¿Conducen todos lo caminos a Roma? En el mundo del vino no siempre es así, tal como evidencia el interesante proyecto Top Winemakers. Por Marcelo Soto
Si en los 90 estaban de moda esos vinos súper expresivos, con la firma del enólogo en la etiqueta, hoy muchos apuestan a que el vino se haga con la menor ingerencia posible. Y si antes se aplaudía a los magos de la ciencia que usaban todas las técnicas para maquillar un vino, ahora hay un rescate por la materia prima, por la uva que entregan un suelo y un clima específicos.
Las preguntas que surgen son las siguientes: ¿qué es más importante? ¿El trabajo del viñedo o el de la bodega? ¿Qué pasa si diez de los mejores enólogos reciben la misma fruta y con ella hacen cada uno un vino especial? ¿Cuán diferentes serán uno de otro? ¿Podrán expresar las distintas personalidades? ¿Podremos degustar un vino y descubrir quién lo hizo?
Todo eso se viene a la cabeza cuando observamos un proyecto como Top Winemakers, una especie de Metrópolis o Gran Capital del vino. ¿Se acuerdan de ese juego en el que uno iba comprando propiedades y avanzando y ganaba el que a final era el más rico? Algo similar podría hacerse con esta apuesta realizada por Rafael Prieto, quien tuvo la idea de pedir a diez enólogos de primera línea que hicieran un vino a partir de una base común.
El punto de partida sería el mismo para todos: un viñedo de cabernet sauvignon de Alto Maipo, el mismo cuartel para todos. Nadie partiría con favoritismo ni pedidos especiales. Sería una carrera sin privilegios. ¿Quién llegaría más lejos? ¿Serían estos vinos una buena forma de celebrar el Bicentenario?
Prieto explica: “una vez elegido el viñedo, había que lograr que todos recibieran una uva excepcional. Fue así como el cuartel se manejó bajo un alto nivel de exigencia por más de cuatro meses antes de la cosecha de 2007, que algunos consideran la mejor de la historia. A mediados de abril y luego de dos días de cosechar a mano los racimos, se entregaron a cada enólogo 4 mil kilos de uva en sus respectivas bodegas”.
A partir de entonces, cada profesional tuvo libertad para manejar esa materia prima e incluso agregar a la mezcla final hasta un 30 % de uva de otra procedencia. O de otra cepa, si querían.
Los enólogos elegidos fueron: Ignacio Recabarren, Marcelo Papa, Enrique Tirado, Marcelo Retamal, Adolfo Hurtado, Alvaro Espinoza, Aurelio Montes, Pablo Morandé, Andrés Ilabaca y Cecilia Torres. Una suerte de dream team.
En una cena en El Europeo, tuve la oportunidad de probar los 10 vinos y lo primero que salta a la vista es: ¡vaya qué distintos son! Aunque uno tienda a descreer de los enólogos superstars y apuntar a la importancia del terroir, con esta iniciativa no queda más que reconocer que el trabajo enológico puede hacer maravillas y marcar la diferencia.
Eso pienso, por ejemplo, cuando pruebo el vino de Alvaro Espinoza, maduro, goloso, favorito instantáneo de la mesa en la que estoy. O la elegancia casi tímida del tinto de Cecilia Torres, que genera reacciones diversas. El clasicismo de Andrés Ilabaca. La sofisticación de Aurelio Montes. La fineza de Enrique Tirado. El encanto directo de Marcelo Papa. La experimentación de Adolfo Hurtado.
Pero, claro, si tengo que elegir mis preferidos serían Ignacio Recabarren, Marcelo Retamal y Pablo Morandé. El primero, porque el vino se parece demasiado a su creador y tiene algo medio genial y desbordado. El segundo, porque fue el más jugado, el más radical: el único que no agregó nada y fue el más extremo en el manejo de la madera al dejar el vino 23 meses en barrica francesa nueva. Quizá el vino con más carácter. El que todavía recuerdo. ¿Era necesario mezclar, usar otras cosas, si la materia prima era tan buena? Creo que no. Tal vez el camino obvio era ese, pero nadie -salvo Retamal- se atrevió y empezaron a ver otras alternativas. Como en Metrópolis, a veces la jugada menos rebuscada puede ser la mejor.
Eso pensaba, cuando de repente toca el turno de probar el vino de Pablo Morandé, quien desordena el tablero y vuelve a mostrar que cuando se habla de vino siempre terminamos hablando de otra cosa. Su tinto incluye un 9% de uva del Maule (carignan y syrah) y un 20% de San Bernardo (cabernet sauvignon y cabernet franc). Agito la copa y entonces el vino muta, se transforma. ¿Es Alto Maipo? Sí y no. ¿Es un vino de autor? Misma respuesta. El que sabe, sabe.