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Cuando las palabras sobran

Artículo correspondiente al número 264 (30 de octubre al 14 de noviembre de 2009)

 

¿De qué hablamos cuando hablamos de íconos? ¿Es razonable pagar 100 mil pesos o más por un vino chileno? Preguntas que surgen luego de probar Almaviva y Tatay de Cristóbal, dos tintos nacionales superlativos. Por Marcelo Soto.


¿Qué significa un vino icono?”, me pregunta un empresario gastronómico francés en el lanzamiento de Tatay de Cristóbal 2007, el soberbio carménère de von Siebenthal que logró 97 puntos en The Wine Advocate. Difícil encontrar una respuesta convincente. Le explico que la palabra, según la RAE, tiene una significación religiosa, pero que la industria del vino local la usa para distinguir, supongo, a los vinos que señalan caminos, que son lo más alto a lo que puede aspirar el vino chileno. “Es también un asunto de marketing”, apunto. El amigo galo no queda satisfecho: “no entiendo por qué usan tanta cosa, Premium, Ultra Premium, ahora Icono. Es algo confuso”.

Tiene razón. En Chile se abusa un poco de las palabras y en el vino, por ejemplo, nos llenamos la boca con conceptos como tradición, terroir, respeto por la fruta, etc. que, en la práctica, no se respetan demasiado. Lo mismo sucede con ciertos temas que se ponen de moda: es común escuchar que no queremos tanta madera, que buscamos vinos sin mucho alcohol, más elegantes que pretenciosos, cuando la realidad apunta en la dirección contraria. Puede que sea otra evidencia del llamado doble estándar tan típico de Chile. Una cosa es la que decimos, otra la que hacemos.

Esta característica también nos lleva a no comentar en público ciertas cosas que se hablan en privado. Por ejemplo, lo que estamos dispuestos a pagar por un vino nacional, por muy icono que sea. En el último tiempo las viñas locales parecen estar en una carrera por tener el vino más caro y, sin ir más lejos, este Tatay costará en tiendas unos 130 mil pesos. Le pregunto a otro comensal –que de hecho trabaja en una distribuidora de vinos, nada menos- si estaría dispuesto a pagar esa cifra por la botella. “Jamás”, reconoce. “Aunque el vino es excelente”.

Claro, puede resultar difícil de creer que un carménère chileno valga 130 mil pesos, pero en el mercado del lujo las reglas no siempre parecen lógicas. Además del costo que significó producirlo y de su innegable calidad, se paga su escasez. De este Tatay apenas se hicieron 1.492 botellas (la fecha del descubrimiento de América: una cifra que suena más a marketing que a otra cosa). Por eso los mejores restaurantes de Santiago se están peleando las pocas botellas disponibles, para ofrecerlas en sus cartas. Y no duden que se van a agotar en poco tiempo: no faltarán los turistas (brasileños, chinos) dispuestos a pagar una pequeña fortuna por esta etiqueta. Sería una lástima, en todo caso, que no se guardaran unas cuantas botellas para abrirlas en unos 10 años más y ver cómo habrán evolucionado.

Tatay 2007 nace en Aconcagua y es un tinto de una sedosidad interminable; profundo y largo, de numerosas capas que se van abriendo en el paladar, haciendo de la experiencia de beberlo algo definitivamente memorable. Tiene un lado medio salvaje, no domesticado, que me encanta.

Igual de especial y único es Almaviva 2007, que fue lanzado casi al mismo tiempo que Tatay. Este tinto comenzó su historia con la cosecha 1996 –luego de una alianza entre Baron Philippe de Rothschild y Concha y Toro- y es sin duda uno de los vinos mas elegantes de Chile. La novedad de este 2007 -que costará unos 85 mil pesos en Chile- es que un 14 % del vino proviene por primera vez de Peumo. La verdad, sorprende la noticia. Cuando se fundó Almaviva en la zona más exclusiva de Puente Alto –muy cerca de donde nacen Don Melchor y Viñedo Chadwick- se insistió en que seguiría el modelo de château francés, es decir, donde tanto los viñedos, como bodega y casa están en el mismo terreno.

La mezcla 2007 tiene un 64 % de cabernet sauvignon, 7 % de cabernet franc y un 1 % de merlot. El carménère representa un 28 % del total, y de ellos la mitad, como dijimos, no viene de ese sector del Maipo, sino de Peumo.

Le pregunto a Michel Friou, el enólogo francés de Almaviva, si acaso eso no es traicionar el espíritu original del vino y me dice: “en Burdeos, los château también usan uvas de otros sectores cuando la calidad no es la adecuada… Si buscamos la excelencia, debemos aceptar que el carménère en Puente Alto tiene dificultades. En Peumo, en cambio, posee las condiciones para expresar todo su potencial”.

El vino, de más está decirlo, resulta superlativo, con una frutosidad y un equilibro impresionantes. Probamos también las cosechas 1996 y 2001, y sobre todo la primera deja a todos sin habla por su elegancia y carácter. No quiero ni pensar cómo estará este 2007 en 10 ó 15 años más. Cuando comento en Twitter que Almaviva sigue siendo un gran vino, aunque ha cambiado una parte de su esencia, una amiga comenta: “no sé si pagaría 85 mil pesos por un vino. Me cuesta mucho entender la diferencia entre uno rico de 10 mil pesos y uno soberbio como ese”.

No sé mucho qué decirle. Es difícil medir hasta qué punto el precio de un vino es justo o razonable, pero tanto Almaviva como Tatay son dos tremendos tintos, de lo mejor que puede ofrecer Chile. Si quieren llamarles iconos -y si pueden pagar lo que valen-, están en su derecho.

 

 

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