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Artículo correspondiente al número 258 (7 al 20 de agosto de 2009)
Algo huele mal en el reino de la crítica de vinos. De un tiempo a esta parte varios escándalos han salpicado las narices –y algo más- de algunos conspicuos degustadores. Por Marcelo Soto.
Hace un tiempo, a fines de mayo, estando en Mendoza durante el lanzamiento de Vibo 2007, un malbec de alta gama producido por la chilena Viu Manent en Argentina, conversaba con José Miguel Viu, director de la viña, quien reconocía estar apesadumbrado por el puntaje que algunos de sus vinos habían recibido en la revista Wine Advocate. Su premiado Viu 1 había sacado apenas 62 puntos. Es decir, era prácticamente imbebible.
Desde luego, algo no cuajaba. El mismo vino –aunque de cosechas distintas- había ganado concursos internacionales, incluyendo competencias entre bodegas chilenas y argentinas, donde figuraban algunos de los mejores tintos del otro lado de los Andes. ¿Por qué entonces Jay Miller, el crítico de la revista estadounidense, lo castigaba con un puntaje que se otorga a vinos defectuosos?
José Miguel me contó entonces que iba a viajar a Estados Unidos a juntarse con Miller, quien cata los vinos chilenos –además de los argentinos y españoles- para dicha publicación, dirigida por el todopoderoso Robert Parker. Quería que el crítico volviera a degustar sus vinos. Yo, con algo de ingenuidad, pensé que era arriesgado, que quizá sería mejor no hacer escándalo por un mal puntaje.
Pero José Miguel tenía razón. Poco después, tras una nueva cata, Miller debió rectificar su evaluación y a Viu 1 2006 le otorgó 92+. En otras palabras, pasó de ser un vino descartable a uno excelente.
¿Qué significa esto? ¿Cómo pudo equivocarse o cambiar tan rápido de opinión el crítico de uno de los medios más influyentes del mundo del vino? La explicación de Viu Manent es que hubo un error al enviar las muestras: todo indica que el crítico degustó no las botellas correctas, sino unas que habían sido llenadas con vino corriente con el objeto de ser fotografiadas. Uf. No quisiera haber estado en la piel de los encargados de marketing.
Esto, por supuesto, no deja bien parado a Miller, quien hace sus catas con las etiquetas descubiertas (y no a ciegas, como resulta más justo). Hasta el degustador menos experimentado entendería que hay algo extraño si al probar un gran vino éste exhibe defectos flagrantes. Lo correcto es pedir otra muestra.
Miller ha protagonizado otras polémicas en el último tiempo: hace unas semanas, lectores indignados reclamaron porque al probar un vino español elogiado por el crítico, al que le había dado 96 puntos, comprobaron que se trataba de un producto mediocre. Fue tanta la controversia que un lector envió a la revista una botella. El crítico volvió a probarla y reconoció que era “imbebible”.
La idea no es personificar en Miller todos los males de la crítica, pero al parecer ha empezado a cuestionarse el rol de los wine writers y de las revistas especializadas. En Alemania varias bodegas se rebelaron contra la guía Gault-Millau, la más importante de ese país, por considerar que algunas de sus prácticas eran poco transparentes. Al mismo tiempo, han surgido críticas por el hecho de que muchas veces los periodistas de vino –como yo mismo- son agasajados con almuerzos y cenas o viajan a costa de las propias viñas que luego evalúan, mientras The Wine Spectator –una de las más importantes en su área en EEUU– premiaba por su carta de vinos a un restaurante ficticio, que nunca existió, puesto que había sido inventado por alguien precisamente para demostrar las debilidades del sistema de cualificación de la revista.
Más allá de estos hechos puntuales, creo que es sano que los consumidores bajen a los críticos del pedestal –o del Olimpo, como diría Nicanor Parra- y por lo mismo me parece muy positiva la proliferación de blogs donde tipos comunes y corrientes hacen sus propias evaluaciones. Gente que gasta su dinero en comprar botellas, gente que no conoce a los enólogos ni a los dueños de las viñas y que tiene una opinión a veces diferente a la de los periodistas. Es, por así decirlo, la voz de la calle. Bienvenida sea.