidades del otro lado del mundo, tuvo una excelente recepción en formato ebook y es de los pocos libros chilenos que tienen 5 estrellas –la más alta calificación– en la red social de lectores goodreads.com.

-¿Te importa eso?
Villalobos (V): Me importan los lectores, escribo para ser leído, pero todo eso que hay alrededor de los libros. Lo académico, los seguidores, ésa es otra cancha…
Urzúa (V): Es como cuando te preguntan cómo piensas que le va a ir a tu libro, o si consideras que tu novela es de género o realista.
V: Eso no significa que nos sea indiferente, a mí al menos no lo es. Me importa ser leído, por uno, diez o cien lectores. Lo que no me quita el sueño es lo que surge durante el lanzamiento de un libro. No llego a los extremos de Mike Wilson, que ha declarado que le importa el libro, no los lectores, pero entiendo lo que le pasa cuando habla de esa reticencia hacia todo lo que rodea lo editorial: prensa, entrevistas, etc.

-Sus novelas pueden definirse como obras de género. Nunca (Emecé, 2012), la primera novela de Urzúa, era ciencia ficción, mientras Las variables es científica, pulp, pop…
U: O una novela “con” ciencia ficción en vez de una novela “de” ciencia ficción.
V: Es curioso que dijeras lo de género y apuntaras lo de la ciencia ficción en lo de la novela de Pato, que es un tema que me han consultado harto en estos días, respecto de El tren marino. Yo veo que la novela de Urzúa y la mía son básicamente libros de aventuras. En el caso de Las variables una aventura instrospectiva, en la de El tren, más geográfica. Lo de género es un problema que no debiera achacársele a los autores…
U: Exacto, es un cuestionamiento que yo creo es más para libreros y periodistas. Para que los primeros sepan dónde ubicar tu libro, en qué estantería. Y los periodistas tratar de venderte como autor diferente al resto en las reuniones de pauta.

-De hecho así “vendí” esta entrevista. Por el lado de lo fantástico de sus propuestas.
U: Todo lo de género o de si un libro es o no es de ciencia ficción, es un dilema que no tiene que ver con lo literario, sino con una cuestión práctica, incluso utilitaria. Es como cuando hablan de novela gráfica o narrativa gráfica. Es cómic o historieta y punto, lo otro es un formato para meter a la historieta en librerías serias.
V: Además, hoy los géneros casi no existen. Hay novelas realistas con marcianos y hay novelas con marcianos donde importan más lo que sienten los personajes que lo fantástico. Acentuar si una novela (o una obra de ficción) es realista o es fantástica en 2015 es muy conservador.

-¿Les acomoda que los metan en la misma línea de “nueva ciencia ficción chilena” junto a autores como Jorge Baradit, por ejemplo?
V: Respeto mucho lo que Jorge hace, lo conozco, hemos compartido antologías, hay un grado de amistad además. La ciencia ficción y la fantasía son un género que leo y me gusta. Pero insisto, hablar de fantasía o ciencia ficción hoy, creo que es muy retróigrado. Y sobre la pregunta, no tengo problemas en que me asocien con Jorge, todo lo contrario.
U: Tampoco tengo drama con ello. Nunca es una novela que le debe mucho a Philip K. Dick, Las variables cataclísmicas igual, pero también a cierta narrativa popular de los 50 y 60. Pasa que soy muy lector de autores como el español Julio Gallardo, que con el seudónimo de Curtis Garland publicó más de 2 mil novelas de ciencia ficción en formato popular, para quiosco…
V: Perdonen que me meta, pero ahí, en Gallardo-Garland hay un ejemplo de un autor que debiera redescubrirse. No veía a la literatura como arte, sino como pega, como profesión. Publicaba una novela a la semana. Eso es admirable, más que estar esperando flores de críticos y lectores. Eso es ser un escritor de verdad….
U: No sé si deba hablarse de “nueva ciencia ficción” o esas cosas. ¿Hubo una “vieja ciencia ficción chilena”?…  Lo que interesa mucho es lo del valor de la imaginación en la literatura. La literatura es lenguaje, búsqueda de una voz propia, armar ideas con las frases, pero también necesita imaginación, inventar espacios nuevos y no sé, yo veo que la narrativa chilena contemporánea, salvo contadas excepciones, no valora mucho a la imaginación. Y a la larga, esa idea de “joven escritor de Ñuñoa que escribe sobre lo que le pasa a un joven escritor de Ñuñoa”, por chistoso que suene, va a terminar… no sé, agotando, convirtiéndose en una formula. Si acaso ya no lo es.
V: Pienso en Donoso por ejemplo. ¿Qué son Casa de campo o El obsceno pájaro de la noche? ¿Alguien se preocupó en esos años de si eran o no eran novelas de género? Cada vez que sale el tema de si una novela chilena es o no fantástica y del pudor hacia esa clasificación, pienso que quizás hoy, esas dos obras serían rechazadas, precisamente por inclasificables. Y estoy con Pato con lo de la imaginación, que a mi entender resulta tan relevante como lo de la belleza del lenguaje en una novela. Y es una lástima su poca valoración.

