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Disfrazados frente al espejo

Artículo correspondiente al número 256 (10 al 23 de julio de 2009)

 

Una degustación de pinot noir de Casablanca o cómo encontrar una voz propia a partir de la imitación. Por Marcelo Soto.


El gran dilema del mundo del vino es el siguiente: ¿hacer el vino perfecto o uno que exprese el carácter del lugar? Algunos viñateros franceses, por ejemplo, buscan que el vino refleje un terruño, un clima en un año determinado, por muchos problemas que haya tenido la temporada. Otros, en cambio, sobre todo en lugares como Chile, tratan de maquillar el vino, sacarle las impurezas, las arrugas y los defectos, echando mano de todas las técnicas que permite la ley.

La paradoja es que esos mismos productores chilenos quieren que sus vinos sean tan buenos como los franceses, pero para eso deben hacer cosas que los galos nunca harían. Y si todo el tiempo miramos al viejo continente como modelo, ¿cómo vamos a lograr una personalidad propia? ¿Se puede encontrar una voz a través de la imitación?

Pienso en esto mientras cato un puñado de nuevos pinot noir de Casablanca. Ya saben que esta endiablada y preciosa variedad da origen a algunos de los vinos más memorables del planeta, en la Borgoña, y que es una cepa casi maldita, exigente e impulsiva como la chica más linda del curso. Mejor ni te acerques. Te puede arañar.

El caso es que los productores chilenos se han acercado, han coqueteado con ella y no pocas veces han salido chamuscados. ¿Hay futuro para el pinot noir en Chile? ¿Hay futuro en Casablanca para esta cepa?

A veces, cuando estoy pesimista, pienso que muchos pinot chilenos sufren de problemas de identidad. Quieren parecerse a otra cosa. Si fueran al siquiatra, el diagnóstico sería trastorno de personalidad. Grave.

Pero, claro, se trata de una variedad encantadora y es difícil resistirse a la idea de que es posible producirla correctamente en Chile. Algunos ejemplares, como Grand Vin 2007 de Villard, lanzado el año pasado, casi nos hacen creer que estamos cerca, pero el promedio sigue siendo inconsistente.

La degustación de pinot de Casablanca –que no incluyó a todos los productores de la zona– sacó en limpio un par de conclusiones: que hay mucho dulzor y mucha madera; que falta complejidad, que falta frescura. Y que sobra el alcohol. Que si hay narices atractivas, en boca son cortos. En fin, bastante disparejo el panorama. (Sobre todo si no hay claridad al momento de maridarlos con comida. La cena posterior a la cata fue en un restaurante peruano. ¿Era la mejor opción para una cepa que debe ser delicada?).
Sin embargo, hay excepciones. El vino que más me gustó fue Morandé Edición Limitada Organically Grapes Grown 2007, donde sí encuentras complejidad, algo que en otros ejemplares brilla por su ausencia. Hay aromas a flores secas y fruta madura, con algo mohoso y húmedo que intriga. Hongos, quizá. No es demasiado largo, pero se queda en el paladar el tiempo suficiente para desear otra copa.

También me gustó Matetic EQ 2008, donde la madera todavía está luchando con la fruta, aunque gana finalmente esta última. Se diferencia del resto por su delicadeza. Hay a la vez más profundidad, más capas. De rica acidez y frescor. El sommelier Héctor Riquelme, sentado a mi lado, me dice: “pero está muy corto”. “¿todos los vinos tienen que ser largos?”, le pregunto. Contesta: “sí. Que sea corto es un defecto”.

Riquelme tiene razón, pero queda dando vueltas la idea de que siempre terminamos pensando en el vino como debe ser y no en cómo es. Más tarde, Macarena Morandé –enóloga de la viña Morandé- confiesa que “estamos a años luz de la Borgoña”. Donde, a propósito, los vinos suelen rondar los 12,5 grados alcohol. Los chilenos superan los 14 y algunos llegan a los 15.

La jornada termina con sensaciones mixtas. Aparte de los mencionados hay unos cuantos vinos que entregaron notas interesantes –la vivacidad de la fruta de Catrala Grand Reserve Limited Edition 2008, por ejemplo–, que permiten pensar en una promesa de futuro, allí, al alcance de la mano.

Salvando las distancias, si Lennon empezó imitando a Elvis –pienso, antes de irme, sin probar el postre– quizá nuestros pinot, que miran a Francia como niños disfrazados frente al espejo, algún día puedan independizarse, encontrar una senda propia. ¿Por qué no?

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