Un sauvignon blanc del Huasco, chardonnay y pinot noir de La Araucanía; un proyecto en Osorno, otro en el Lago Ranco. Los límites del vino chileno se expanden. Por Marcelo Soto
Si en la década pasada se solía criticar, en plan burlesco, que el vino chileno podía ser bueno, pero monótono, demasiado estándar quizá, en el último tiempo ha ido ganando en diversidad. Se está volviendo más entretenido. Y en esa tendencia, un factor importante ha sido el de buscar –o encontrar- nuevos terruños, nuevas apelaciones. Es decir, otros sabores, otras miradas.
Es así como han ido floreciendo zonas en los costados de este a oeste: o muy cerca del mar o casi tocando los picos de los Andes. Ahí están Leyda, Lo Abarca, Zapallar, Fray Jorge, Paredones en la costa; o las propuestas precordilleranas en Cachapoal, Colchagua, Limarí y Elqui.
Igualmente, se han explorado las fronteras de norte y sur, alargando el mapa del vino nacional. Sin ir más lejos, hace unos días probé el vino más nortino del país: un fantástico sauvignon blanc del Huasco, a 20 kilómetros del mar, elaborado por Ramirana. “Rompimos la barrera del norte”, dice entusiasmado su enólogo, Alejandro Galaz.
Este Ramirana Gran Reserva Sauvignon Blanc 2010 es pura mineralidad, vibrante en su poder cítrico, con notas a ají verde en un conjunto refrescante, lleno de chispa sin caer en excesos. Lo probamos en el Ritz con un magnífico tártaro de salmón preparado por Tomás Oliveira y fue toda una experiencia.
En realidad, Galaz le está dando un giro radical a los vinos de Ramirana, un vuelco que busca el frescor de las zonas costeras y huye de la sobre madurez o de la barrica abusiva, lo que me parece más que saludable y bienvenido.
Si Huasco representa la frontera norte, hacia el sur también hay señales positivas: empezando, claro, por el estupendo chardonnay que Felipe de Solminihac hace en Traiguén, llamado Sol de Sol, de Aquitania, uno de los mejores representantes de la variedad en Chile, al que ha sumado un buenísimo pinot noir.
Igual de poderoso en carácter es Alto las Gredas Gran Reserva Chardonnay 2008, de la zona de Cautín, en La Araucanía, que habla del potencial de la región en vinos blancos de alto nivel. Concentrado, mineral, con una boca potente y una acidez que no deja lugar a equívocos, es una sorpresa a la que hay que prestarle atención.
Más al sur, en Osorno, destaca el proyecto El Pellín que ha llevado a cabo Christian Sotomayor, del que probamos una delicada mezcla de chardonnay y pinot blanc, y un elegante espumoso. Aunque todavía no se comercializan, los resultados son más que meritorios. “Quería demostrar que se podía elaborar vinos en esta latitud, vinos con bajo alcohol y muy distintivos, como los que se hacen en Nueva Zelandia”, explica Sotomayor.
Si la experiencia osornina es extrema, ¿qué se puede esperar de vinos producidos en el Lago Ranco? Casa Silva tiene viñedos en la zona, una apuesta que aún no ve la luz, pero de auspiciosa proyección. Todo sea por expandir los límites.