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Artículo correspondiente al número 257 (24 de julio al 6 de agosto de 2009)
Burbujas y vino forman una alianza excepcional a la que hay que perderle el miedo. Por Marcelo Soto.
Hay quien dice que la cerveza se bebe para relajarse, el vino para acompañar comidas, un trago para salir de juerga y el champagne… bueno, este espumante se bebe porque podemos, porque tenemos la suficiente edad y el suficiente dinero para darnos un gusto que nunca viene mal. Hagan la prueba: dejen una botella en la heladera y esperen el día menos pensado para abrirla, no necesariamente una ocasión especial ni porque celebremos un ascenso o una buena noticia; sino simplemente porque queremos. Nadie va a rechazar la invitación, nadie se va arrepentir.
El champagne, que sólo puede llamarse así cuando nace en una zona de 35 mil hectáreas a unos 145 kilómetros al noreste de París, se suele destinar a las grandes fiestas, pero es un vino que sirve para muchas cosas; para sentirnos agradecidos o para buscar consuelo; para recordarnos que lo bueno de la vida puede ser tan frágil y efímero como las burbujas en una copa, y que nada es para siempre. “Merecido en la victoria, necesario en la derrota”, como dice el refrán.
Hay que recordar que el vino de Champagne era famoso mucho antes de hacerse espumoso. A fines del siglo XVIII sólo el 10 por ciento de los vinos de la región francesa tenía burbujas. Existen varias historias para explicar cómo apareció la efervescencia, pero lo más seguro es que haya sido el resultado de un accidente natural. Sucede que en esa zona, antes de la frontera con Bélgica, el clima es frío y por lo mismo los vinos jóvenes tienden a fermentar en primavera, cuando sube la temperatura. Y la fermentación produce gas carbónico, que se fugaría si no fuese porque las botellas gruesas, cerradas con un tapón fijado sólidamente, lo impiden, aprisionándolo.
La leyenda atribuye la paternidad de este método a Pierre Perignon, monje benedictino de la abadía de Hautvillers, a fines del siglo XVII, quien consiguió producir un vino blanco efervescente, aunque en ese tiempo toda presencia de gas en la botella era considerada un defecto. Debieron pasan dos siglos para que las burbujas fuesen una señal de identidad del champagne.
Para su elaboración hay tres cepas autorizadas: pinot noir, pinot meunier y chardonnay. Se suele decir que la primera entrega cuerpo y longevidad; la segunda, fruta y vivacidad; y la tercera, elegancia.
La recomendación es clara: la próxima vez que lleguen amigos a su casa, destape esa botella que lleva varios días en la heladera. No pregunte nada, sólo sírvala en copas aflautadas. Sería muy raro que alguien se quejara.
Tres opciones
Drappier. Casa familar con una amplia gama de productos, desde los más abordables hasta algunos más sofisticados. Tanto el brut como el rosé, que pueden ser un tercio más baratos que otras marcas, son ideales para iniciarse.
Veuve Clicquot-Ponsardin. Una de las grandes marcas de champagne. El brut sin añada, con su conocida etiqueta naranja-amarilla, es imperdible en su categoría. La famosa Grande Dame envejece 6 años en botella.
Krug. Probablemente el nombre más reconocido de champagne. El Grande Cuvée por lo general es una mezcla de 50 vinos de tres variedades, de 6 a 10 cosechas diferentes y unos 20 años de envejecimiento.
| Glosario BLANC DE BLANCS: compuesto sólo de uva blanca; es decir, chardonnay. CREMANT: vino de espuma ligera, elaborado con menos presión. MiLLESIMES: procedente de un solo año. GRAND CRU: originado en uno de los municipios calificados como de máxima calidad; o sea, 100 % en la escala de los crus. PREMIER CRU: son los que provienen de pueblos o viñedos calificados con un 90% a 99% de calidad. ROSE: mezcla de vinos tintos y blancos, o por vinificación en rosado. BRUT: muy seco. SEC: con dosificación de 17 a 35 gl. de azúcar. DEMISEC: con dosificación de 30 a 50 gl. de azúcar. DOUX: muy dulce. |