 

La edad de oro del cómic chileno

“Yo era una astrónoma, por lo menos hasta el momento en que decidieron despedirme sin demasiado escándalo el día que siguió a la noche en que examiné por última vez las pulcras columnas de números que representaban las observaciones de varias décadas de las repetidas explosiones de la estrella V394 CrA, una nova recurrente en la constelación de la Corona Austral…”, escribe Margrethe Ekström, sueca que vive desde hace años en Chile, país donde se quedó por culpa de los cielos limpios del norte. Ella es la narradora de la primera parte de Las variables cataclísmicas, pero no narra su vida. O no sólo su vida, su presente, sino que construye piezas; ladrillos de imágenes de vidas, de un país, de un planeta, de un sistema solar. De un cosmos que convive con la segunda parte del volumen, narrada con pequeños capítulos, la mayoría muy cortos, donde aparecen las fotografías de la relación de un hijo con su padre, un hijo que cuenta su historia y en ella la de su padre, un escritor que dejó de escribir en septiembre de 1973. El golpe de Estado es una especie de incidente cósmico, porque el padre escritor escribía cómics, historietas y en las historietas todo lleva a incidentes cósmicos. De hecho, su relato parte cuando el padre va a encontrarse con Themo Lobos, el autor de Mampato.

Hacia el final, ambas partes confluyen junto al relato de un par de muchachos admiradores del nazismo, en una suerte de pequeña instrucción de armado, donde personajes, tramas que iban paralelas, temas y estéticas se reúnen en un solo cuerpo celeste, casi una variable cataclísmica como la que da nombre al libro.

-¿Cómo llegaste al título?
U: Fue el primero que escogí, de hecho a algunos lectores tempranos de la novela no les gustó, pero yo lo tenía metido en el entrecejo. Siempre supe que se iba a llamar así. A las variables cataclísmicas las había conocido de chico en una enciclopedia, luego aparecieron en internet y empecé a leer de ellas, bajé papers académicos muy densos. Fue una obsesión casi infantil que regresó y se quedó, y se siguió quedando…

-Lector de enciclopedias.
U: De niño no había nada mejor que las enciclopedias. Uno descubría el cosmos en ellas.

La segunda parte del libro aparece como una novela gráfica sin dibujos. Los pequeños capítulos (199 en total) son como descripciones de viñetas para que luego el dibujante aplique su arte, un guión para un cómic que nunca será.
U: Me gusta el cómic. Colecciono determinados autores y considero que en los 60 y 70, en Latinoamérica se publicaron historietas fundamentales, que son tan válidas como las novelas del boom latinoamericano. El eternauta es la joya más reconocida del movimiento. Cuando chico y hasta ahora, nunca he hecho mucha distinción entre novelas artísticas, literarias o cómics. Para mí eso es paja, un esfuerzo intelectual innecesario… Si algo está publicado, para mí ya tiene valor. Sea un cómic de Superman o una novela del autor de moda de Anagrama.

 

El ultra sur

Un libro maldito, una ilustradora de libros infantiles, niños perdidos, niños torturados, una bestia mecánica que los persigue por mar y tierra. Tentáculos, vapor, gritos en la noche. El tren marino es una aventura oscura, una novela donde los horrores ancestrales sirven para hablar de un país demasiado acostumbrado a los horrores del día a día. Villalobos es inteligente: bajo las capas de la segunda mitad de su novela hay una nada de disimulada lectura política sobre un país donde la gente que se esfumaba de noche era una realidad más perversa que la creada por la imaginación de un autor.

V: Es uno de los valores que más me interesa de la literatura fantástica. Está en Stephen King, en Alan Moore, en H.P. Lovecraft, autores todos que me importan mucho, y es el uso de los monstruos para hablar de otros monstruos, de los reales.
-Lo indicaste en las redes sociales. Que El tren marino no era una secuela de El Sur. ¿Advertencia para los lectores…?
V: No me gustaría que alguien que espera la segunda parte de El Sur se encuentre con algo inesperado…

-Son dos libros muy distintos.
V: No tanto. El Sur es una fotografía del sur, El tren marino de un “ultrasur”, un sur desconocido, fantasmagórico.

-Dada la buena acogida de tu primer libro, ¿no pensaste en publicar otro en esa misma línea?
V: Hubiera sido oportunista, incluso me propusieron que siguiera con El centro, sobre mis años en Santiago, pero estaba El tren marino, una novela que llevaba diez años escribiendo. Que comencé en un taller literario, que retomé y reescribí. Que de hecho estaba escribiendo cuando apareció la oportunidad de publicar El Sur. Quería terminarlo. Me acuerdo que mi editora (Andrea Palet), después de leerlo me preguntó si estaba seguro de que fuera mi segundo libro publicado, que quizás era mejor esperar, publicar algo más similar a El Sur entremedio. Finalmente esa clase de dudas, que también las tuve, fue la que alimentó más mi decisión de sacar El tren.

-Hay algo que tienen en común ambos libros, el trabajo de portada. No son sólo la presentación de las novelas, sino forman parte de la historia que se cuenta en éstas, como si fuera una escena del relato.
V: Sí, son de Estudio Postal, quienes trabajan con la editorial. Mi idea era que lo que se viera en la portada fuera una escena del libro, y que la tipografía usada tuviera sentido con esa escena. Me gusta harto, mucho más que haber ido por la opción de la cubierta genérica, que creo hubiera sido lo común, o lo frecuente en otra editorial. •••