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Artículo correspondiente al número 263 (16 al 29 de octubre de 2009)
¿Por qué son tan caros los vinos en muchos restaurantes del país? En ciertos establecimientos cobran hasta tres veces lo que vale una botella en el comercio, lo que ahuyenta a los consumidores y empobrece la demanda. Por Marcelo Soto.
Siempre he pensado que una de las cosas que explican la escasa cultura del vino en nuestro país son los precios sobre abultados que muchas veces cobran los restaurantes, multiplicando hasta tres veces el valor comercial de una botella. Así, uno termina pidiendo los vinos más baratos, dejando de probar los vinos top de línea, con el resultado de que nos quedamos con lo más simple de la oferta, sin profundizar nuestros conocimientos ni experimentar nuevas propuestas.
El otro día, por ejemplo, estaba en un restaurante de la Plaza Mulato, en Lastarria, con unas amigas que de puro impacientes pidieron vinos, antes de que yo llegara. Pidieron dos Santa Digna Sauvignon Blanc de Miguel Torres, un blanco rico y sencillo, pero nada del otro mundo. Un rato después a mí me tocó pedir la cuenta y para mi sorpresa cada botella costaba 11 mil pesos. ¿No será como mucho para un vino que en supermercados cuesta $4 mil?
No tenía cómo alegar, porque mis amigas revisaron la carta y pidieron el vino de manera consciente, pero de todo modos creo que los restaurantes exageran al cobrar el 200 por ciento por una botella. No es raro encontrarse en las cartas con vinos que triplican su valor en el mercado y uno quizá está dispuesto a pagarlo cuando está en un restaurante de lujo, pero en un lugar corriente empieza a parecer un despropósito.
Esa misma semana me tocó estar en un restaurante de Irarrázaval, donde pedí un Medalla Real Cabernet Sauvignon de Santa Rita, que costaba 5.900 pesos, mientras que en el supermercado vale alrededor de 4.200. Pagué gustoso el consumo y salí con ganas de volver.
Mientras haya gente dispuesta a pagar, los dueños de restaurantes pueden cobrar lo que quieran, por supuesto, pero a la larga el precio excesivo termina espantando a los consumidores. Muchos, de hecho, optan por tomarse un trago antes que compartir una botella de vino. ¿Y qué decir de los turistas? ¿Qué imagen se llevan de nuestro vino cuando pagan 15 mil pesos por una botella que en supermercados vale 5 mil? No importa, dirán algunos, porque en los países del primer mundo los vinos más baratos en un restaurante casi nunca bajan de 30 ó 20 dólares. Así que nadie reclama.
Hay excepciones, desde luego, y algunos restaurantes destacan por sus convenientes precios, que despiertan el apetito e invitan a los consumidores a probar vinos mejores y más caros. Por nombrar unos pocos, Baco, Cuerovaca, Liguria y Eladio, lugares donde los vinos en general no son tan castigados.
Si queremos que la gente beba mejor vino, que no se sienta intimidada al revisar una carta y que aprenda así a conocer un producto que es un emblema del país, habría que empezar por no exagerar con los precios en bares y restaurantes. A fin de cuentas, si se promueve el consumo, ganan todos: clientes, empresarios gastronómicos y la industria vinícola en general.